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Nihilismo social

Reflexiones

Muchos argumentan que en Guatemala se perdió la fe en las instituciones, en el estado de derecho, en la llamada sociedad civil se aduce que no existen contrapesos al poder hegemónico fáctico, que los partidos políticos son todos iguales, que la universidad de San Carlos perdió su esencia social y fue presa fácil de la corrupción, que los sindicatos son dirigidos por mafias que buscan solo su interés particular, que la llamarada de la rebeldía se fue disipando lentamente en la consciencia del estudiantado hasta volverse un débil destello de luz.

Viene a mi memoria un fragmento de un poema de Otto Rene Castillo alusivo a este nihilismo social: “Un día, los intelectuales apolíticos de mi país serán interrogados por el hombre sencillo de nuestro pueblo. Se les preguntará sobre lo que hicieron cuando la patria se apagaba lentamente, como una hoguera dulce, pequeña y sola”.

Parece ser que el guatemalteco se volvió un resiliente social, que supo adaptarse a la adversidad, a los traumas de la guerra interna de treinta seis años, a las tragedias naturales, a las amenazas del crimen organizado, a los problemas graves como los deplorables servicios de salud en los hospitales nacionales, la calamidad que se vive en las escuelas públicas o a situaciones estresantes por la falta de trabajo y problemas económicos.

Para Nietzsche el nihilismo se asocia en la cultura occidental, cuando la sociedad llega a su propia ruina, a su decadencia total, se queda vacía, agotada de los valores ficticios representados en la metafísica, el cristianismo y la vieja moral. Se trata de la negación de todo principio religioso, social, económico y político.

La descripción realizada por Nietzsche se asocia también a lo que modernamente conocemos como un Estado fallido. El término Estado fallido es empleado para describir un Estado soberano que, se considera, ha fallado en garantizar el acceso a servicios básicos a su población: salud, vivienda educación, trabajo, seguridad. Se mide el fracaso de un Estado con los siguientes parámetros: corrupción política e ineficacia judicial, sobrepoblación y contaminación, altos niveles de criminalidad, narcotráfico, altos niveles de pobreza y pobreza extrema, falta de vivienda, migración descontrolada, bajo promedio de educación escolar.

La pregunta indispensable en esta coyuntura es: ¿Qué podemos hacer? Los seguidores del nihilismo social aseguran que no se puede participar en política porque todo el sistema de partidos políticos esta putrefacto. Que ya no hay nada por hacer. Que el Estado se encuentra cooptado por el crimen organizado. Que la corrupción y la impunidad rebasaron cualquier limite.

Esto no es del todo cierto. Ante una situación tan extrema, la participación ciudadana es una estrategia legitima para un nuevo comienzo, para trabajar en volver las cosas a su lugar. Debemos hacer que prevalezca la ciudadanía activa en Guatemala.

La ciudadanía activa es un concepto que se aplica a todas aquellas personas que integran una comunidad y que despliegan un comportamiento comprometido con todo aquello que acontece en la misma. Es decir, el ciudadano activo se encuentra absolutamente involucrado en todos los asuntos que atañan a la comunidad en la que vive y participa en todo para buscar una solución a la problemática social.

La participación ciudadana en la actividad política es legítima y legal. No busquemos excusas donde no las hay, debemos hacer una realidad el concepto de ciudadanía activa, debemos sacar del ring político a los corruptos, debemos devolver la institucionalidad al país, los ciudadanos conscientes debemos visualizar al país en diez, quince o veinte años, lo queremos ver decadente, colapsado más de lo que esta o radiante y desarrollado para bien de las futuras generaciones.

Solo necesitamos una fuerte dosis de voluntad y autoconvencimiento de que las cosas pueden cambiar. El aprendizaje después de tanta desilusión debe ser: Hay que participar en política, para tener acceso a los lugares donde se toman las decisiones. Usted tiene la última palabra.

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