Nostalgia por la patria

Antropos

Una mañana de estos días de noviembres, me encontré con Artemis Torres, investigadora de los temas de cultura, en el café del Teatro Nacional de Costa Rica.

Artemis quería beber un buen café de este país cafetalero y la convidaron a uno con sabores de las siete provincias que tiene Costa Rica y se lo sirvieron según la tradición campesina, chorreado sobre la taza que fue degustando sorbo a sorbo, de manera despaciosa, para sentir el aroma y sus sabores.

Charlamos amenamente por un buen rato acerca de los pueblos del oriente de Guatemala. Compartimos vivencias y curiosidades. Ella habló más de su Jutiapa, llamada la Cuna del Sol, de la cual  está enamorada e identificada y ha escrito un trabajo titulado Escritores y poetas de Jutiapa, en donde da cuenta de poetas contemporáneos como Raúl A. Quintana Salguero, Milton Torres, Carlos Rubí Barillas, Gerardo José Sandoval.

Artemis me habló de Angelina Acuña, de Isabel de los Angeles Ruano, de Magdalena Espínola, oriundas también de este pedacito de tierra que es Guatemala. Otros amigos como Fito Barrera, Cruz Munguía, Renato Palma, me comentaron otras aristas como la del cronista de la ciudad Luciano Castro Barillas, así como de los poetas Otto René Palma, Claudia R. Nufio, Délfido Barrera Navas, del narrador César Augusto Palma y Palma, que por cierto la biblioteca de su pueblo, Santa Catarina Mita, lleva su nombre, Marcelino Navas, Fausto Petronio Reyes, un gran educador de pensamiento democrático, Abel Amézquita, poeta quien declamaba en todas las ferias del departamento, y entre muchos, al escritor de tradiciones Alvaro Enrique Palma Sandoval, quien tuvo una columna en los diarios titulada: La Aldea que yo deje. No podemos dejar de mencionar a los narradores Nájera Farfán que poseían la Finca El Pensamiento en Jalpatagua. Curioso es para la historia, me comentó el Licenciado Cruz Munguía, el registro que en una casona de la aldea Santa Gertrudis de Quezada, hay una placa en la que dice; AQUÍ VIVIÓ PEPE MILLA. Lugar donde poseía una finca cerca de un nacimiento de agua. A su muerte, se la heredó a los trabajadores.

Siendo Jutiapa un departamento en el que aún perviven culturas de los pueblos originarios, habría que resaltar que las aldeas Las Brisas y Pueblo Viejo, pertenecientes al municipio de en Yupiltepeque, viven los Xincas quienes respetan su propia cultura ancestral.

Jutiapa es un lugar que acoge las etnias pipiles y xincas resguardado por cerros, montañas y adornado por la laguna de güija que colinda con El Salvador. Celebran a Santiago Apóstol y producen sombreros de palma, en medio de fincas de ganado. Se destaca por ser el lugar que conserva una de las Escuelas Tipo Federación que lleva por nombre Salomón Carrillo Ramírez. Habrá que recordar qué de uno de los pueblos de Jalapa, Mataquescuintla, fue donde Rafael Carrera organizó su ejército con campesinos de Jalapa y Jutiapa, y triunfó contra el gobierno de Mariano Gálvez, bajo el amparo conservador de la iglesia católica, que por cierto fue quien formó a Carrera, así con el apoyo de la oligarquía que estaban en contra de los gobiernos liberales. Su mandato se alargó por largos treinta años.

Pero Jutiapa también fue un centro en donde las tropas dirigidas por el liberal Justo Rufino Barrios años después, construyó el centro de gobierno en un edificio qué según Fito Barrera, es una joya arquitectónica, cabalmente para enfrentar desde ahí, al ejército salvadoreño.

Posteriormente, como dato interesante, es el hecho, que Jutiapa fue el reservorio de la revolución del cuarenta y cuatro, según me contó Adolfo Barrera, a quien se lo comentó su señor padre, particularmente cuando cientos de campesinos se fueron caminando a la capital, para defender la revolución democrática con Jacobo Arbenz Guzmán a la cabeza. Fue un momento histórico único, lo señala Artemis, porque se organizaron comités de apoyo al proyecto revolucionario y realizaban reuniones de coordinación con el gobierno central para llevar a cabo, acciones de orden social en el Departamento, y del cual en esas fechas, fue alcalde don Víctor Valenzuela Méndez, propuesto por el Partido Acción Revolucionaria apoyado por sectores del área rural y urbana a quien, hasta el día de hoy, se le recuerda con aprecio y afecto por su rectitud, actuaciones correctas y sentido de humanidad.

Curioso es también la existencia de un personaje de leyenda, según Cruz Munguía, como fue el Látigo del Sur, una especie de Robin Hood. Robaba a los ricos y regalaba a los pobres. Y cuentan, dice este amigo, que las balas, sólo surcaban cerca de su cuerpo y resbalaban sobre el suelo. En medio de tantas curiosidades, me ha dicho Claudina Salguero, que está el Puente de los Cachos, que se le bautizó con ese nombre, porque cerca había un rastro y los cachos los iban a tirar a ese río.  

No podríamos dejar de mencionar bocadillos, según mis amigos jutiapanecos, como los tascales, los frescos de semilla de jícaro, pozol, atol de maíz, salpores, birriñaques una especie fabricada con maicillo y dulce de panela, talpajocote, jutes (especies de caracol), miel blanca, requesón, quesadillas, marquesotes, mantequilla lavada, guapinoles. Se fabrican hermosas hamacas y sendos sombreros de paja para acompañar a las mujeres y a espantar a los mirones, a puro sombrerazo

Me asaltaron preguntas e inquietudes y la conversación se nos fue hacia Jalapa cuyo origen se ubica en el llamado Valle de Santo Tomás de Xalapan, que significa en lengua Nahuatl, Arena de Río, y en donde aún se habla el pocomám. Al avanzar en la plática con Artemis, recordé las palabras de un jalapaneco ilustre, como es Mario Recinos quien me narró algunos matices de su cultura, dado qué siendo educadores, nos tenía que interesar, como el hecho de recordar su historia educativa a partir del siglo diez y nueve cuando don Adrián Zapata C, se graduó de Maestro de Instrucción Primaria en el Instituto Nacional Central de Varones en 1895. Su libro de memorias fue prologado por don Edelberto Torres Espinoza publicado el año de 1949. Charlamos acerca de la lucha de los campesinos de las montañas de Jalapa para defender sus tierras. De los cuentos llamados Los Montañeses de Nájera Farfán, que dibuja la guerra de Los Lucios entre las montañas que hoy están entre Jalapa y Jutiapa. Fue una acción de rebeldía contra la dictadura de Rafael Carrera y por su arrojo en los combates, se les llamó los macheteros. También surgió otro levantamiento de los remechiros, manipulados por la iglesia en contra del gobierno liberal, los cuales fueron derrotados por Justo Rufino Barrios en la Batalla del Cubilete.

De los escritores de Jalapa, José María Bonilla Ruano, quien en 1934, hizo modificaciones al Himno Nacional, el médico extraordinario doctor Silvano Carías, cuyo nombre lleva su parque central, de Nicolasa Cruz fundadora del Hospital y cuyo nombre lleva esta institución, Manuel Avila Ayala, fundador de la Sociedad del Derecho, Manuel Ruano Mejía, magistrado del Tribunal Electoral, Clemente Marroquín Rojas, Melinton Salazar, Amílcar Echeverría, Julio Fausto Aguilera, Jesús Albizures, Fernando Cruz Argueta, el mártir defensor de los campesinos de las montañas Jesús Marroquín, educadora Hilda Leticia Marroquín, el antropólogo Flavio Rojas Lima, el sociólogo Carlos Guzmán Bokler.

Degustamos en el recuerdo los melocotones jugosos y membrillos de la montaña de Jalapa.  Las delicias del mejor queso seco de San Pedro Pinula reconocido a nivel mundial y crema, rosquillas, dulces de toronja, torrejas de miel, pan de azúcar, chanfaina, gallina en crema con loroco, gallo en chicha, ayote en dulce y marquesotes. Hemos apreciado la fabricación de piedras de moler, piezas de cuero, instrumentos musicales y mejor artesanía en barro rojo de San Luis Jilotepeque en donde se asienta la iglesia colonial.  Pero hablamos además de las aguas frías de los Chorros, del volcán Jumay, de su parque y sus pueblos pintorescos.

Volteamos los ojos y empezamos a recorrer Zacapa recordando pasajes y valorando el museo de paleontología ubicado en Estanzuela. Hablamos de los llanos de la Fragua y la hermosa toma de agua que se construyó bajo la administración del Presidente Julio Cesar Montenegro, lo cual dio lugar al cultivo de melones, sandias, tabaco, chile, tomates. Vimos con los ojos del recuerdo la montaña de las Minas en donde está el mármol, el hierro, cobre, y plata. El gran rio del Motagua antes cristalino y ahora languidece por la suciedad que el hombre deposita en sus cauces. El Puente Blanco. Mencionamos al historiador Clodoveo Torres Moss, oriundo de Quetzaltepeque, acerca de su teoría migratoria de piratas ingleses y musulmanes que migraron entre el monte desde el lago de Izabal donde dejaron sus embarcaciones al ser perseguidos por las tropas españolas, lo que dio lugar a un poblamiento suigéneris de esta región del oriente del país.

Para conocer de una mejor manera esta región, mencionamos el ron producto de los cañaverales de la Fragua y como dato curioso, contado por Juanito Riley, zacapaneco, quien me relató qué encontraron El Ron del Llano bodega 1955, que eran unas barricas olvidadas, que al descubrirlas los catadores las definieron como exquisitas y decidieron envasarlas con el nuevo nombre de Ron Zacapa Centenario. Fue en sus orígenes una licorera llamada Zacapaneca, cuyo propietario era el dueño de la finca El Oasis donde se producían estas bebidas espirituosas, don Francisco Girón.

Vale la pena recordar las fiestas de la Virgen de Concepción, la estación del tren, el parque el Calvario frente a una iglesita católica, sus calles curveadas, el templo evangélico Los Amigos, en donde por cierto mi papá fue pastor.

Hay lugares de ensueño para ser felices, como los baños termales Santa Marta que dice la gente, qué por ser azufrados, son curativos. Las pozas coloreadas y frías de pasabien. Pero y además saborear los pescaditos salados, la chanfaina y la fruta de pan. Las empanadas de loroco, frijol y mixtas con chicharrón con salsa de tomate que se venden a la orilla de la carretera que va hacia el norte. Las tortas de doña Mila en Teculután con un buen vaso de fresco de tamarindo. Las quesadillas de arroz, dulces de toronja, mazapán, chicharrones con yuca cocida y las butifarras. 

Habrá que mencionar a sus personajes y escritores como la Asociación Zacapaneca de Cuentos y Anécdotas, (Azcca) con la presencia del Doctor Julio Morales, periodista Virgilio Cordón, Doctor Armando Andrino, poeta Jorge Pinto quien ha dicho que “en Zacapa la gente saca sus sillas para hablar de amores y aventuras”. Del mejor contador de anécdotas como es Byron Orellana. En este apartado, hacemos hincapié de la visita del encuentro del Premio Nobel de literatura Mario Vargas Llosa con los contadores de cuentos, de quien expresó en esa oportunidad: que Zacapa es “el lugar más fértil del país y acaso de toda Centro América en el antiquísimo arte de inventar y contar historias”. Recordamos también a los hermanos Leonor y Roberto Paz y Paz, a personajes históricos como José María Orellana y Lázaro Chacon así como el grato recuerdo del Cardenal Rodolfo Quezada Toruño, promotor y luchador de la paz en Guatemala.

No dejamos de hacer mención qué en Zacapa, se dio el levantamiento de militares jóvenes contra el general Miguel Ydigoras el 13 de Noviembre de 1960, en protesta por la oprobiosa corrupción y de manera paralela con el levantamiento de oficiales en el cuartel de Matamoros de la ciudad capital. Esto hizo germinar el conflicto armado que sumó al país en treinta y seis años de confrontación. Levantamiento al que se sumaron en esas fechas, movimientos civiles y estudiantiles.  lo cual dio origen al movimiento guerrillero enclavado en la sierra de las minas, el cual concluyó con los acuerdos de paz en 1996. Un hecho histórico de vital importancia para entender las causas de la conflictividad política y social en Guatemala.

Recorrimos en el recuerdo, los caminos y veredas de Chiquimula, llamada tierra de pájaros y hoy perla de oriente, con sus dos históricos monumentos de la educación fundados bajo la inspiración de la revolución liberal de 1871, con la guía del pensamiento positivista. Hicimos memoria del paso por sus aulas del doctor Juan José Arévalo Bermejo. Así como de la presencia de la iglesia evangélica bajo la conducción de Los Amigos quienes construyeron, centros educativos, de salud, el Tabernáculo y se diseminaron por los once municipios de este departamento predicando el evangelio. De manera simultánea, me comentó Artemis acerca de estudios de los murales en algunas cavernas de esta región, tales como las pinturas rupestres en algunas cuevas de Ipala. De la riqueza de minerales en su subsuelo. De las costumbres. De don Rafael Girard, autor del libro los Mayas Eternos en dónde sostiene que los Chortís, descendientes de los Mayas, poseen una cultura viva en donde está al centro el joven Dios del Maiz. Del templo de Esquipulas que se construyó bajo el mandato de Monseñor Pedro Pardo de Figueroa y que fue elevada a Basílica tiempo después. Ahí, se venera la imagen del Cristo Negro que esculpió Quirio Cataño el año de 1594.

Platicamos de la “Biosfera de la Amistad”, declarada como el área protegida del Trifinio. De la sierra del Merendon como vena abultada de las montañas de Jalapa. Así como de la Piedra de los Compadres, cuya leyenda dice qué yendo en romería al Templo, dos compadres, hombre y mujer, al descansar bajo la sombra de los pinos, se enamoraron el uno al otro y Dios los castigó convirtiéndolos en piedra.  De la Iglesia Colonial de Quetzalteque, del lago ubicado en el cráter del volcán de Ipala, de las cuevas misteriosas del Cerro la Campana, del río la Conquista y las montañas de las cebollas. De cada uno de sus pintorescos pueblos. De su pobreza como la que se anida en el corredor seco que integran los pueblos de Jocotán, Camotán y Olopa.

Dimos una ojeada a la historia para repasar la defensa que se hizo del territorio nacional cuando países vecinos invadieron y en San José la Arada, se combatió hasta vencer la incursión en la llamada Batalla de la Arada febrero de 1851, comandada por Rafael Carrera. Larga fue la conversa cuando hicimos mencionamos la invasión de las fuerzas político militares que llegaron de Honduras el año de 1954 para derrocar al gobierno democrático de Jacobo Arbenz Guzmán. De como organizaron a campesinos con caite y semianalfabetos dándoles armas para combatir. Le comenté a mi amiga acerca de los aviones que surcaban el cielo. De las batallas que libró el ejército para defender el territorio nacional. Así como la utilización de la imagen de una copia del Cristo Negro de Esquipulas, bajo la conducción de Monseñor Arellano, adoctrinando al pueblo con mensajes anticomunistas.

Conversamos acerca de los pueblos originarios. Recordamos a los poetas chiquimultecos como al viril Ismael Cerna que se enfrentó y perdonó a Justo Rufino Barrios, a lo mejor familiar del Mariscal Vicente Cerna quien nación en Ipala y combatió en la Batalla de la Arada. Fue presidente interino quien derrotaron las fuerzas liberales. En este mismo siglo diez y nueve, existió un personaje clave para la economía en esta ciudad, como lo fue don Pío Porta, a quien se le consideraba el hombre más potentado del oriente del país. Poseía negocios en Nueva York a donde viajaba en barco. Y se cuenta la anécdota, según lo comenta Mario Recinos, que Barrios le pidió un crédito para compra de armas y caballos a fin de avanzar en su gesta militar. Don Pio le dio unas cuantas carretas de bambas (moneda de ese tiempo) y cuando fue a cobrarle, montado en su carruaje, no le quiso devolver las bambas, sino que le pagó con cien casas en el área central de la capital, de las cuales aún se conserva una que está a la par de la Universidad Popular. Habrá que mencionar que fue quien donó, según Ronaldo Porta España, los terrenos para la construcción del INVO, el Hospital y mandó a empedrar todas las calles. Interesa también destacar, la presencia de Alfonso Liu, quien puso un almacén, construyó un cine, inauguro una radio y financió al equipo Sacachispas con conjugadores Ticos que lo hicieron campeón.

En cuanto a los poetas, sobresalen Humberto Porta Mencos quien daba charlas en el parque El Calvario a jóvenes inquietos, formando en ellos el gusto por el arte y la poesía, según Juanito Riley. Autor del Parnaso Guatemalteco. Raúl Mejía González, Mario Morales Monroy quien escribió Brumas del Silencio y hacía las salutaciones a la reina en cada fiesta de los municipios de este departamento. Otras personas de las letras, Macrino Blanco Buezo, Edmundo y Rafael Zea Ruano, Miguel Angel Vásquez, Aquiles Pinto Flores, Periodista Fredy López, fue presidente de la APG, Ramiro Ponce Monroy, igual de la APG, alcalde de la ciudad capital quien construyó las calzadas Aguilar Batres y la Roosevelt, economistas como Saul Osorio, Rector de la USAC, el filólogo y miembro de la Academia de la Lengua Española, Lisandro Sandoval, como me relata Fernando Argueta. Educadores como Pedro Nufio, Miguel Angel Landaverry, cuyo nombre lleva el Instituto de su pueblo natal, Quetzaltepeque, Luis Antonio Vanegas, Rosa Flores Monroy, Víctor Manuel Suchini, Mario Rosas Morales y sus hermanos Elíseo Atonio y Norman, Ronaldo Porta España, historiador Clodoveo Torres Moss, novelista Elías Valdez, Israel Pérez, Marco A. Lima, Raúl A. Aguirre, Tito Monroy, Lencho Patas Planas (David Pinto) rey feo vitalicio de la Universidad de San Carlos quien entre sus anécdotas recordamos estas palabras: “En Ipala la inteligencia es peste y los indios escupimos balas”, los músicos Lilo Aguirre y el cantor Hugo Leonel Vaccaro. Así como la mención de varios escritores nuevos el grupo Zanates y Clarineros, integrado entre otros por Carlos Interiano, Gustavo Bracamonte, Rómulo Mar, Brenda Solis, Renaldo Carrera, Lot Byron, Karina Guerra, Cesar Gutiérrez y otros como Saul Guerra, Milton Jordán.

Saboreamos en el recuerdo, bajo la sombra del árbol emblemático El Guayacán, sus chicharrones con yuca, empanadas, fresco de tiste, pan de mujer, manías, embutidos, los chuptes de Concepción las Minas, batidos y panela de las moliendas de Quetzaltepeque, conserva de coco, dulces de colores, espumillas, salpores, manjares, totopostes, chorizos, longanizas, y los infaltables frescos de Quincho para mitigar el calor en la perla de oriente.

Caminamos centímetro a centímetro a través de la historia, la cultura y los amigos. Conversamos de los pueblos originarios pocomames, xincas, chortís y del proceso de mestizaje que dio como resultado el poblamiento de estos cuatro departamentos.

No podría faltar a la memoria el tren que cruzaba desde Izabal, Zacapa y Chiquimula hasta El Salvador con su pito y el humo que se lo tragaban las nubes y los vientos de cerros y montañas. Entre broma y broma, nuestra plática se extendió, porque le comenté a mi amiga Artemis, qué siendo joven, junto a otros amigos de mi pueblo, decidimos ir a El Salvador en los vagones del tren.

Juntamos unos lenes que aparecían en medio de nuestras limitaciones. Nos encaramamos a transportes Vilma de Quetzaltepeque a la cabecera departamental. Nos subimos al tren y comenzó la aventura. Cada uno llevaba algo de comer y unos poquísimos centavos para nuestra estancia más allá de las fronteras patrias. Nos ofrecían en las estaciones pacayas envueltas en huevo. Empanadas. Chuchitos. Tostadas. Enchiladas. Pollo asado y tacos. Chancletas, café, horchata, fresco de tamarindo o de rosa de Jamaica. Pero la plata no daba para tan exquisitos manjares. Solo logramos babear y comer nuestra ración helada que llevábamos en una bolsita para el viaje.

Pasamos por Ipala, Amatillo, y luego Metapán hasta llegar a Santa Ana. Ese lugar fue nuestro destino. Porque Metapán ya lo conocíamos porque tiempo atrás nos fuimos a pata a ese lugar. Caminamos día y medio y logramos mojarnos los pies en un río que está a la entrada de este pueblo colonial.

Mi relato siguió y mi amiga Artemis se interesó un poco más, en medio de sorbos de café. En fin, el pito del tren sonó y los rieles chillaron al parar en la estación de Santa Ana. Hemos llegado mucha, fue el grito de los cuatro patojos aventureros al llegar a su final.

Caminamos por las calles empedradas y sobre aceras de casas solariegas con balcones enormes. Teníamos que encontrar la Iglesia de esta ciudad. Al fin las campanas nos orientaron y henos aquí, frente a una hermosa e inmensa iglesia. Nuestra preocupación fue, encontrar la casa cural para pedir posada. Tocamos la puerta y preguntamos por el padre. Nos pasaron y luego lo saludamos. Era un sacerdote de la orden franciscana, que antes había servido en la iglesia colonial de Quetzaltepeque. Nos identificamos y de inmediato con esa amabilidad que poseía, nos ofreció el piso del corredor para dormir y para ello nos prestó cuatro petates. Uno para cada uno. Dormimos hasta el otro día que nos despertó las campanadas del centro religioso.

Y que pasó, me pregunto Artemis. Al día siguiente, le dije, salimos a pasear. Comimos algo y nos tomamos una cerveza cada uno. En medio de los hilos de la noche y bajo el efecto del cansancio, la bebida y el sentimiento de culpa por que nos venimos sin permiso, alguien dijo, mucha, estamos lejos del terruño y casi nos pusimos a llorar. Hasta que otro, Oscar Quevedo, saltó y nos invitó a cantar el Himno Nacional, con ese sentimiento de una inmensa, profunda y genuina nostalgia por el lugar que nos vio nacer.

De madrugada arrancamos en el tren de vuelta a casa, no sin antes agradecer la hospitalidad. En el camino, en ese bamboleo de los durmientes de la línea del tren y adormecidos por el pito, aún recuerdo con nostalgia esos momentos y con risa escondida, de como uno de los amigos, Antonio Rosas, nos convido un platito de comida de esos que venden en las estaciones. Nuestra pregunta fue, y a vos como te sobró pisto y contesto, es que soy guardoso.

Otra vez retornamos a mi pueblo al que nos asomábamos bajo los últimos rayos de sol que se plegaban en los tejados de las casas y se resbalaban por las faldas de la montaña de las cebollas y del gran cerro Agüis, que nos miraba con sus grandes ojos de gigante. Cada uno a su casita con la cabeza inclinada por el desatino de nuestra aventura de sentir nostalgia por nuestro terruño, más allá de las fronteras.

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