Día Internacional de la Educación: Un recuerdo a un gran Maestro

Antropos

HAY NOS VEMOS MARIO ROSAS.

Mario fue mi amigo de infancia. Bromista, creativo, enamorado de la vida y las montañas de su pueblo Quetzaltepeque. Siempre suspiró por su terruño como si algo lo jalaba de las mismas entrañas de la tierra y de ese verdor de invierno. De las cataratas, de los ríos, de la posa del mango y de las peñitas. Del  empinado cerro del Agüis o de la vereda sinuosa que conduce al nacimiento mítico del río de la conquista.

Contador de historias y hacedor  de chistes. De su boca fluía como siempre la magia de la palabra con esa hilaridad del oriental guatemalteco. Aprendió de niño en las moliendas el sabor de la chicha y las estrofas de una poesía que surgía del alma de campesinos que arriaban bueyes moliendo caña y “pichachaban” el dulce del perol sometido al hervor del fuego del bagazo. Ahí creció Mario y eso lo hizo ser maestro de la palabra que adornaba con anécdotas míticas y conocimiento de temas. Se hizo maestro en el INVO de Chiquimula, centro educativo que ha jugado un papel central en la formación de docentes durante más de un siglo.

Pueblerino como lo fue, siempre colocó su mirada en un porvenir en el cual pudiera romper los lazos del silencio y con su palabra de maestro formar jóvenes en centros de educación secundaria y en la Universidad de San Carlos de donde al final de muchos años, lo obligaron a jubilarse sin dejarle el derecho a seguir compartiendo la cátedra con cientos de alumnos quienes gozaban de la palabra amena forjadora de ilusiones. Se empeñaron que la edad era el límite para troncar la vitalidad de su voz y este retiro lo entristeció.  Mario empezó a decaer espiritualmente escondido en una casa de un pueblito cercano a la capital. El frío del ambiente y el alejamiento del aula universitaria contribuyeron a un decaimiento del cual nunca se recuperó, porque el diálogo, tan necesario para la misma vida, se le escapó. “Los amigos ya no vienen ni siquiera a visitarme” dice el tango del cual fue un cálido enamorado.

Ahora Mario se nos fue y con él un pedazo de historia de alguien que tenía mucho que decir. Hizo falta que contara sus caminatas por las montañas y ríos, por las aulas universitarias, de las chicas que enamoró, de los hijos que amó, de las historias de viejas familias del oriente, de la geografía y belleza de ese pedazo del país. Cada vez que hablábamos, él era dueño de la palabra porque yo gozaba con cada una de sus anécdotas. Aún en el lecho de muerte, Marito me dijo que un enfermero de pequeña estatura se le acercó para cuidarlo y Mario aún pudo decir: “mijo, yo creo que me voy a morir porque este hombrecito es el mero cadejo”. Y el hijo en medio de la tristeza sonrió. Ese fue Mario, creador de leyendas, contador de historias  y un maestro de verdad.

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