Sara la cocinera

Preludios Opinionistas

Sara estaba de pie frente al restaurante donde trabajaba, observaba incesantemente y con una mirada furtiva, melancólica pero optimista en todos los sentidos. Sara entró al restaurante y expresó buenos días Lola, ¿qué tal todo? la encargada se encontraba tras la barra ordenando unas copas recién sacadas de las vajillas, no le escuchó. Entonces, Sara se paró delante de la puerta interna del restaurante y suspiró, había trabajado allí durante los ocho últimos años y tenía ganas de ampliar horizontes, pero sabía que no iba a ser fácil, Lola, su jefa, no se lo iba a tomar nada bien pero había llegado el momento de echar a volar.  Hola, buenos días, volvió a expresar Sara. Respondió su jefe Lola y esta le dijo: “Hoy tenemos faena, han reservado una mesa de veinte comensales y han pedido de primero tu especialidad, así que manos a la obra, además haces una gelatina para el postre como la de aquella vez sería fantástica”.  Por cierto, ¿cómo has pasado la noche? repitió una nueva pegunta Lola a Sara. Pues mal, ya lo sabes, la bronca con el tipo ese me dejó mal el cuerpo, respondió Sara. Yo no valgo para plantar cara, ¿qué hizo al final? dijo Lola. ¿Se marchó? puso una hoja de reclamaciones, replicó Sara. ¡Vaya!, hacía tiempo que no nos ponían una, no pudo evitar en deje de tristeza inquirió la jefa Lola.

Sara se encaminó hacia los vestuarios para cambiarse de ropa pensando en el hombre, larguirucho y seco como una espiga, que el día anterior les había montado un escándalo porque el pescado, según él, estaba pasado. La verdad, nunca había soportado los enfrentamientos ni las escenas ni los gritos, se manejaba mucho mejor entre sus cacerolas que entre los clientes, y sin embargo ahora le esperaba otro enfrentamiento que le concernía directamente. En fin, valor.

Lola, la esperaba de nuevo en la cocina reunió el coraje necesario. Sara se decía para sus adentros: voy a marcharme ¿otra vez vacaciones? ¿una semana quizás? no, me marcho para siempre, el sudor comenzó a perlarle la frente, quiero hacer otras cosas, moverme por otros espacios. En ese momento su jefe Lola giró lentamente sobre sí misma, un cuchillo en una mano y una zanahoria en la otra. La gelidez de su voz atenazó a Sara en la misma base de su columna vertebral.

Vino Lola y le expresó imponentemente: sabes que no puedes irte, tus guisos son lo que han hecho de este restaurante lo que es, fue apenas un susurro. Pero, que, se le clavó en el alma haciendo que un escalofrío recorriese todo su cuerpo, respondiéndole Sara, puedes encontrar a otra persona, enseñarle, puede ser tan buena como yo. Puedo enseñarle, sabes que no tengo problema en eso, nadie puede aprender como tú. Tienes un don para la cocina, naciste con el, le dijo Lola.  No Lola, esta vez no, voy a irme, respondió Sara. Su voz sonaba tan poco creíble como la publicidad que ensalza un vino barato. Lola volvió de nuevo a la tarea de cortar la zanahoria en rodajas finas. Sabes que no lo harás, no te dejaré ir, puedo mover hilos y no volverás a trabajar en un restaurante de esta ciudad jamás, inquirió Lola. Sara reaccionó, de repente odió a su jefa con todo su ser, supo cómo se sentían los antiguos esclavos, pendientes de la voluntad de un amo al que poco le importaba el bienestar de las personas que tenían bajo su mando, eso en el caso, de que alguna vez las considerasen personas, claro. Ni se te ocurra amenazarme, respondió con imponencia Sara, y siguió respondiéndole Sara como una matraca: “Lola, tú puedes mover hilos pero sabes que yo también. Te doy seis meses para encontrar a alguien, enseñarle y que me sustituya. Estoy cansada de todo esto se dio la vuelta para encaminarse a la cámara frigorífica”. ¿Seis meses? Ni lo sueñes al ver que Lola titubeaba dijo en voz más alta con media, sonrisa en la cara, claro que si no te parece bien siempre puedes poner una reclamación, respondió eso Lola.

Si el odio pudiese medirse no habría suficientes sistemas métricos en el mundo para cuantificar el que en ese momento Lola sintió, ¡Vete a la mierda! le gritó seis meses Lola.  Ni un día más, incriminó Sara y girándose definitivamente se dirigió a la cámara cómo era posible que la hubiese amenazado de forma tan burda, ahora sí que estaba claro, se iría de allí para siempre, tanto si encontraba a alguien como si no y si el restaurante se iba al carajo no era asunto suyo. Abrió la puerta y entró en el apartado que se mantenía a una temperatura constante de diez grados bajo cero. Miró los cuerpos suspendidos en ganchos desde el techo, a algunos les faltaban los brazos, a otros las piernas, dedos, orejas, partes de las mejillas o trozos del tronco. Todos la miraban desde la muerte con los ojos blancos, opacos y vidriosos, menos uno que lo hacía desde unas cuencas oculares vacías. Que buena había estado aquella gelatina, Señor, lástima que no abundasen los ojos color ámbar, estaba segura que el toque había sido ese y no otro. Se dirigió a uno de los cuerpos “hoy utilizaré al señor Luis,” pensó mientras le cortaba un pedazo de pantorrilla “hay que ver, para lo maleducado que fue a la hora de poner la hoja de reclamaciones, lo melosa y tierna que está siendo su carne. Mañana probaré al larguirucho del pescado a ver qué resultado nos da”.

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Bayardo Quinto Núñez

Bayardo Quinto Núñez, nació el 12 de diciembre del año 1955 en la ciudad de Masaya Nicaragua. Es Abogado y Notario Público egresado de la facultad de Derecho de la universidad UNAN-LEÓN de Nicaragua, escritor, poeta, músico pintor. Ha escrito 16 libros (cuentos, minicuentos, poemas, mininovelas, novela y ensayos varios). ¡Seudónimo Bayquinú!