¿Realmente son más felices?

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Era una mañana gris, el camino empedrado característico de las principales calles del pueblo sobre todo aquellas, que su final rodeaba al parque, el resto solían ser de barro que con la alta humedad y el astro Rey que solía guarecerse tras las nubes, se convertían con facilidad en lodo lo que dificultaba el transitar de los ¿400, 500? habitantes de la zona montañosa.

Me habían invitado[1] a conversar con los estudiantes de la única escuela, ésta de mampostería a diferencia de las casas, la mayoría construidas de adobe – masa de arcilla y arena -, recinto que se dividía en primaria y secundaria, el primer nivel con sus seis grados y el segundo nivel, solo con los tres primeros (del 7mo al 9no)

El conversatorio – me llamo mucho la atención, no solo por ser mi primera experiencia en charlar con estudiantes de una zona rural bastante alejada de cabecera departamental y mucho más de la capital, sino por ser alguien “de afuera”, entiéndase no nacional y profesor de una universidad de otro país -, fue para que les hablara de todo en el ámbito educativo, más acerca de una serie de mitos[2] ante la carencia de información, no había periódicos, nada de televisión, solo una estación de radio que funcionaba con una planta eléctrica; en el caso de los hogares, la mayoría poseían radios que funcionaban con batería.

Les juro que fue una mañana encantadora cuando conversas con jóvenes – casi niños – que desean conocer mucho más de lo poco que saben más allá de las “fronteras invisibles, imaginarias” que les rodean, más cuando el camión o bus que entra al lugar, llega una vez a la semana.

Tal vez les hice soñar, creo que sí, al menos en el tiempo que estuve en la escuela, sin embargo, en lo personal sentí un sabor de insatisfacción, cuando posiblemente muchos de los estudiantes, su destino – donde el sexo jugaba un rol predestinado – unas a laborar en el hogar, otros a labrar la tierra juntos a sus padres.

¿Factores? La pobreza, lo tradicional, entre otros factores, lo que se transmitía de generación en generación y solo “crecían” los que por una razón u otra escapaban en el mejor sentido de la palabra a buscar fortuna en trabajos de poca preparación escolar (al menos no analfabetos), con el propósito de ayudar a la familia, ante un nuevo entorno que en ocasiones lo “real maravillosopalidecía.

Trasladarse de un lugar – allí que nada cambia, excepto los cuerpos que envejecen, las manos unas endurecidas, llenas de callosidades productos de la presión o fricción producidas por el azadón, otras con menos, cuando su función se centra en los quehaceres del hogar además del cuido de sus hermanos menores -, donde un día es igual que el otro.

Mientras que el lugar de destino un tanto más desarrollado (vehículos de todo tipo, comercios, negocios, altos edificios, la mayoría de las calles cubiertas de asfalto, transeúntes que se mueven a toda hora, el bullicio de una ciudad que no parece dormir), resulta mucho más desconocido diría que con una alta probabilidad de riesgo. ¿Motivos? La violencia, la pobreza que no es exclusiva de la zona rural, pero que “se esconde” en los callejones, entre otros factores, diría que el lado oscuro de nuestras sociedades.

Acaso aquellos estudiantes – donde por poco tiempo mediante una plática – que tuvimos la posibilidad de conocernos, ¿serán más felices, al vivir en un mundo, en su mundo, ajeno a entornos mucho más complejos? Tengo dudas.


[1] Me encontraba realizando una investigación, como parte de una consultoría (finales de los años 90)

[2] Significado. Historia imaginaria que altera las verdaderas cualidades de una persona o de una cosa y les da más valor del que tienen en realidad

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Ernesto González Valdés

Nació en la ciudad de La Habana, Cuba y es nacionalizado Nicaragüense tiene estudios superiores de Licenciatura en Pedagogía y posgrados en Química Orgánica y elaboración de materiales didácticos.

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