Independencia, contradicciones

Evolución

Miles de niños y jóvenes se reúnen en plazas en todos los rincones del país, portan banderas, antorchas y realizan diversos actos para patentizar su “patriotismo”.  Entienden que se conmemoran 201 años de “independencia” de la nación, pero a la vez muchos carecen de un auténtico y profundo sentido de civismo y, nosotros, la generación encargada de educarlos y de transmitirles valores, tampoco se los hemos inculcado. No se trata de repetir semanalmente de memoria un juramento a la bandera o las letras de nuestro himno nacional en actos “cívicos” en las escuelas. Se trata de infundirles efectivamente una conciencia ciudadana que se ha perdido, que conozcan sus derechos como individuos libres y sus responsabilidades frente al resto de la sociedad. Se trata de inculcarles el aprecio por nuestra identidad, nuestra cultura y nuestras tradiciones; de que entiendan la importancia de respetar y proteger las bellezas y riquezas en todos sus sentidos de nuestro país; de que desarrollen un genuino amor a la patria, el cual honren con su conducta. Somos una sociedad que piensa que el mundo es su basurero; nuestras calles, nuestros ríos y lagos dan fe de ello. Somos una sociedad que piensa que las reglas de civilidad aplican para todos excepto nosotros. Basta con ver cómo nos conducimos en el tránsito vehicular para entenderlo. Hemos perdido nuestro propio civismo y le hemos fallado miserablemente a las nuevas generaciones.

Hoy celebramos un año más de independencia de nuestro país, pero lo único que ello significa es que hemos tenido el derecho a nuestra autodeterminación. Como alguien nacido en América, en un país que hace 201 años se desligó de la corona española, y como alguien que también ha vivido en una sociedad donde realmente se valora y aprecia la libertad individual, me es absolutamente ajena e incomprensible la idea de ser súbdito de quien fuere. Me adscribo y defiendo los ideales de la República, donde todo ser humano es igual ante la ley, y donde a todo ser humano se le debe respetar por igual en sus derechos y libertades, donde el único límite a esos derechos y libertades son los igualmente legítimos derechos de los demás, y donde la función única, legítima y estricta del gobierno es garantizar que se respeten esos derechos. En nuestro país no estamos compelidos a inclinarnos ante nadie y, sin embargo, lo hacemos constantemente cada vez que hacemos concesiones sobre nuestras libertades en aras del estatismo que nos imponemos a nosotros mismos y que nos las roba sistemáticamente. En otras latitudes un acto de reverencia a un monarca puede no ser más que un gesto simbólico o una muestra de respeto a una tradición y, sin embargo, aún con la figura de quien denominan “soberano” como cabeza de estado, históricamente gozaron de más libertades ciudadanas de las que nosotros mismos nos hemos querido reconocer y reclamar en nuestra nominal “república.” Exaltamos nuestra “libertad” como nación, pero no la conocemos, ni valoramos, ni defendemos como ciudadanos.

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Alejandro Baldizón

Abogado y Notario, catedrático universitario y analista en las áreas de economía, política y derecho.