La consagración del escándalo

Editado Para La Historia

A pesar de tener un nombre que induce a error, el Teatro de los Campos Elíseos de París no se encuentra en esta famosa avenida. Hay que decir que no está lejos de esta avenida, sino que se encuentra en la no menos glamorosa Avenue Montaigne. Esta avenida nace en la Place de l’Alma (donde falleciera la princesa Diana en el túnel que la atraviesa de este a oeste) y efectivamente termina en la Rotonda de los Campos Elíseos. En esta Avenida se encuentran importantes boutiques de lujo y han vivido numerosos personajes, como la berlinesa Marlene Dietrich. Pues bien, si se camina del Sena hasta los Campos Elíseos, uno de los primeros edificios que encontramos a la izquierda, en el número 15, es el Teatro de los Campos Elíseos construido en un novísimo estilo para la época, el Art Déco.

Desde su inauguración el 2 de abril de 1913, este teatro es un lugar de primer orden en la cultura de la capital francesa. Hasta el día de hoy, conciertos, óperas y ballets forman parte del programa de este teatro. Pero, al hablar del Teatro de los Campos Elíseos, no se deja de pensar en un escandaloso acontecimiento que en él se produjo y esto poco tiempo después de su inauguración, el 29 de mayo de 1913.

Ese día, la crema y nata del “todo París” se dio cita en este teatro para ver la inauguración mundial del ballet “La Consagración de la Primavera”, pero primero hablemos de los creadores de este ballet. Por una parte, estaba el ya muy famoso compositor ruso Ígor Stravinski que, para la fecha, ya había triunfado con la música para ballets tan importantes como Petrushka y el Pájaro de Fuego. Stravinski era un compositor revolucionario que rompía con los cánones de la música armoniosa del romanticismo que había prevalecido durante todo el siglo anterior. Stravinski era un gran intelectual que se codeaba con lo más selecto de la cultura mundial del momento. Era él quien ponía música al ballet que nos ocupa hoy.

Por otra parte, estaba Váslav Nijinsky. Si bien había nacido en Ucrania, Nijinsky formaba parte de una familia de bailarines polacos y, desde muy pequeño, sus padres lo inscribieron en la Escuela Imperial de ballet y pronto formó parte de los bailarines del Teatro Mariinsky de San Petersburgo. Para los conocedores de ballet, podemos decir que fue uno de los primeros hombres en dominar la técnica del “en pointe”, que no es nada más y nada menos que el saber bailar en la punta de los pies gracias a zapatillas con una punta aplanada de madera. También Nijinsky era famoso por los fabulosos saltos que podía hacer en sus bailes, saltos que desafiaban a la propia gravedad. El tercer personaje involucrado en la historia de hoy fue Serguei Diáguilev, millonario ruso que se dio a la tarea de promover el arte de su país en Europa, en particular en París. Primero se ocupó de presentar exposiciones de pintores rusos y después, como empresario, óperas de compositores rusos. Más adelante fundó una compañía de ballet a la que llamó Los Ballets Rusos, con la que paseó el arte de la danza de los rusos por todo el mundo. El repertorio de Los Ballets Rusos no solo estaba compuesto por las grandes obras clásicas del ballet ruso como La Bella Durmiente, con música del famoso compositor Chaikóvsky, sino que también incursionaba en nuevas técnicas experimentando con nuevos conceptos de danza.

Pues bien, en la temporada de 1912 de Los Ballets Rusos debió haberse presentado La Consagración de la Primavera, pero ya Stravinski está muy atareado con la terminación de otra obra. Sus ballets Petrushka y El Pájaro de Fuego habían sido verdaderos éxitos y se esperaba lo mismo con la nueva obra, La Consagración de la Primavera. Tanto el compositor como el coreógrafo se inspiraron en el viejo folklore eslavo para su ballet. El argumento es sencillo. En la primera parte, los aldeanos celebran con bailes la llegada de la primavera después de un largo y pesado invierno y, en la segunda, un grupo de viejos sabios de la aldea selecciona una elegida que debe bailar hasta el agotamiento y muerte para encontrarse con los antiguos dioses paganos eslavos de antes del cristianismo, a modo de ofrenda por enviarles la tan esperada primavera.

El recientemente inaugurado Teatro de los Campos Elíseos fue el escenario seleccionado para tan esperado evento. La inauguración se fijó para el 29 de mayo de 1913. La víspera se había realizado la repetición general en presencia de compositores como Saint-Saëns, Debussy y Ravel y todo presagiaba un nuevo éxito. Personalidades como Coco Chanel y Picasso formaban parte de los espectadores. Con los primeros compases, la música sincopada y armoniosa, unida a los movimientos atrevidos, casi obscenos de los bailarines, provocaron poco a poco el descontento de los espectadores. Tímidos abucheos pronto degeneraron en un estremecedor ruido que no permitía que los bailarines escucharan la música de la orquesta. Con los primeros abucheos, Stravinski salió despavorido del teatro, Nijinsky tras bambalinas, trataba de darle orientaciones a los aturdidos bailarines y Diáguiliev les pedía a los tramoyistas encender y apagar las luces del teatro para tratar de apaciguar a los enfurecidos espectadores.

Pero resulta que en el teatro no solo había detractores, sino también amantes de la obra y pronto se armó una trifulca entre ambos bandos que de inmediato terminó en pelea campal. Las sillas volaban de un extremo al otro y las trompadas fueron abundantes. Los responsables del teatro llamaron a la policía que rauda y veloz cargó con muchos de los aguerridos espectadores hasta la estación de policía más cercana. El escándalo estaba consumado. Sin embargo, las vanguardistas novedades terminan por imponerse y poco tiempo después, en la presentación de Londres, si bien no hubo un recibimiento extremadamente caluroso por parte del público, tampoco hubo un marcado desprecio. Con el tiempo, Stravinski hizo una presentación en concierto solo con la música, sin el ballet, y esto contribuyó a la aceptación de su trabajo. Después vino la Primera Guerra Mundial, que hizo que buena parte de los eventos culturales en el viejo continente se cancelaran, pero en una nueva presentación en 1920, siempre en París, ya la acogida del público fue positiva. Desde entonces, grandes coreógrafos han retomado los movimientos burdos y demostrativos de La Consagración de la Primavera y hoy en día este ballet forma parte del repertorio de muchas grandes compañías de ballet.

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Franck Antonio Fernández Estrada

traductor, intérprete, filólogo (altus@sureste.com)