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Seis años que marcaron mi vida: Mi paso por la Escuela Normal

Sueños…

«Lo que escribo es tendencioso.
Transmite sin ambages mi opinión a la juventud actual.
Que me llamen retrógrado y vociferen contra mí,
pero voy a expresar con fuego cuanto piens

Fiódor Dostoyevski

Mi vida en la Normal fue un sueño. Fue lanzarme a una nueva vida, llena de ilusiones de conocimiento y retos de cambio. Mi mente vuela, como si fuera hoy, hasta aquella fría mañana del mes de enero de 1967, bajo una leve llovizna tenaz, cuando salté por primera vez del bus, que me había de traer durante seis largos, tenebrosos y vibrantes años, desde los Cipresales de la zona 6, hasta el vetusto y legendario edificio de la gloriosa Escuela Normal Central para Varones.

Fueron cerca de 600 metros que tuve que caminar, día a día, durante seis entrañables años, acompañado de centenares de jóvenes y enérgicos muchachos que con paso lento y alegre atravesábamos el Bulevar histórico, para levantar la vista apasionada ante la imagen guerrera y feroz del gran caudillo indígena Tecún Umán. Para continuar por el paso de las Termópilas entre la ternura de los animales enjaulados como ciudadanos, del parque zoológico y la que sería centro de pasiones y fusión de sueños y desilusiones la mítica Mariposa.

Aquellos años dieron forma a mi vida. Siempre me ha de cruzar el alma una sensación de orgullo y desilusión. Allí conocí jóvenes tan vibrantes, tan llenos de vida, quimeras y sed de cultura. Saber que se perdieron vidas tan valiosas, algunas de las cuales solo recuerdo por un apodo, que era impuesto por la doble cultura de aquellas generaciones centenarias. Por un lado, el afán de esconder la personalidad para no ser detectados por un enemigo difuso, intolerante y macabro. Por otro lado, para dar rienda suelta al afán picaresco de la juventud, al burlarnos de nuestros compañeros adolescentes, nos burlábamos de nosotros mismos.

Del joven a los sueños del revolucionario

Los primeros años en la Escuela fueron de una embriagante lucidez. Nuevos amigos, conocer la poesía, el álgebra, la teoría social. De manos de maestros preparados al extremo, que tenían todo el deseo de preparar jóvenes cultos, con visión social de entrega por la justicia, la equidad y el bienestar de un pueblo en la oscuridad. Allí conocí a los queridos hermanos Orlando e Iván Alvarado, a Edgar Arana, Enoc Tuches, Jorge y Víctor Herrera, Luis Solórzano, Hernán Soberanis, Navichoque y tantos otros, queridos y recordados jóvenes, creyentes de que el estandarte de maestros nos daría la llave para construir una nación solidaria.  Tantos otros talentosos e idealistas que entregaron sus esfuerzos y su vida por un ideal inalcanzable. Gloria a sus memorias.

El caldero de tanta efervescencia política en la Escuela tuvo su génesis en una milenaria discriminación. Un país con los más altos indicadores de pobreza, desnutrición, analfabetismo, machismo, racismo y opresión ciudadana. Provocó en nosotros un deseo de juventud de transformar la realidad y convertir los sueños en un país equitativo, justo, solidario.

La cultura organizacional de la Escuela Normal a mediados de los años 60 y principios de los 70 estaba rodeada de una aureola de imágenes entrecruzadas. Quienes asistíamos a la formación normalista, estábamos convencidos de que la preparación como maestros nos iba a permitir ingresar a las aulas del pueblo y provocar el aumento de la cultura de las grandes masas oprimidas, que gracias a la educación tendrían herramientas para construir una sociedad mejor.

Sin embargo, también rondaba en el ambiente, como una mitología universal la idea de que el ejercicio de la docencia en escuelas y colegios no sería suficiente. Que se necesitaba un cambio provocado por la entrega a una causa revolucionaria no completamente clara, pero que exigía el sacrificio, aún de la vida, para alcanzarlo. En los pasillos, en las miradas furtivas, en las charlas escondidas se fraguaba crear o ingresar a las organizaciones que habrían de cambiar el mundo. El socialismo en Cuba era una fuente de inspiración, una sociedad sin clases, sin discriminaciones, sin opresión.

Centenares de nosotros éramos atraídos por aquel sueño, inspirados en las imágenes de heroicos luchadores que levantaban un mundo nuevo. El debate en la formación como maestros y la conspiración eran las dos fuentes que nutrían nuestra visión del futuro.

La realidad superó las quimeras de la imaginación

Nuestra formación en economía y política no era muy completa. En el mundo y en la región se movían fuerzas que determinaban nuestros pensamientos. El sistema financiero internacional estaba en bancarrota. Estados Unidos abandonó Bretton Woods a principios de los 70, iniciando el nuevo modelo capitalista de control financiero de los grandes bancos, el endeudamiento del gobierno para financiar la confrontación de la guerra fría, y la emergencia de las tecnologías de la informática y las telecomunicaciones confrontaban con fuerza al socialismo y el capitalismo.

Se crea la OPEP y el mundo entró en bancarrota, se necesitaba un cambio y el primer y segundo mundo aceleraron la confrontación, pero no enfrentándose ellos directamente, sino poniendo al tercer mundo a enfrentar una lucha fratricida. Nosotros éramos parte del plan de confrontación.

La revolución democrático-burguesa era la solución, pero lo que se podía, sin sueños ni ilusiones, era realizar reformas. Sin embargo, las fuerzas de seguridad del Estado, asesorados por órganos de inteligencia militar externos eliminaban cualquier intento de reforma, no se permitía la existencia, ni siquiera de partidos social-demócratas o social-cristianos, la palabra social era la señal de la persecución y la muerte desde los órganos represivos del Estado. Y, en la misma dirección, cualquier idea de reforma o participación ciudadana, era señalada por la contraparte como traición y condena.

La realidad se impone

Luego vino la crisis internacional, que no comprendíamos. Estados Unidos abandonó el proyecto que le había servido para construir un sistema mundial basado en el dólar, el difamado Bretton Woods. Con la creación del dinero fíat, el dólar sin respaldo, el auge de la industria basada en el petróleo dio lugar a la creación de la OPEP, y el auge descomunal del precio del petróleo. La crisis internacional se generalizó y el sistema capitalista competitivo colapsó entre 1978 y 1982. Pero no era la crisis final del capitalismo, como intuíamos, era simplemente una reforma profunda más del sistema, que siempre, como el camaleón se muda en sus peores momentos y reaparece más poderoso y juvenil.

Miles de jóvenes, en el marco de los nubarrones de la crisis internacional, vislumbraron el inicio de una nueva era. La era de la justicia y la equidad. Eran años confusos, todos se organizaban en torno a fracciones revolucionarias, la secundaria era un hervidero de pensamientos de cambio, en que la mayoría no sabía que quería cambiar exactamente, y en que ninguno de los proyectos coincidía. Las fracciones del cambio se multiplicaban, la lucha no era solamente contra el sistema, era, también entre los grupos de jóvenes soñadores y optimistas.

La bebida era parte del nuevo proyecto, en cantinas del Campo de Marte, de los campos del Roosevelt o en la mítica, se generaban proyectos de cambio social y se desechaban cada noche, las fracciones se rompían y al día siguiente estábamos en otro grupo. Mientras tanto, la oligarquía definía su proyecto espiar e infiltrar las fracciones y aniquilar a los que parecieran los más comprometidos y veraces.

Nos tocó vivir una época de renacimiento. Los cambios en el sistema internacional y la crisis del petróleo anunciaban una nueva vida. La vida del capitalismo financiero con fundamento en el intercambio de información por computadoras, ordenadores, las telecomunicaciones y el auge de la televisión. Ya en los estudios de magisterio descubrimos la filosofía, el socialismo, la batalla de la guerra fría, nos exultaban las imágenes de los barbudos entrando triunfantes en la Habana, vitoreados por el pueblo. Soñábamos con una entrada igual al valle de la Ermita.

En esos años finales descubrimos que se preparaba una batalla, en la que la historia ya estaba escrita. Algunos se sacrificarían con heroísmo a un proyecto sin objetivos, otros aguardarían en la penumbra o en el extranjero. No quiero mitigar la hermosura de los sueños y el oprobio del resultado final de aquellas gestas.

Ya fuera como seres comprometidos con la consigna de “patria libre o morir”, o con la claridad extrema de que esa lucha no iba hacia ningún lado. Todos conspirábamos por la sociedad ideal, sin explotados ni explotadores. Creyendo que la toma del poder por una fracción armada era la solución a profundos problemas económico-sociales-ambientales complejos. Es una tristeza desgarradora 40 años después conocer del secuestro, la tortura y la muerte de muchos de aquellos muchachos. También es una alegría constatar que muchos pudieron sobrevivir y completar sus proyectos de ser profesionales, jefes de familia y personas de bien. Otros, terminaron ocupando puestos dirigentes en el gobierno, hay de todo, es la vida y los sueños, sueños son. Algunos terminaron su destino en las anónimas batallas de aquella guerra desigual.

Éramos veinteañeros con una visión idealista de la sociedad, algunos republicanos, otros socialistas, algunos católicos, en fin, éramos románticos. La patria era para nosotros un porvenir mitológico de igualdad extrema, ante un presente lleno de discriminaciones y racismo, era un dilema que podíamos resolver con ideas fantásticas de un mundo ideal.

El de rol de la escuela

Fue en aquellos tiempos que cayeron en nuestras manos los primeros documentos de aquel mundo soñado. De las filas de normalistas de vanguardia surgían los de más lecturas que tenían en sus manos los manuales de la “academia”. Teníamos 20 años.  La salida de la escuela con el hermoso título de maestro de educación primaria urbana nos dotaba de una luz que alumbraba el futuro de la patria. Íbamos a enseñar a todos, pero no solo eso, íbamos a transformar seres y estructuras para vivir una sociedad mejor.

Empezamos a leer las páginas de Lenin, aquel incansable y genial creador de las ciencias sociales que anunciaba el fin del mundo capitalista y la llegada del reino de la equidad y la justicia. Dábamos la impresión de ser eternos, devorábamos las páginas de los manuales y sacábamos la conclusión de que eran incontestables, eran la palabra final, eran la teoría eterna y correcta al fin encontrada. Lo paradójico era que todas las fracciones que nos rodeaban interpretaban de diferentes formas la verdad única.

Fueron años maravillosos, en las aulas, en los comités, en los bares, el materialismo dialéctico servía para zanjar cualquier discrepancia. Todo se reducía a resolver la propiedad de los medios de producción. Sin saber que era eso ni para qué servía.

La sociedad cubana, precursora del otrora proyecto, hoy se encuentra empantanada en ese tema. La teoría decía, o le das todo el poder al pueblo o eres traidor. Palabras de Fidel para condenar la cultura en su país, con la revolución todo, contra la revolución nada. Cambio total sí, reformas nada. Los mandamientos se reducían a uno solo, la vanguardia tiene la razón, todos los demás estamos equivocados.

En todo el recinto de aquella sagrada Escuela reinaba un sentimiento de clandestinidad, de provocación, de una conspiración conmovedora, el nombre verdadero de cada uno no importaba, lo importante era contribuir en forma anónima al levantamiento del pueblo en contra de un sistema opresor y la construcción de una sociedad nueva, que nos parecía fantástica, pues surgiría de la mente, como formada por seres nobles y solidarios, sin intereses mezquinos que defender. El tiempo se encargaría de estropear aquellas fantasías.

Se conocía al opresor, venía uniformado, ya de militar, ya de cura. En carros lujosos de marca, con las corbatas de moda y el látigo del terrateniente. O, en carros sin placas o jeeps armados. Aquella oligarquía formada al culminar la colonia, que maneja un país con la mentalidad de sirvientes de la colonia, como una finca dedicada a explotar esclavos y siervos. Los administradores de la colonia se habían convertido en la nueva oligarquía, la forma de opresión no cambió, tampoco los métodos de promover el licor, la fe y el látigo. Un sistema en el que alumbraba solamente el lado oscuro. No podíamos prever que cambiarlo de raíz era una tarea suicida e imposible. Que la lucha por las reformas solamente era una mención de miedo y falta de futuro.

Los llamados a la entrega por la causa, una causa difusa y sin objetivos, eran severos hasta la crueldad. O eras de los nuestros o de los otros. Un país perdido en una lucha sin cuartel y sin vías de escape. Los asesores extranjeros no tenían ninguna raíz con lo nuestro, solamente buscaban infiltrar y aniquilar, fueran del Mossad o de la CIA; encontraron tierra fértil, nosotros tampoco tenemos unidad nacional ni nos identificamos unos con otros. Es un país extraño, sacado de un juego electrónico, luchar hasta morir por ganar una pantalla, sin construir una república. La conducta de todos era considerada en forma severamente cruel. La muerte podía venir por una mirada, un comentario incorrecto o no coincidir con la visión macartista o estalinista.

Se hablaba de los comandantes como “de los muchachos”. Aquellos seres extraterrenales que iban a conducir las legiones de paladines hasta la nueva sociedad y el hombre nuevo. En el mundo la guerra fría llegaba al inicio de su solución final. Parecía que uno de los dos gigantes apocalípticos iba a ganar. El capitalismo occidental con sus mitos de mercados competitivos y democracias electorales o el socialismo oriental con sus sociedades perfectas del hombre nuevo, bajo la conducción de férreas y punitivas vanguardias o comités centrales.

Era tal la motivación y el ensueño, que creíamos que no había tiempo. Discutíamos y planeábamos el futuro en el día, en la noche, en el aula, en el trabajo. Discutíamos y reconstruíamos el mundo, basados en los ideales forjados en aquellos años de hermosa adolescencia. Los juicios y nuestra apreciación de la realidad eran apodícticos. Los más avanzados no discutían, simplemente dictaminaban con desdén y suprema autoridad. Apelaban a la sabiduría de las vanguardias, que creíamos encaramadas en el pico de los más azules y altos montes, esperando el momento de la insurrección final para instalar el reino de la paz eterna en la Tierra. Nunca sospechamos que estas vanguardias y comités centrales vivían en relativa comodidad.

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Cristobal Pérez-Jerez

Economista, con maestría en política económica y relaciones internacionales. Académico de la Universidad Nacional de Costa Rica. Analista de problemas estratégicos, con una visión liberal democrática.

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