La revancha de los poderosos

El peligro

En todo el mundo las sociedades libres se enfrentan a un enemigo nuevo e implacable. Este no tiene ejército ni armada; no procede de ningún país que podamos señalar en un mapa; está en todas partes y en ninguna, porque no está ahí fuera, sino aquí dentro. En lugar de amenazar a las sociedades libres con la destrucción desde el exterior, como hicieron los nazis y los soviéticos, las amenazan con corroerlas desde el interior.

Un peligro que está en todas partes y en ninguna es esquivo, es difícil de identificar, de distinguir, de describir. Todos lo notamos, pero nos cuesta darle nombre. Se derraman ríos de tinta para describir sus elementos y sus características, pero se nos sigue escapando.

Nuestro primer deber, por tanto, es nombrarlo. Solo así podremos comprenderlo, combatirlo y derrotarlo.

¿Qué es este nuevo enemigo que amenaza nuestra libertad, nuestra prosperidad y hasta nuestra supervivencia como sociedades democráticas?

La respuesta es el poder, en una forma nueva y maligna.

En todas las épocas ha habido una o más formas de maldad política. Lo que estamos viendo hoy es una variante revanchista que imita la democracia al mismo tiempo que la socava y desprecia cualquier límite. Parece como si el poder político hubiera estudiado todos los métodos concebidos por las sociedades libres durante siglos para dominarlos y, después, contraatacar.

Por eso hablo de la revancha de los poderosos.

En este libro examino el ascenso de esta nueva forma maligna de poder político e indico cómo se ha desarrollado en todo el mundo. Dejo constancia de cómo está carcomiendo con sigilo los fundamentos de la sociedad libre. Explico que ha surgido de las cenizas de una forma de poder más antigua, devastada por las fuerzas que actuaron en su contra. Y sostengo que sea donde fuere, en Bolivia o en Carolina del Norte, en Reino Unido o en Filipinas, se desarrolla a partir de unas sólidas estrategias esenciales para debilitar las bases de la democracia y afianzar su perverso dominio. También esbozo formas de contraatacar, de proteger la democracia y, en muchos casos, de salvarla.

El choque entre los que tienen el poder y los que no, por supuesto, ha formado siempre parte de la experiencia humana. Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, quienes tenían el poder lo acaparaban en su propio beneficio y lo transmitían a sus hijos para fundar dinastías basadas en la sangre y en el privilegio, con escasa consideración hacia los que carecían de él. Los instrumentos del poder —violencia, dinero, tecnología, ideología, persuasión moral, espionaje y propaganda, entre otros— estaban en manos de las castas hereditarias y totalmente fuera del alcance de la mayoría de la gente. Sin embargo, a partir de las revoluciones estadounidense y francesa de finales del siglo XVIII, las relaciones de poder sufrieron una transformación sísmica que puso este último en tela de juicio y creó límites nuevos para quienes lo ejercían. Esa forma de poder, de alcance limitado, obligado a rendir cuentas al pueblo y basado en un espíritu competitivo dentro de la legalidad, fue el motor de la gran expansión de la prosperidad y de la seguridad en el mundo tras el final de la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, a comienzos del siglo XXI, unas inquietantes transformaciones hicieron que empezara a tambalearse la estructura de la posguerra. En un libro anterior, El fin del poder, examiné el declive que estaba experimentando el poder en una gran variedad de instituciones humanas. La tecnología, la demografía, la urbanización, la información, los cambios económicos y políticos, la globalización y los cambios de mentalidad se unieron para dividir y diluir el poder y hacer que este resultara más fácil de obtener, pero más difícil de ejercer y más fácil de perder.

Era inevitable una reacción. Quienes estaban decididos a obtener y ejercer un poder ilimitado desplegaron viejas y nuevas tácticas para protegerlo de las fuerzas que lo debilitaban y lo limitaban. El propósito de estas nuevas formas de conducta es detener el declive del poder y permitir reconstituirlo, concentrarlo y volver a ejercerlo sin restricciones; pero, esta vez, con tecnologías, tácticas, organizaciones y mentalidades del siglo XXI.

En otras palabras, las fuerzas centrífugas que debilitan el poder han despertado unas nuevas fuerzas centrípetas que tienden a concentrarlo. El choque entre estos dos tipos de fuerzas es una de las características fundamentales de nuestra época. Y el resultado de ese choque no está nada claro.

Lo que está en juego no puede ser más importante; y no existen garantías. No solo está en juego la posibilidad de que la democracia prospere en el siglo XXI, sino incluso su propia supervivencia como sistema de gobierno predominante, como configuración predeterminada de la aldea global. La supervivencia de la libertad no está garantizada.

¿Pueden sobrevivir las democracias a los ataques de unos aspirantes a autócratas empeñados en destruir los pesos y contrapesos que limitan su poder? ¿Cómo? ¿Por qué en algunos sitios el poder está concentrado mientras que, en otros, está dividiéndose y degradándose? Y la pregunta más importante: ¿qué futuro tiene la libertad?

El poder no suele cederse de forma voluntaria. Como es natural, quienes lo poseen tratan de contener y de rechazar los intentos de sus rivales por debilitarlos y sustituirlos. Los recién llegados que atacan a los que ocupan el poder suelen ser unos innovadores que no se limitan a cambiar de instrumentos, sino que se rigen por unas reglas de juego totalmente diferentes. Sus innovaciones políticas han transformado en profundidad la forma de conquistar y de conservar el poder en el siglo XXI.

Este libro identifica y examina esas innovaciones, muestra sus posibilidades, su lógica interna y sus contradicciones y señala las batallas cruciales que van a tener que ganar los demócratas para evitar que destruyan la libertad.

Una forma de poder dependiente y limitada no basta para satisfacer a quienes aspiran a convertirse en autócratas, que han aprendido a utilizar tendencias como las migraciones, la inseguridad económica de la clase media, la política identitaria, los miedos que suscita la globalización, la pujanza de las redes sociales y la llegada de la inteligencia artificial. En todo tipo de lugares y en todo tipo de circunstancias, han demostrado que quieren un poder sin condiciones y para siempre.

Estos aspirantes a autócratas tienen opciones nuevas y herramientas distintas que pueden utilizar para reclamar un poder ilimitado. Muchas son herramientas que no existían hace tan solo unos años. Otras son muy antiguas, pero ahora se combinan con las nuevas tecnologías y con las tendencias sociales, y acaban siendo mucho más poderosas que nunca.

Esa es la razón de que durante los últimos años haya triunfado una nueva casta de políticos ávidos de poder: líderes nada convencionales que vieron el declive del poder tradicional y comprendieron que una estrategia radicalmente nueva podía ofrecer oportunidades hasta ahora inexploradas. Surgen en todo el mundo, tanto en los países más ricos como en los más pobres, en los que poseen instituciones más complejas y en los más atrasados. Viene a la mente Donald Trump, por supuesto, pero también Hugo Chávez en Venezuela, Viktor Orbán en Hungría, Rodrigo Duterte en Filipinas, Narendra Modi en India, Jair Bolsonaro en Brasil, Tayyip Erdoğan en Turquía, Nayib Bukele en El Salvador y muchos otros. Este libro examina su estrategia porque, para derrotar algo, antes hay que entenderlo.

Los nuevos autócratas han sido los primeros en utilizar técnicas innovadoras para hacerse con un poder ilimitado y conservarlo el mayor tiempo posible. Su principal objetivo, no siempre alcanzable, pero por el que siempre luchan con ahínco, es el poder para toda la vida. Sus triunfos, además, provocan que otros se atrevan a intentar emularlos en todo el mundo. Han tenido muchos éxitos, pero también algunos fracasos notables. Y da la impresión de que aparece uno nuevo cada quince días. Estos líderes —y este estilo de gobernar— forman la vanguardia de la revancha de los poderosos.

Estos dirigentes están adaptándose al nuevo paisaje, improvisando nuevas tácticas y rediseñando las viejas para atesorar más capacidad de imponer su voluntad sobre los demás. A pesar de las enormes diferencias nacionales, culturales, institucionales e ideológicas entre los países en los que estos líderes se han hecho con el poder, sus estrategias son increíblemente similares. Por ejemplo, Jair Bolsonaro, presidente de Brasil, y Andrés Manuel López Obrador, presidente de México, no pueden ser más distintos desde el punto de vista ideológico, ni más parecidos en su forma de gobernar. El diminuto, empobrecido y atrasado El Salvador, en Centroamérica, y la enorme y avanzada superpotencia que es Estados Unidos son países diferentes en todo y, sin embargo, Nayib Bukele y Donald Trump se guiaban por unas reglas inquietantemente iguales a la hora de gobernar.

¿Cuál es su fórmula? ¿Cuáles son sus componentes? ¿Y cómo se aplica en el mundo real? Estas son las preguntas fundamentales que se hace este libro. En mi opinión, la fórmula puede resumirse en tres palabras: «populismo», «polarización» y «posverdad».

Las llamamos las «tres pes». Y quienes utilizan estas herramientas son los «autócratas 3P».

¿QUÉ ES UN AUTÓCRATA 3P?

Los autócratas 3P son dirigentes políticos que llegan al poder mediante unas elecciones razonablemente democráticas y luego se proponen desmantelar los contrapesos a su poder ejecutivo mediante el populismo, la polarización y la posverdad. Al mismo tiempo que consolidan su poder, ocultan su plan autocrático detrás de un muro de secretismo, confusión burocrática, subterfugios seudolegales, manipulación de la opinión pública y represión de los críticos y adversarios. Cuando la máscara cae, ya es demasiado tarde.

El autoritarismo es una línea continua. Un extremo se encuentra en regímenes totalitarios, como el de Corea del Norte, donde el poder está totalmente concentrado en manos de un dictador dinástico que lo ejerce de forma descarada y brutal; y el otro en los líderes elegidos de forma democrática, pero propensos al autoritarismo. Los autócratas del siglo XXI empiezan de esta forma más suave y se esfuerzan en mantener las apariencias, mientras socavan la democracia a escondidas.

¿Cómo lo hacen? Recurriendo al populismo, a la polarización y a la posverdad.

Se ha escrito mucho sobre cada una de estas tres pes. Aquí vamos a integrarlas, a introducirlas en un marco que constituye la esencia de cómo los autócratas del siglo XXI obtienen, ejercen y conservan el poder.

Los detalles varían según los países y los líderes —el poder siempre está en un contexto determinado—, pero la estrategia tiene unos principios básicos reconocibles en todos los sitios en los que se lleva a cabo. Su utilización en distintos ámbitos geográficos y en diferentes circunstancias contribuye a desestabilizar las viejas instituciones y a dar oportunidades a los nuevos aspirantes. Cada una de las tres pes, por sí sola, no basta para explicar las transformaciones que hoy está experimentando el poder. Sin embargo, las tres juntas pueden contrarrestar las fuerzas que tienden a dividirlo y diluirlo.

De los tres elementos, el populismo es quizá sobre el que más se habla y el que más se malinterpreta. La terminación en «-ismo» hace que muchas veces se confunda con una ideología, con un equivalente al socialismo y al liberalismo en la competencia por proponer una filosofía de gobierno coherente. No lo es en absoluto. El populismo hay que entenderlo sobre todo como una estrategia para obtener y ejercer el poder. Su atractivo es la versatilidad: el populismo como estrategia puede ser útil en una gran variedad de contextos y ser compatible con casi cualquier ideología de gobierno o con ninguna.

Como han demostrado Cas Mudde y Cristóbal Rovira Kaltwasser, los populistas pintan la imagen de un terreno político claramente dividido en dos bandos: la élite corrupta y codiciosa y el Volk: el pueblo puro pero traicionado y agraviado. Todos los problemas del pueblo se deben a las decisiones —a menudo conspiratorias y siempre corruptas— de una clase dirigente mercenaria. Los líderes populistas aseguran que encarnan la voluntad popular y defienden su causa contra la élite corrupta. Este es un marco de probada eficacia que puede adaptarse a casi todo, puesto que, en última instancia, es posible decir de cualquier posición que defiende al pueblo en su pureza, y de las voces críticas que solo pretenden defender los intereses de una élite corrupta. [3]

En años recientes ha habido una explosión de estudios sobre el retroceso de la democracia. Especialistas como Timothy Snyder, [4] Yascha Mounk, [5] Daron Acemoğlu, [6] Anne Applebaum, 7 Enrique Krauze [8] y Larry Diamond [9] han destacado una serie de herramientas similares en las campañas de los populistas para obtener el poder. Entre ellas:

El catastrofismo: los populistas son destacados pesimistas sobre la situación en la que se encuentran. El mundo que los rodea es corrupto, caótico y fallido. Hay que limpiar los establos de Augías para poder empezar de cero. En un pasado dominado por la élite antipopular no hay nada redimible.

La criminalización de los rivales políticos: los adversarios políticos no son conciudadanos con distintas opiniones, sino delincuentes que deben ir a prisión. Los populistas son propensos a trasladar el enfrentamiento con sus rivales políticos del terreno electoral a los tribunales, donde suelen tener jueces amigos y dispuestos a encerrar a miembros de la oposición irritantes o demasiado populares. «A la cárcel» es su grito de guerra. Entre las excusas frecuentes para encarcelar a los opositores están la corrupción, la sedición, la traición, el terrorismo, los abusos sexuales o las conspiraciones para derrocar al Gobierno.

La utilización de las amenazas externas: además de la amenaza interna, está la externa. Es una práctica muy antigua; el líder populista afirma que la nación está amenazada por un enemigo exterior. Se trata de una emergencia nacional que exige unidad y el apoyo incondicional de la población al Gobierno. En esas circunstancias, oponerse a los gobiernos equivale a una traición. Los enemigos extranjeros pueden ser naciones, inmigrantes que roban puestos de trabajo o empresas extranjeras abusivas que están explotando la patria.

La militarización y paramilitarización: los populistas tienen un largo historial de glorificación de la imaginería militar y de utilizar a las fuerzas armadas y a los grupos paramilitares para intimidar a los disidentes.

El argumento del desmoronamiento de las fronteras nacionales: dicen que las fronteras son «demasiado abiertas» y «porosas» y, por tanto, es urgente reforzarlas para detener la invasión de «los inmigrantes que nos roban el trabajo».

El desprecio a los expertos: los expertos y los científicos, por definición, pertenecen a la élite intelectual y, por tanto, son cómplices de las humillaciones que sufre el noble pueblo al que representa el líder populista. Además, los expertos recogen datos y pruebas que demuestran realidades nada convenientes para el gobernante populista. El populismo vive en un mundo de fe e instinto, no de datos y ciencia.

Los ataques a los medios de comunicación: los medios (hostiles) son unos enemigos tan encarnizados como los expertos. También ellos disponen de datos y muchas veces sacan a la luz la corrupción y la incompetencia de los gobiernos. Y son aficionados a denunciar actuaciones que el Gobierno preferiría mantener en secreto.

La erosión del sistema de pesos y contrapesos: todas las instituciones capaces de contener y controlar la voluntad desenfrenada del populista son objeto de desconfianza y, a veces, de ataques descarados y de intentos de desautorizarlas.

El mesianismo: la respuesta a todos estos enemigos comunes está en la fuerte personalidad de quien dirige la causa populista. La encarnación del populismo suele ser un líder carismático que encabeza la lucha contra las élites que oprimen al pueblo.

Una vez establecido el marco populista, ya está listo el terreno para desplegar la segunda estrategia en el intento de obtener y conservar el poder: la polarización. Demonizar sin descanso a los adversarios y resaltar los asuntos, tanto viejos como nuevos, que dividen a la nación es una estrategia polarizadora que, por desgracia, suele dar muy buenos resultados. Es el método de lo que los marxistas llamaban «agudizar las contradicciones», que tiene una eficacia fuera de toda duda.

Las diferencias que no solo enfrentan entre sí a los adversarios políticos, sino a familiares, amigos, colegas y vecinos pueden basarse en cosas muy distintas: ideología, raza, religión, rivalidades territoriales, agravios históricos, desigualdades económicas, injusticias sociales, diferencias lingüísticas y muchas otras.

La polarización elimina la posibilidad de las soluciones intermedias y obliga a todo el mundo y a todas las organizaciones a tomar partido. En nuestros días actúa siguiendo la dinámica del fandom, la masa de fans, el modelo de la cultura popular, en la música y el deporte, en el que los seguidores de una estrella se identifican intensamente con ella y sienten una aversión visceral hacia las estrellas rivales.

Otra importante fuente de polarización es la identidad. Como definió acertadamente Francis Fukuyama, «[la identidad] centra la necesidad natural de la gente de que se reconozca su dignidad y proporciona el lenguaje para expresar los sentimientos de agravio cuando no se les proporciona ese reconocimiento». [10] También en este caso los políticos han utilizado siempre la identidad como una forma de sembrar la discordia, de enfervorizar y de movilizar a la gente para reclutar seguidores. En los últimos años ha habido una explosión de la polarización política que ha facilitado y amplificado ese reclutamiento.

En un entorno político polarizado, el fanatismo y la identidad no dejan margen para un apoyo matizado, para tender puentes entre partidos, para firmar treguas temporales entre distintos bandos. A medida que se agrava la polarización, se empieza a tratar a los rivales políticos como enemigos. Las partes enfrentadas dejan de hacer cualquier concesión para tratar de llegar a acuerdos de gobierno mínimamente viables. Por el contrario, niegan incluso que la otra parte tenga legítimo derecho a aspirar al poder y hacen caso omiso de la regla democrática habitual según la cual la alternancia en el poder es un pilar normal, natural y saludable de la coexistencia democrática.

El populismo y la polarización son viejos instintos en el ámbito político: se pueden mencionar ejemplos que se remontan a la Antigüedad. Lo que resulta más peculiar de esta variedad contemporánea de la revancha del poder es el último componente: la posverdad. Aquí nos encontramos con un fenómeno muy nuevo, no porque los políticos no mintieran antes —pues, por supuesto, lo hacían—, sino porque la posverdad va mucho más allá de la simple mentira. Con su utilización actual de la posverdad, los líderes no se limitan a contar mentiras, sino que niegan de partida la existencia de una realidad independiente susceptible de verificarse. El principal objetivo de la posverdad no es que se acepten las mentiras como verdades, sino enturbiar las aguas hasta hacer que sea difícil distinguir la diferencia entre la verdad y la falsedad.

El primero en utilizar el concepto de «posverdad», en un artículo de 1992, fue el guionista y novelista Steve Tesich. [11] En 2016, el Oxford Dictionary la designó «palabra del año» [12] y explicó que se había advertido un uso mucho mayor «en el contexto del referéndum sobre la Unión Europea en Reino Unido y las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Se utiliza asociada a un sustantivo concreto, en la expresión “la política de la posverdad”». Este concepto trata de reflejar lo que, según Sean Illing, es «la desaparición de unos criterios objetivos comunes sobre qué es verdad» [13] y lo que Barbara A. Biesecker define como «el enrevesado ir y venir entre los hechos y los hechos alternativos, el conocimiento, la opinión, las creencias y la verdad». [14]

El populismo, la polarización y la posverdad son mecanismos complejos: abstracciones que hay que bajar de sus alturas majestuosas para convertirlas en métodos prácticos de búsqueda y mantenimiento del poder. Cuando los utiliza alguien ávido de este, pueden derribar las defensas construidas por las sociedades para proteger a la democracia de la invasión de un poder que no rinde cuentas.

Los tres mecanismos juntos tienen la capacidad de frenar la tendencia del poder a debilitarse, pero con un costo terrible. Porque las tres pes constituyen una receta para perseguir y mantener el poder que es básicamente antidemocrática y no está sujeta a los principios constitucionales ni al control de las instituciones.

LA REINVENCIÓN DE LA AUTOCRACIA

¿Cómo hemos llegado a esto? Para comprender las causas de que el periodo actual sea así debemos remontarnos al inmediatamente anterior. Al acabar la Guerra Fría se consolidó un nuevo consenso sobre la naturaleza de la legitimidad política. De acuerdo con esta nueva teoría, el poder de un gobernante es legítimo si esa persona cumple los requisitos de un Gobierno democrático. Eso significa, ante todo, haber sido elegido en unas elecciones libres y limpias, pero también respetar el Estado de derecho y los derechos de las minorías, someterse a los controles institucionales apropiados por parte de unos tribunales y parlamentos que no estén indebidamente controlados por el ejecutivo, tolerar unos medios de comunicación libres e independientes y respetar el derecho de los votantes a cambiar el Gobierno mediante elecciones periódicas. Significa acatar los límites legales de mandatos en los países que los tienen y, en los que no, resistir a la tentación de intentar conservar el poder de forma permanente. Esta declaración de principios es la que suele denominarse «el consenso liberal», una expresión en la que la palabra «liberal» no tiene el sentido que se le da hoy en Estados Unidos de «centroizquierda», sino en su significado histórico de «con la libertad como prioridad».

Es importante entender que este consenso no es natural en absoluto. Es más, como principio que da legitimidad al poder, es relativamente nuevo. Durante la mayor parte de los diez mil años transcurridos desde el primer Gobierno estable, en la antigua Mesopotamia, el poderoso justificaba su derecho a gobernar en su vínculo con alguna deidad. Hace alrededor de mil años, como ha demostrado el profesor David Stasavage, algunos reyes europeos empezaron a aceptar cierto control de su poder y a gobernar en cooperación con consejos o asambleas de los nobles más importantes de sus reinos. [15] En épocas más recientes, se propusieron otros fundamentos de legitimidad para gobernar, entre ellos las aspiraciones revolucionarias de la clase obrera, las prerrogativas hereditarias de los monarcas y los vínculos ancestrales de los pueblos nativos con sus tierras.

Todo eso ha quedado atrás. Desde la caída de la Unión Soviética, solo se ha tenido en cuenta la legitimidad democrática. Ese fue el cambio fundamental que Francis Fukuyama teorizó con el famoso nombre del «fin de la historia», [16] no porque la historia se hubiera acabado realmente, claro, sino porque lo que sí había terminado era la rivalidad entre diferentes sistemas para establecer la legitimidad de un Gobierno. Tras la Guerra Fría, seguro que la gente seguiría tratando de alcanzar el poder utilizando la religión, la herencia, la clase o la etnia, pero los principales miembros de la comunidad internacional ya no considerarían esos intentos plenamente legítimos ni aceptables.

Ahora bien, si ya no es posible atacar abiertamente a las democracias liberales —con sus molestas restricciones al poder ejecutivo— desde fuera, ¿cómo pueden establecer su poder quienes aspiran a convertirse en autócratas? Su solución fue socavar las democracias a escondidas, desde el interior.

El marco de las tres pes es un sistema para obtener, ejercer y conservar un poder ilimitado en un mundo que no considera que ese tipo de poder sea legítimo. La solución es fingir lealtad al consenso liberal y, al mismo tiempo, corroerlo poco a poco por dentro.

La nueva tecnología para los aspirantes a autócratas se ha desarrollado en el siglo XXI porque antes no había sido necesaria. En el siglo XX, los dictadores no tenían por qué ocultar su dominio del ámbito político: si acumulaban un gran poder, lo ejercían sin reparos, por la fuerza de las armas o jurando lealtad a una de las superpotencias que, a cambio, protegían a su aliado de los enemigos externos. Muchas veces se recurría a una propaganda desmesurada para consolidar el poder del dictador, pero el propósito no solía ser ocultar su autoridad. Todo lo contrario. En general, no era muy necesario disfrazarse de país democrático o de gobernante liberal. En aquellos años, aparte de la aprobación de los gobernados, los autócratas tenían más opciones para proclamar su legitimidad. Los de derechas podían apelar al «orden y progreso» y los de izquierdas se acogían al manto de la dictadura del proletariado. Sea cual fuere su justificación, había pocos incentivos para fingir que se trataba de democracias liberales, por más que algunos países, como Alemania del Este y Corea del Norte, decidieran apropiarse de la palabra «democracia» y utilizarla con fines marxistas.

Todavía quedan algunas dictaduras de la vieja escuela que se hicieron con el poder antes del «fin de la historia». Y no son pocas. Siguen controlando países como China, Siria, Bielorrusia y Cuba, ejemplos que confirman que todavía puede haber regímenes de ese tipo en todo el mundo. Sin embargo, para los nuevos aspirantes que aparecieron en el escenario mundial tras el final de la Guerra Fría, los viejos métodos no eran viables. Necesitaban una nueva solución.

En un mundo en el que las personas, los productos y las ideas están cambiando constantemente y el viejo instinto de ceder ante los poderosos o ante la tradición está desapareciendo, tratar de poseer una autoridad absoluta es nadar contra la corriente histórica. En un siglo XXI caracterizado por la explosión de la libertad personal, la movilidad y el acceso a la información, los llamamientos directos a la fuerza se toleran menos que en el pasado. De ahí que los actuales autócratas 3P, cuando empiezan a establecer su poder, intenten pasar por algo que no son: demócratas de tipo occidental.

Ese es el círculo cuya cuadratura solo pueden conseguir el populismo, la polarización y la posverdad. El marco de las tres pes permite que los nuevos autócratas puedan fingir que encarnan la verdadera voluntad del pueblo, reprimida por las élites corruptas y escondida por unos medios también corruptos. Les permite afirmar que representan la voz del pueblo mientras desmantelan las instituciones que sí sirven para transmitir las verdaderas voces de la gente.

Así, los autócratas 3P establecen su legitimidad en un entorno en el que el poder inexpugnable sigue siendo tabú. El marco de las tres pes les permite imitar hipócritamente las formas del consenso liberal y fingir que están apuntalando su legitimidad, cuando, en realidad, socavan con sigilo el viejo orden. En este libro vamos a examinar los mecanismos que hacen esto posible. De momento, la forma más sencilla de empezar a desbrozar el terreno es comprender que, en su ansia de poder absoluto, los actuales aspirantes a autócrata utilizan el engaño de una manera que sus predecesores del siglo XX no necesitaban.

En efecto, el engaño es el elemento fundamental de la vía de las pes hacia el poder. Y si la hipocresía es —como dijo el memorialista francés La Rochefocauld— un homenaje que el vicio rinde a la virtud, el poder de las tres pes rinde alegremente ese homenaje a las democracias que corroe. [17]

En el siglo XXI, los nuevos regímenes autocráticos no suelen instaurarse después de derrocar un régimen democrático por la fuerza, sino fingiendo ser democracias. Como dice Erica Frantz, de la Universidad del Estado de Míchigan, en su libro de 2018 Authoritarianism. What Everyone Needs to Know, las autocracias, hoy, suelen surgir después de corroer la democracia por dentro, igual que las larvas de algunas avispas devoran a las arañas que las alojan en su interior. [18]

Esta tendencia está presente en todos los continentes, desde países tan pobres como Bolivia hasta otros tan ricos como Estados Unidos. Hasta la más mínima imitación de democracia puede ser crucial para que el poder mantenido por las estrategias de las tres pes sea viable. Como dice Larry Diamond, de la Universidad de Stanford, «el principio democrático tiene todavía hoy la suficiente resonancia como para que dirigentes como [el dictador egipcio Abdelfatah] El Sisi y [el ruso Vladímir Putin] sientan la necesidad de demostrar que han obtenido el poder en unas elecciones contra unos supuestos rivales, que han sido elegidos por el pueblo». [19] Están atrapados en la fraseología del consenso liberal, y por eso recurren al subterfugio y socavan a escondidas los sistemas que les permitieron llegar al poder.

Hace ya dos décadas que los profesionales de las tres pes practican esta nueva variedad de autoritarismo. Su estrategia demuestra el reconocimiento de que es indefendible. A falta de otra explicación que pueda servir para reforzar su legitimidad, hacen enormes esfuerzos para disimular e intentar mostrarse como parangones de un sistema que están decididos a desmantelar.

El sigilo, por tanto, es una de las principales tácticas que los autócratas utilizan para concentrar el poder en un entorno en el que este muestra una tendencia natural a dispersarse. El sigilo se convierte en un complemento indispensable del marco de las tres pes, una necesidad táctica para poder alcanzar unos objetivos que son demasiado escandalosos para confesarlos. Hasta tal punto que, en muchos casos, ocultar la verdadera forma de ejercer el poder se convierte en la estrategia fundamental para acumularlo y conservarlo. Se puede decir que estos casos son «sigilocracias».

Por supuesto, no todos los políticos que han utilizado las estrategias de las tres pes son sigilócratas ni han maniobrado a escondidas. Algunos, como Rodrigo Duterte en Filipinas y Viktor Orbán en Hungría, fueron explícitos desde el principio y transparentes en su inclinación a ejercer un poder autoritario. Sin embargo, la mayoría de los que intentan sustituir democracias establecidas por regímenes autoritarios encuentran en las tres pes una solución ingeniosa al problema de imponer la autocracia a una población acostumbrada a la democracia y pese a las exigencias de la comunidad internacional. Es más, de vez en cuando, hasta los dictadores que menos disimulan se ven obligados a presentar como mínimo una tímida fachada de legitimidad democrática: las «elecciones» que Putin se siente obligado a convocar cada pocos años para mantenerse en el poder son un ejemplo.

La mayor parte de este libro está dedicada al «cómo» del poder de las tres pes: cómo surge, cómo actúa, cómo corrompe las instituciones oficiales y las normas informales, y cómo degenera hasta convertirse en antipolítica en unos casos y en estados mafiosos en otros.

Pero no sirve de nada analizar a fondo el «cómo» sin entender bien el «porqué». El poder de las tres pes es una reacción a la fragmentación y a la degradación de las formas tradicionales de poder. Es una forma que tienen los que están decididos a ejercer un poder sin restricciones de adaptarse a un mundo en el que el poder de los gobernantes está siempre en cuestión y en donde escasean los mandatos prolongados.

Esta adaptación no es un aspecto técnico ni un cambio evolutivo moralmente neutral. El poder de las tres pes es un poder perverso, incompatible con los valores democráticos que constituyen la base de cualquier sociedad libre. Se esconde hasta que deja de necesitarlo. Entonces ataca. Y, cuando se quita el manto del sigilo, a menudo es demasiado tarde.

En las páginas que siguen vamos a examinar cada una de estas tácticas con detalle, a introducirnos en ellas para descifrar cómo actúan y cómo se las puede combatir. Porque el reto que plantea la autocracia 3P a las sociedades libres y democráticas es existencial. Y por eso no hay margen para la autocomplacencia.

[1] Cas Mudde y Cristóbal Rovira Kaltwasser, Populism. A Very Short Introduction, Nueva York, Oxford University Press, 2017. [Hay trad. cast.: Populismo. Una breve introducción, Madrid, Alianza, 2017].

[2] Timothy Snyder, On Tyranny. Twenty Lessons from the Twentieth Century, Nueva York, Penguin Random House, 2017. [Hay trad. cast.: Sobre la tiranía. Veinte lecciones que aprender del siglo XX, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2017].

[3] Yascha Mounk, The People vs. Democracy. Why Our Freedom Is in Danger and How to Save It, Cambridge, Harvard University Press, 2018. [Hay trad. cast.: El pueblo contra la democracia. Por qué nuestra libertad está en peligro y cómo salvarla, Barcelona, Paidós, 2018].

[4] Daron Acemoğlu y James Robinson, Why Nations Fail. The Origins of Power, Prosperity and Poverty, Nueva York,

Penguin Random House, 2013. [Hay trad. cast.: Por qué fracasan los países, Barcelona, Deusto, 2012].

[5] Anne Applebaum, Twilight of Democracy. The Seductive Lure of Authoritarianism, Nueva York, Doubleday, 2020. [Hay trad. cast.: El ocaso de la democracia. La seducción del autoritarismo, Barcelona, Debate, 2021].

[6] Enrique Krauze, El pueblo soy yo, Barcelona, Debate, 2018.

[7] Larry Diamond, Ill Winds. Saving Democracy from Russian Rage, Chinese Ambition, and American Complacency, Nueva York, Penguin Books, 2019.

[8] Francis Fukuyama, «Against Identity Politics», University of Pennsylvania, consultada el 18 de marzo de 2021, https://amc.sas.upenn.edu/francis-fukuyama-against- identity-politics.

[9] Steve Tesich, «A Government of Lies», The Nation, 20 de enero de 1992.

[10] «Word of the Year 2016», The Oxford Dictionaries, consultada el 18 de marzo de 2021, https://languages.oup.com/word-of-the-year/201.

[11] Sean Illing, «A philosopher explains America’s “post- truth” problem», Vox, 14 de agosto de 2018,

https://www.vox.com/2018/8/14/17661430/trump-post-truth- politics-philosophy-simon-blackburn>.

[12] Barbara A. Biesecker, «Guest Editor’s Introduction. Toward an Archaeogenealogy of Post-truth», Philosophy & Rhetoric, 51, 4 (2018): pp. 329-341, consultada el 18 de The End of History marzo de 2021, < https://www.jstor.org/stable/10.5325/philrhet.51.4.0329>.

[13] David Stasavage, The Decline and Rise of Democracy. A Global History from Antiquity to Today, Princeton, Princeton University Press, 2020.

[14] Francis Fukuyama, «The End of History? », The National Interes t, 16 (1989), pp. 3-18, consultada el 18 de marzo de 2021, http://www.jstor.org/stable/24027184.

[15] François de La Rochefoucauld, Reflections or Sentences and Moral Maxims, trad. de J. W. Willis Bund, y J. Hain Friswell, Londres, Simpson Low, Son, and Marston, 1871, p. 218. [Hay trad. cast.: Máximas, Barcelona, Planeta, 1984].

[16] Erica Frantz, Authoritarianism. What Everyone Needs to Know, Oxford, Oxford University Press, 2018.

[17] Jackson Diehl, «Putin and Sissi are Putting on Elections. Why bother? », The Washington Post, 4 de marzo de 2018,

https://www.washingtonpost.com/opinions/global- opinions/putin-and-sissi-are-putting-on-elections-why- bother/2018/03/04/044889f0-1d6e-11e8-9de1- 147dd2df3829_story.html>.

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Moisés Naím

Moisés Naím (Trípoli, Libia, 5 de julio de 1952) es un escritor y columnista venezolano. Es miembro del Carnegie Endowment for International Peace, un think tank en Washington con el cual ha estado vinculado profesionalmente desde 1993. Durante 14 años estuvo al frente de la revista Foreign Policy y desde 2011 dirige Efecto Naím, un programa semanal de televisión sobre asuntos internacionales que se transmite en decenas de países por la cadena de televisión colombiana NTN24.