The end of the world

Sueños…

En una triste mañana, en la luminosa Nashville, capital de la música country, en unos estudios musicales, origen de legendarias figuras del pop, estaban reunidos Arthur Kent, destacado compositor musical y la poete Sylvia Dee, y dando rienda a la nostalgia y el desconsuelo, crearon una fabulosa canción, que lanzaría al estrellato a la interprete Skeeter Davis. La melodía se llama The end of the world, y desde entonces es un reclamo del ser individual al ser colectivo. Del humano aislado al universo.

Iguales congojas sufre el mundo, a los problemas que se enfrentan desde el 2008, se presentan nuevos riesgos que tienen a la humanidad al vilo del desastre, y con ella a toda la naturaleza. Los animales invadidos en sus hábitats pueden provocar daños a seres humanos individuales, la sociedad humana en su oscuridad reacciona con odio hacia tiburones, cocodrilos, perros, gatos, ardillas, mapaches y otros seres abandonados a su suerte.

Recientemente, las autoridades de salud de varios países “han expresado preocupación por un aumento simultáneo de infecciones de la variante delta y casos de un virus respiratorio conocido como virus respiratorio sincitial, o VRS, una enfermedad sumamente contagiosa parecida a la gripe que en general suele afectar más a niños y adultos mayores.” La prensa internacional genera información sobre estos casos y llama la atención sobre una humanidad cada vez más desprotegida. Por eso nos preguntamos:

“¿Por qué los pájaros siguen cantando?
¿Por qué las estrellas brillan arriba?
¿No saben que es el fin del mundo?”

Las noticias, los análisis nos indican que estamos entrando a una zona de desastre. Sin embargo, la vida sigue igual. Las personas, las familias, las sociedades seguimos viviendo siempre igual. No hay cambio en medio de la incertidumbre. Las aves, el Sol, las estrellas no ven que el mundo llega a su final. Al contrario buscan cómo continuar sus vidas cotidianas.

Es que los vaivenes de los problemas, ya no provienen solamente de tercer mundo, empobrecido, endeudado y con grupos sociales superenriquecidos por esas mismas deudas. Los problemas se acumulan y ya no permiten una sola vía de interpretación o una lógica de estudio bajo un sistema metodológico. La tensión de la guerra de Ucrania acumula problemas de presión sobre los mercados energéticos y alimentarios, alimentando el monstruo de la inflación mundial. Los bancos centrales pierden la cabeza y se concentran en aumentos de tasas de interés en un mundo ya estancado económicamente. El sueño de un imperio chino con valores sociales se derrumba, la gestión de cero-covid, es una copia de los gulags para encerrar a millones de personas. Tras ello, la dirigencia rusa reacciona con la amenaza de uso de armas nucleares de mediano alcance para detener el avance de las tropas de Ucrania. En Estados Unidos, Trump parece capaz de volver a la Casa Blanca, con mayor poder y potencial. En fin, los análisis afirman el fin del mundo.

“Me despierto por la mañana y me pregunto
¿Por qué todo sigue igual que antes?
No puedo entender, no, no puedo entender
Cómo va la vida de la manera que lo hace
¿Por qué mi corazón sigue latiendo?
¿Por qué lloran estos ojos míos?”

¿Por qué en el día a día todo sigue igual?, me levanto, trabajo, tengo hambre, mi equipo favorito no gana, mis acreedores me cobran, el salario no me alcanza, no puedo viajar y divertirme, tengo exámenes que calificar…

En fin, la crisis se profundiza, los grandes riesgos son reales, aunque la vida continúe con su apariencia de estabilidad, el mundo enfrenta grandes riesgos: la inflación no ha mermado en forma sustancial en los últimos tiempos, lo que provoca que el director de la orquesta levante su consigna: aumento en las tasas de interés, que llevan a incremento en las cuotas de pago de los endeudados, mayor disminución del ingreso, perdida de poder adquisitivo, mayor desempleo y finalmente confrontación social y política generalizada.

Existe el riesgo de que los gobiernos, tanto del primer como de tercer mundo, intenten cubrir los déficit presupuestarios y la falta de liquidez para cubrir los ingresos de las burocracias imprimiendo dinero (o si no tienen imprenta como los centroamericanos, sacando billetes de las bóvedas), las tasas de interés más altas no provocan monedas más fuertes y generan decepción en inversionistas, políticos y trabajadores. Ya en algunos países los fondos de pensiones, imagen de un futuro con una mediana seguridad se desploman.

En New York Times, Paul Krumann se decanta por una visión ecléctica. La política económica tiene que ser bidimensional. Hay que combinar izquierda y derecha. En su visión de que izquierda es favorecer altos impuestos a los ricos para financiar beneficios sociales para los grupos más débiles; y derecha, que plantea impuestos bajos a las empresas, y gobiernos pequeños o sino, por lo menos, eficientes y competitivos.

Aunque la vida corriente de todos continúe en su aparente normalidad, la sociedad necesita un rumbo, que genere unidad nacional para enfrentar los retos, unidad que se logra con educación y salud de calidad; economías eficientes que permitan la sobrevivencia del resto de especies; políticas que generen áreas de la naturaleza verdaderamente protegidas; y una política pluralista y democrática. Ante nuestra duda de por qué…

“¿Por qué el Sol sigue brillando?
¿Por qué el mar se precipita hacia la orilla?
¿No saben que es el fin del mundo?
porque ya no me amas”

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Le invitamos a leer más del autor:

Cristobal Pérez-Jerez

Economista, con maestría en política económica y relaciones internacionales. Académico de la Universidad Nacional de Costa Rica. Analista de problemas estratégicos, con una visión liberal democrática.

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