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Elecciones presidenciales

Antropos

Como las aguas de los ríos que se diluyen entre riscos, planicies y montañas, de nuevo la ciudadanía guatemalteca podrá elegir a un nuevo mandatario en el año 2023. El actual empieza a cerrar los candados de su paso efímero, por el palacio nacional. Será olvidado rápidamente como sus antecesores, porque aún no vemos algo que deslumbre como para recordarlo con cariño y afecto.

Hasta hoy, uno de los presidentes de gratos recuerdos por su huella en la historia nacional, es la de Juan José Arévalo quien, entre otros aspectos legó, la creación del IGSS, el Código de Trabajo, las Escuelas tipo Federación, la Ley del Escalafón para dignificar a los maestros, la Biblioteca Nacional, la Escuela Rural Pedro Molina, se moderniza el sistema monetario, introduce el cooperativismo, crea el derecho a voto de las mujeres. Fue un “líder dúctil, según Hugo Biagini, carismático e igualitarista a la vez, con un ejercicio del poder que generó una estela de respaldo masivo debido a las reivindicaciones sociales y culturales producidas por la revolución”.

Arévalo es nuestro punto de partida. De ahí qué al analizar el actual proceso electoral, surgen múltiples interrogantes acerca del futuro gobierno. Sin duda alguna a excepción de algunos gobernantes como Alvaro Colom que se presento con un plan de largo alcance y del cual, en el ejercicio del poder poco pudo hacer, porque fue capturado rápidamente en su quehacer, por grupos que remaban hacia sus propios intereses. Ahora en la política nacional, vemos grandes vacíos porque en los discursos e intervenciones de los posibles candidatos presidenciales, no hay algo sustantivo, sino sólo frases y asomo de ideas.

Un país como Guatemala, con una gran riqueza natural y cultural, con mujeres y hombres trabajadores y a su vez emprendedores e imaginativos, es envuelta también por inmensos problemas económicos, sociales, educativos, culturales. Y hoy, como en otros años, el mundo se ha convertido en un hervidero de conflictos bélicos y de acumulación exagerada de las riquezas en pocas manos, que trae múltiples desequilibrios planetarios. Esto, hace agregado a esta premisa, complejo y difícil, la gobernabilidad en una sociedad tan confrontada como la nuestra, en dónde lamentablemente nos corroe la enfermedad de la corruptela y el robo de las riquezas del país a mano armada, porque el Estado en su totalidad, ha dejado de servir a los intereses de la ciudadana, para atender flagrantemente, a los individuales.

Hemos como ciudadanos, perdido la confianza en la política y los políticos porque los identificamos como ineptos y corruptos. Antes bien, cada uno diariamente lucha por la comida, vivienda, salud y educación. Es un diario caminar por la sobrevivencia individual y familiar y por lo tanto, poco interés por las futuras elecciones.

Lograr despertar un algo a favor de cualquier candidatura, sólo pasa por la tradición de “jalar” por un almuerzo, una gorra, una camiseta o unos quetzalitos, la presencia de la gente, en los actos que convocan los políticos. No existe motivación alguna, ni siquiera para asistir a las convocatorias de grupos de resistencia, así como a las marchas, a no ser cuando hay una zanahoria que empuja a ciertos conglomerados.

Claro está que esta realidad de anomia social, a quien perjudica finalmente, es a la propia ciudadanía que se niega a ser partícipes de esta situación trágico-comedia. Algunos, aún confiamos que surja un discurso emergente con sentido y fuerza democrática, que ponga los puntos sobre el tapete y que habrá las vías de un entusiasmo social hacia la reconstrucción de una sociedad en la que prevalezca el derecho a la dignidad humana.

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