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El sapo

Teorema

Un antiguo cuento infantil relata que una princesa se encuentra con un sapo monstruosamente feo, horrible, pero de alguna forma termina dándole un beso y el sapo se convierte en un apuesto príncipe. En otra versión el sapo era un ser malvado, torpe, ruin y perverso, quién después del beso, se convierte en un individuo inteligente correcto justo y bondadoso. También pudo ser, como en este cuento, que el sapo monstruosamente feo representara a un presidente corrupto, perverso y con una aprobación ciudadana por debajo de 30%. Uno que únicamente recibía apoyo de sus funcionarios también ladrones que se beneficiaban con la corrupción en los tres poderes del Estado

Después del consabido beso, recibido al inicio de su mandato, aquel presidente monstruosamente corrupto se convirtió en gran Estadista. Despidió a los funcionarios corruptos y los llevó a juicio. Muchos habían sido nombrados por él, pero también había otros, la mayoría, que provenían de gobiernos anteriores. Si el Gobierno era una escuela de crimen, ellos eran los instigadores y maestros.

En su lugar designó a Ciudadanos Notables en los puestos más altos y, con ayuda de un detector de mentiras, puso funcionarios honrados en los demás cargos. Su gobierno se convirtió en ejemplo de sabiduría, justicia, efectividad y transparencia. Estableció metas de desarrollo nacional y bienestar para todos y cada uno de los pobladores, sin discriminación o privilegio para ningún sector específico. Los recursos antes destinados a proteger los intereses del Big Brother se orientaron a cubrir las necesidades de la nación.

Dotó a la policía y al ejército de equipo adecuado para arrestar a miles de extorsionistas y otros criminales. Edificó cárceles de alta seguridad para recluirlos. Construyó hospitales de primera calidad. Contrató con una operadora de internet la conexión de todas las escuelas y parques del país. Transformó el sistema de educación nacional para hacer uso de la educación a distancia que proveen instituciones internacionales. Dotó de computadoras a todos los estudiantes.

Impulsó cambios en la legislación para derogar privilegios, buscando mayor competencia nacional e internacional y mejores precios para los consumidores. La reducción del contrabando, mayor seguridad interna y tener una nueva red de carreteras con puertos, aeropuertos y ferrocarriles compensaba la pérdida de prerrogativas de las empresas. Otorgó validez local a los registros sanitarios de medicinas conferidos por algunos países desarrollados.

Todo debía ir hacia adelante, pero encontró que, en la Corte Suprema de Justicia, el Congreso, e instituciones como el MP, la CGC y en el TSE también había importantes indicios de vileza administrativa. De hecho, también la había en todos los rincones del Estado incluyendo los gobiernos municipales. En parte de la prensa nacional y algunos empresarios había olores fétidos. La pérdida de principios y valores se había extendido sobre la mayoría de los pobladores. Era como si un gran manto de descomposición cubriera todo el país.

Viendo amenazados sus envilecidos intereses, algunos sindicatos, gremios empresariales y otras organizaciones se volvieron en contra suya. Habiendo evidencia criminal contra los partidos políticos que ya habían gobernado, empobreciendo al país, cuya cancelación legal era inminente, fueron estos los primeros en reaccionar. Empresarios que militaban en esos partidos prestaron apoyo financiero y facilitaron el uso de los medios de prensa donde eran propietarios o accionistas. Consiguieron apoyo de organismos internacionales, incluso agencias de otros gobiernos. Todos se volvieron en contra del Estadista y dio inició una vigorosa campaña para desprestigiarlo. Los “países amigos” a través de sus embajadas también buscaron reducir el poder que precede a gobernar para el pueblo. El Estadista, en vez de amilanarse se mostró dispuesto a dar la batalla.

La lucha, que parecía no terminar, era tremenda. El Estadista cree en el Apocalipsis bíblico que augura “mil años de paz vendrán después de que los malvados sean destruidos”. En esa fe basó su perseverancia, pero tan poderoso embate lo debilitaba. Fue entonces cuando recibió el apoyo de la mayoría de los pobladores quienes entendieron que solo así podría servir a ese pueblo que carecía de voz porque cuando había, intentado manifestar su descontento fue reprimido con violencia.

El apoyo popular se convirtió en la gran fortaleza del Estadista y sobre esa base elevó su poder al límite. Su influencia sobre los organismos legislativo y judicial se agigantó tanto, que le resultó difícil no abusar. Aunque tampoco necesitaba hacerlo. Le bastaba conversar con el funcionario adecuado, comentar la conveniencia nacional de tal cambio y la maquinaria se encargaba de elaborar un anteproyecto de ley, discutirlo y aprobarlo. Si la oposición, como solía hacerlo, exponía razones en contra y tomaba la vía judicial, sólo conseguía retrasarlo. Sus alegatos terminaban en la CC y esta los declaraba sin sustento. Se podría decir que había servilismo, pero no compra de favores.

Mantener el apoyo de la población se convirtió en búsqueda incesante. Lo acusaron de populista, entre muchos otros cargos, fabricados en la mente de la oposición y sus creativos publicitarios. Le cerraron las ventanillas de crédito internacional y los cobros por créditos atrasados se volvieron urgentes. Pero los gobiernos enemigos de sus enemigos, convertidos en gobiernos amigos facilitaron los fondos requeridos para pagar la deuda nacional anterior. Además, financiaron otras obras de infraestructura.

Probidad en el manejo de los fondos públicos y confianza ciudadana reflejada en mayores ingresos fiscales que, ejecutados con honradez y transparencia, permitieron al país tener un nivel de crecimiento en el desarrollo nacional sin precedente. Aunque la oposición obtuvo mayor respaldo internacional, el balance de fuerzas había cambiado. Ahora estaba a la defensiva. Buscaron acercamiento y negociaciones de paz a cambio de impunidad, que el Estadista rechazó.

El tiempo pasó y se acercaba el final de su mandato constitucional. Pese a estar prohibida por la Constitución Nacional, el pueblo le pedía reelegirse. Los abogados pueden conseguir que lo negro se vea rojo o azul o blanco. Ese no iba a ser el problema. Pero él se sentía cansado, agotado. Tanto pleito, el temor a ser asesinado o que atentaran contra su familia, siempre le causó tensión. Luchar contra el camino fácil y tomar las rutas arduas que manda la ley había sido difícil, en especial porque se trata de caminos lentos y muchas veces había urgencia. Se sabía de personalidad autoritaria, como su padre. Pero sabía que no debía mostrar esa faceta suya.

La decisión era difícil. Tenía dinero, propio y familiar, desde antes de ingresar en la política. Sabía que sus enemigos podían buscar donde quisieran que nada podían encontrar donde nada había. Pero estaba su pueblo. Estaba lo que ya había conseguido, pero podía echarse a perder. Y, principalmente, estaba lo que aún quedaba por hacer. Otro período, con el camino ya allanado permitiría realizar el sueño de acercar a su país al primer mundo. Sería fácil para él, pero difícil para otro. Y estaba el riesgo de regresar a ese pasado ominoso.

Y colorín colorado, este cuento ha terminado.A manera de colofón, quiero dejar una inquietud: Suponga que el sapo monstruosamente feo, besado por la princesa, fuera nuestro presidente. Sin llegar al extremo del cuento, que lleva a su personaje a extremos de sacrificio y honradez. El nuestro sería solo un buen Presidente, lo cual, en términos comparativos, no debiera ser difícil. El deshonrado Pérez Molina quien ya cumplió siete años en prisión, no constituye excepción sino está dentro de la regla de presidentes que han sido cabecillas de bandas de asaltantes. Desde Cabrera (1898), para acá, hay pocas presidencias dignas de encomio.

La reflexión que propongo es: Si Guatemala tuviera un Presidente excepcionalmente bueno, cuyo período presidencial estuviera cerca de concluir ¿aceptaríamos que se rompiera uno de los pocos artículos de la Constitución que aún no ha sido violentado y se cometiera un acto grave contra la democracia, con tal de reelegirlo?

Quizá deba tener presente que nuestra democracia es una gran desconocida. La mencionamos con frecuencia sin haberla conocido jamás. Nuestro sistema político es lo que alguien con muy buen tino llamó “partidocracia”. Un sistema en el cual los ciudadanos somos una especie de siervos que pagamos impuestos que después los políticos roban. Se nos permite asistir a las urnas para elegir entre candidaturas que los partidos vendieron a quien quiso pagar por ellas. La compra de una diputación, por ejemplo, es un negocio. El comprador obtiene réditos importantes.

Los ciudadanos no tenemos injerencia alguna en la selección de quienes habrán de representarnos en el Congreso. De hecho, no estamos representados. No conocemos quienes formarán el gabinete de gobierno. Debemos conformarnos con presenciar que los magistrados de la CSJ nunca llegarán a tomar posesión de su cargo después de una elección espuria. Los magistrados actuales duplican su período sin reelegirse siquiera. Los candidatos a magistrado del TSE muestran credenciales falsas. Tenemos fiscales prófugos, exiliados como héroes a quienes seguimos pagando por el cargo que desempeñaron. Si usted intenta promover cambios en la Ley Electoral y de Partidos Políticos comprenderá mejor el significado de “Partidocracia”. Entonces ¿de cuál democracia estamos hablando?

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