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Licencias ambientales en Guatemala

Petardo

El 16 de julio de 1945, a las 5:30 a.m., se produjo una poderosa explosión en la ciudad de Nuevo México, que irradió una luz cegadora sobre las montañas circundantes. La bola de fuego creó una nube de hongo que se elevó a más de 11 km de altura. Menos de un mes después, Estados Unidos arrojó dos armas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki, Japón, lo que terminó de confirmar que ahora se podían destruir grandes extensiones de tierra y acabar con la vida de multitudes en tan solo unos segundos.

En 1941, el físico Albert Einstein, quien se había ido de Alemania, advirtió al presidente Franklin Delano Roosevelt que Alemania podría estar cerca de obtener una bomba de fisión. Enseguida, Estados Unidos decidió sumarse a la primera carrera de armas nucleares y, para esto, puso en marcha un proyecto de investigación atómica secreto, denominado “Proyecto Manhattan”, que reunió a los físicos más destacados del país, y a científicos exiliados de Alemania y otros países ocupados por los nazis. El 6 de agosto de 1945, el bombardero pesado Boeing B-29 Superfortress arrojó una bomba de uranio sobre Hiroshima con la intención de que Japón se rindiera incondicionalmente. Tres días después, se lanzó sobre Nagasaki una bomba de plutonio, idéntica a la bomba Trinity. Los ataques diezmaron ambas ciudades y mataron o hirieron al menos a 200.000 civiles. Pero cuando EE. UU. comenzó a invertir en armas termonucleares que superaban cientos de veces la potencia de las bombas utilizadas para terminar la Segunda Guerra Mundial, los soviéticos no se quisieron quedar atrás. En 1961, probaron la “Bomba del Zar, un arma poderosa equivalente a 57 millones de toneladas de TNT, con una nube de hongo que se elevaba a la altura del Monte Everest.

Las bombas nucleares se encuentran entre las armas con mayor poder de destrucción, por lo que comúnmente se les incluye dentro de la clasificación ABQR (siglas en inglés). Su radio de acción alcanza decenas o centenares de kilómetros a partir del punto de detonación. Además, producen daños como contaminación radiactiva y, si fueran utilizadas a gran escala posiblemente el invierno nuclear. Las explosiones nucleares producen diversos tipos de efectos tremendamente destructivos en todos los aspectos. Se distinguen en dos categorías: efectos inmediatos o primarios y efectos atrasados o secundarios. Entre los inmediatos estarían la onda expansiva, el pulso de calor, la radiación ionizante y el pulso electromagnético. En el grupo de los retardados estarían los efectos sobre el clima, el medio ambiente, así como el daño generalizado a infraestructuras básicas para el sustento humano.

A pesar de la espectacularidad de los primeros son los daños secundarios los que ocasionarían el grueso de las muertes tras un ataque nuclear. Pero los daños no solo deben medirse por separado ya que en muchos casos actúan efectos sinérgicos es decir, que un daño potencia el otro. Por ejemplo, la radiación disminuye las defensas del organismo y, a su vez, agudiza la posibilidad de infección de las heridas causadas por la explosión aumentando así la mortalidad. Es precisamente esa multitud de efectos y sinergias lo que hace de las armas nucleares las más destructivas que existen.

Como es posible que el ministerio de Ambiente y Recursos Naturales de Guatemala saque una ley exigiéndole a las tienditas, autobuses, pequeños empresarios, pequeñas oficinas y otras empresas que están luchando con sus negocios por sobrevivir en Guatemala, carente de muchas cosas. Y como si fuera poco, los amenaza que, si no presentan la licencia ambiental antes de su navidad, les pondrá una multa.  Le sugiero a dicho Ministerio, que primero les exija a las grandes potencias su tarjeta ambiental. así habrá paz.

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