La fábrica de errores no forzados

Existe Otro Camino

Esa inexplicable conducta típica de los gobiernos actuales.

En el deporte, pero especialmente en el tenis, se ha popularizado esta expresión que describe aquellas equivocaciones en las que no existe mérito alguno del adversario y en el que el actor principal pierde un tanto al seleccionar malas opciones.

En cualquier competencia, y la política no parece escapar a esa lógica, el esfuerzo principal está puesto en superar al contrincante. Para eso es preciso ser mejor, aunque a veces alcanza con cometer menos desaciertos.

Complicar al oponente es vital en ese contexto. Cuanto más difícil se le hace la tarea al rival, más chances existen de triunfar. Hacérselo muy fácil no es para nada aconsejable. Con escaso talento podría obtenerse una victoria y entonces la labor sería buscar el modo de empujarlo hacia el tropiezo, desestabilizar su seguridad e incentivar su nerviosismo.

Si se examina esta mecánica desde la visión política se pueden encontrar demasiadas similitudes, particularmente en aquellos que gobiernan. Es increíble observar cómo, quienes deberían manejar la iniciativa y podrían instalar la agenda del debate con innumerables herramientas a la mano, terminan edificando su propia derrota con disparates de todo tipo.

Cuando se analiza a la oposición no se identifica allí a una manada de virtuosos intelectuales, de hábiles estrategas que puedan pergeñar escenarios e instrumentar emboscadas para que el oficialismo se vea obligado a sobreponerse a las clásicas adversidades.

En la mayoría de los casos son sólo un grupo desordenado de oportunistas que sacan provecho de los malos tragos que el mismo Gobierno se inflige a sí mismo cuando se mete en ridículos laberintos sin salida.

Los que tienen la responsabilidad de conducir los destinos del país parecieran desorientados, absurdamente obsesionados con acertar con una precisión que carecen y finalmente caen entonces en descuidos constantes, se involucran en asuntos peligrosos y obviamente culminan pagando los costos políticos de esos atajos rebuscados producto de una inteligencia opinable.

Es posible que, a estas alturas, con un desprestigio irreversible, una credibilidad dañada y sin capacidad de maniobra en lo electoral estén “jugados” y prefieran arriesgarlo todo. A veces da la sensación de que no se trata de un diseño estratégico minuciosamente elaborado, sino sólo de una secuencia de torpezas completamente injustificables.

Dadas las singulares circunstancias nadie puede asegurar que sea conveniente para ellos apelar a una dinámica más conservadora, una que se concentre en dejar correr los meses, bajando el perfil discursivo para pasar desapercibido. Tal vez sea muy tarde para apostar por ese esquema.

También es evidente que seguir recurriendo a los manotazos de ahogado no ha sido una manera muy exitosa de sumar voluntades. Cada delirio finalmente confirma la tendencia de la caída, garantiza una derrota aparentemente inevitable y hasta augura la posibilidad de un desastre de escala superior cuando las urnas sean abiertas y la gente opine sin piedad.

El problema, al fin y al cabo, no sería que un gobierno no consiga continuar por un período más. Después de todo, es esperable y hasta deseable una alternancia que evite la perpetuidad y la concentración del poder.

El drama sobreviene cuando esta mediocridad en el que la magnitud de los “errores no forzados” puede determinar el próximo resultado, invitan a los adversarios a no esmerarse en lo más mínimo, a aguardar mansamente.

Si ganar es muy sencillo, si reemplazar a los que están es sólo un trámite en el que la quietud se premia y eso implica no esforzarse un centímetro, lo que puede ocurrir después también será de una pobreza proporcional.

Los sucesores no habrán logrado sustituir a los pésimos gestores por sus propios méritos sino sólo porque un conjunto de torpes que hicieron casi todo mal se encargaron de abrir la puerta a los pasivos reemplazantes.

En este perverso juego hay víctimas reales, de carne y hueso, familias e individuos con angustias, que no anhelan grandes soluciones, pero sí un poco de sensatez, de reglas claras, de justicia y seguridad, de educación y salud, de estabilidad y sentido común, para poder proyectar sus vidas sin las turbulencias que proponen los canallas, los ineptos y los inmorales.

Mientras estos depravados personajes de la política se divierten alimentando sus egos y a veces también sus bolsillos, hay seres humanos que financian sus aventuras a un costo que no es solamente económico. Ellos sufren las consecuencias directas de cada pésima decisión y, aunque conservan la esperanza de un futuro mejor, vienen perdiendo entusiasmo a diario y eso es aún más preocupante.

La política contemporánea está jugando con fuego. Hay señales contundentes que muestran que se atraviesa un cambio de época. Algunos lo advierten con enorme claridad y otros siguen creyendo que tienen margen ilimitado para proseguir con la estupidez crónica.

Habrá que confiar en que los protagonistas reaccionen a tiempo y entiendan que este sendero conduce inexorablemente hacia el abismo y que confiarse de que el futuro es sólo una prolongación del presente es una demostración más de su más absoluta ignorancia y del desconocimiento de las enseñanzas que provee la lectura adecuada de la historia de la humanidad.

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Alberto Medina Méndez

Es argentino, radicado en Corrientes. Es analista político, conferencista Internacional, columnista de: INFOBAE en Argentina, Diario exterior de España y El CATO de EEUU. Ha publicado más de 470 artículos en 15 países de habla hispana. Alberto conduce los ciclos radial y televisivo “Existe otro camino”. En 2002 recibió el “Premio Poepi Yapo” por su labor periodística y el “Premio Convivencia” como Periodista del Año. Poco después en 2006 fue galardonado con el “Premio a la Libertad”, de la Fundación Atlas. En 2009 recibió el “Premio Súper TV” por su labor como periodista