Cultura

Un mundo en sombras

Tras unas cuantas décadas de compleja gestación, en esta obra que la poetisa, escritora y periodista española María Beatriz Muñoz Ruiz parió al mundo en 2022, con el crepuscular título de ‘Un mundo en sombras, sí que cabe al dedillo el concepto, que más que esto es precepto social, del vocablo introspección.

Concepto este entendido como esa mirada callada hacia adentro, ¡obligada por las circunstancias del contexto!, que realiza un ser humano de su existencia, de su privado estado de ánimo, de su amordazado pasado y algo del presente.

Tras esa reflexión profunda, que a muchos les suele mover, conmover o trastocar el alma, sin que falten los que ni esto ni lo otro: ¡los insensibles!, al menos de apariencia, tal parece que esta española de letras tomar, decidió irse pluma en ristre y plasmar en versos asimétricos… mejor diría, prosa musical y romántica, un poemario que merece, no solo estos incorregibles comentarios de inexperto, sino sendos análisis literarios que con seguridad vendrán de hoy en adelante y hasta al menos en unas tres o cuatro centenas de años más.

Estoy seguro de que, cada día, cada lector, cada experto o neófito literario, al zambullirse en esta mar agitada de la conciencia humana vuelta versos bajo el título de ‘Un mundo en sombras’, lo hará a su manera y asumiendo sus propias consecuencias e interpretaciones que mejor le calcen. ¡Cada uno verá en lo que se mete y con lo que se arropa!

Esta introspección literaria que hace María Beatriz, amén de descobijar su yo profundo y desde niña hasta su adultez temprana, es una sentencia abierta y descarnada para la humanidad, para el individuo social medio del ayer, del hoy y, desde luego, del mañana.

Miremos no más este rítmico estribillo conceptual:

Tejiste un cielo de estrellas
y un infierno de infinita belleza,
me atrapaste en la tierra,
y me encarcelaste
 como un mortal en las tinieblas.

Palabras de fuego, lancetazos ardientes emanados de las calderas de un alma compungida dispuesta a cobrarle desquite a la vida… no importa sobre quién o qué recaiga su lava ardiente.

Tal vez para el lector distraído, más, todavía, para el engreído, esta otra sentencia dictada entre páginas pase inadvertida, sin que, quizá, le irga el alma:

Mírame,
no soy la misma,
no soy la niña,
que conociste hace años,
no soy esa que sonreía
sin saber lo que era la vida,
no soy la que miraba al mundo
con la esperanza de la inocencia
consentida.

Por lo que, sin tapujo, miedo escondido o sátira poética alguna, de frente, abierta, lo rima a verso herido:

Soy aquella que se cayó por el camino,
y volvió a levantarse tantas veces
que olvidó sus heridas
y siguió andando día a día.

Donde quiera que uno ose detener sus ojos para leer esta efervescente composición sacada de lo más profundo y reservado de un ser que ha vivido uno o varios amores sufridos, idos, pero que, de allá, del fondo del fondo no han salido ni jamás va a sepultar en el imposible olvido… de estar uno atento y guardar todavía por ahí algunos gramos de sensibilidad humana, la piel ha de erizársele y un frío de nostalgia horadará las vísceras.

En esta reseña no pretendo hacer un copie y pegue, aunque valdría la pena analizar cada frase de esta historia humana en verso. Sin embargo, es imposible dejar sin resaltar estas cuartillas, dada la magnitud afectiva que destila y anuncia desquite, así sea en el mismo averno:  

Soy aquella
que se perdió en la oscuridad
y aprendió a andar en ella,
aprendió que la luz
es voluntad,
aprendió que la luz,
no viene de otros,
aprendió a salvarse ella sola,
a seguir adelante,
aprendió a silenciar al mundo
y perseguir las voces de sus ángeles,
aprendió a sobrevivir enmascarada,
a sonreír,

a bailar en el infierno*.

Lo que sigue en esta parte de la sentencia es todavía, literaria y poéticamente, tanto más interesante y deslumbrante, como apremiante. Cuando usted, amigo lector, llegue a esa tonada de nostalgia inmensa, además de estar enganchado hasta la muerte entre sus letras, sé que un sudor frío empapará su indumentaria.

Además de rasguñar con letras a quien le nace hacerlo, que seguramente lo merece, ¡y más!, María Beatriz se guarda para el céfiro este latigazo directo al alma, no solo para aquel o aquellos que, por su vera, de alguna manera huellas dejaron, cuales arrugas en el espíritu. La latiguda sentencia ahora es para todos, para la humanidad entera.

Así que cada uno escoja su partecita del agridulce piscolabis servido en este poemario:

Algún día,
seremos borrados
de este lienzo abstracto
al que llamamos vida.

Ahora bien, de postre, si es que aún le quedan antojos, ¿qué tal este de tres leches?

Tu dulce mirada,
tu amor y tu lealtad,
hacen que pierda la fe
en la cruel humanidad.

Sobre el autor:

  • Wilson Rogelio Enciso (Colombia, 1958). Autor de 15 novelas, 9 publicadas, de varias compilaciones de narraciones y relatos. Es gestor de la iniciativa “Una novela para cada escuela”. Premio Internacional del Libro Latino (ILBA), 2° puesto, 2019. Séptimo Premio MICRORRELATOS REVISTA GUKA 2019 y mención especial en MICRORRELATOS REVISTA GUKA 2020.

*La subraya y negrilla son mías

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