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Sobre las recientes tragedias: Nos debemos un examen de conciencia

Evolución

Bajo ningún punto de vista pretendo exculpar o eximir de responsabilidad a los gobiernos locales y centrales que por décadas han ignorado sus funciones, desatendiendo el mantenimiento de la infraestructura básica del país; irresponsabilidad que se hace hoy más evidente con el estado calamitoso de calles, carreteras y no se diga las recientes tragedias que nos ha tocado presenciar. Me refiero a esos gobiernos, municipales y central, en plural, puesto que lo que hoy vivimos es el resultado de la incapacidad de múltiples administraciones sucesivas que evadieron casi por completo su obligación de supervisar, dar mantenimiento y hacer las reparaciones necesarias para evitar que llegasen a producirse los desastres que hoy vemos producto de un clima inclemente. Respecto del clima, nada se puede hacer, desde luego, pero cuánto daño se pudo haber evitado de haberse atendido todas esas obligaciones oportunamente, lo cual debieron hacer, incluso, sin que nadie se los pidiera. Pero también debemos reflexionar sobre las actitudes y las omisiones de la población que en parte también contribuyen al problema.

Frecuentemente se dice en política que las administraciones municipales, particularmente, no invierten recursos en tragantes, desagües, colectores y todo este tipo de infraestructura básica, pero subterránea, porque ello equivale a “enterrar” el dinero. Es decir, son obras que nadie “ve” y que, por lo tanto, nadie les reconoce. Prefieren “invertir” en cosas como ornato, jardinización, gimnasios al aire libre, canchas deportivas, salones comunales y otras obras similares y “tangibles”, aunque innecesarias y no prioritarias, porque a la larga esas son las que les hacen ganar votos. Hemos visto incluso cómo se ha venido incrementando el fenómeno de payasos populistas, ahora muy mediáticos, que “regalan” cualquier estupidez a una población cada vez más ignorante que hasta les admira, les aplaude y les premia ese tipo de “hazañas”. Hazañas, por supuesto, en el sentido que son temerarios ante la poca crítica racional y pensante que hay en el país, así como en el sentido que logran amasar enormes réditos políticos (y votos) con sus actitudes infantiles, muy lejanas de lo que significa ser un administrador público serio y comprometido con sus funciones. Al final, resultan siendo la consecuencia y el reflejo de una población que no tiene las nociones más básicas de lo que implica el ejercicio del gobierno y las funciones públicas elementales, las cuales empiezan con dar seguridad y justicia, seguido de proveer infraestructura básica y, si se quiere y en la medida que las posibilidades lo permitan, cubrir de forma subsidiaria algunas carencias de los más necesitados. Pero el mantra sigue siendo que el gobierno lo dé todo y al final terminamos raquíticos y miserables por alimentar a un monstruo insaciable que acaba por darnos nada. Y no es porque “éstos” o “los otros” sean los corruptos y si tan solo llegaran los “correctos” el problema se resolvería. El problema es que le pedimos al “estado” que haga cualquier cosa, menos lo que debe hacer.

En el caso del hundimiento en Villa Nueva, otro aspecto realmente indignante y preocupante y que dejó al descubierto nuestra falta de civilidad se evidenció cuando luego de que se produjera el inmenso agujero, nadie, absolutamente nadie, ni funcionarios municipales, ni los propios ciudadanos que por decencia lo debieron haber hecho, tuvieron la más mínima consideración con los demás para cerrar el paso por el sector previendo el enorme riesgo. Todos pasaban como si nada al costado del abismo que se había formado, ignorando por completo el peligro latente para cualquier otro conciudadano, hasta que desafortunadamente un segundo vehículo cayó. Eso es algo que dice mucho de nuestra sociedad, y lo que dice de ella nos debería dar absoluta vergüenza.

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