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«… la destrucción de Guatemala…»

Zoon Politikón

El escritor Alexander Solzhenitsyn dijo en 1983: “Los hombres se han olvidado de Dios; por eso es por lo que todo esto ocurrió” explicando así de manera sencilla los horrores sucedidos en la U.R.S.S.

El grito de “… Yo apoyo, BOOM…, la destrucción de Guatemala…” irrumpió en las redes sociales, la exaltación y el ánimo juvenil se dejaba manifestar (como era de esperar del espíritu novel).

El viento corría del poniente y con él un frío, más frío que de costumbre al extremo que golpeaba las coyunturas y penetraba hasta el tuétano de los huesos, afloraban todos los tormentos y torturas de una vida entera, todo en un solo instante, pues las pasiones manifiestas eran un virus infernal que invadían las células vivas del alma. Las nubes cubrían el sol con una masa gris, obstaculizando la luz y dejando paso a las tinieblas. Solidaridad, cortesía, empatía, amor.. ¿qué? Nada de eso estaba en la mente de los urbanos que se agrupaban cual hordas furiosas provenientes de todas las direcciones; en sus mentes resonaba la proposición del Gengis Kan interior “si tienes miedo, no lo hagas, si lo estás haciendo, ¡no tengas miedo!” tomando más valor y así, el calor que emana de la sangre hirviente hacia olvidar el frío que solo reside en un alexitímico. Conforme se agrupaban, cubrían más y más las empedradas callejuelas, formando un hervidero de insectos que arrasaba con todo lo que encontraba a su paso, destruyendo, quemando, manchando toda vivienda, negocio y monumento. Los inocentes se encerraban embargados del temor de sentirse indefensos y en peligro. Los comercios no tuvieron tiempo de proteger puertas mucho menos vitrinas; fueron presa del fuego, de la corriente vandálica y de la destrucción total. Reino el caos y la devastación; la perversidad y el leviatán carcajeaban a más no poder… el plan salía a la perfección.  Al amanecer todo era escombros y cenizas humeantes; todo… o casi todo estaba destruido; todos habían perdido: unos la vida, otros la honra, sus posesiones y la esperanza; pero todos, sin excepción habían perdido algo… nadie gano nada, nadie.

¿Qué había causado todo el desastre? Todos lo preguntaban, pero nadie sabía. El malestar de la resaca por la euforia del día anterior no permitía pensar en lo sucedido y menos aún ver con claridad… era un misterio.

En lo alto, muy alto de la sierra, allá en el pico más encumbrado, pero sin llegar al cielo, se encontraba un personaje críptico, que al ritmo de una tenue sonrisa se acariciaba su gris y larga barba, a la vez que halaba de los hilos del titiritero. Sus lacayos enviados al poblado habían cumplido las ordenes al pie de la letra y de esa forma su cometido se cumplía… era el dueño de todo el poder, nadie estaba arriba de él, nadie se oponía a su voluntad.  El deseo de este oscuro personaje, seguiría reinando por mucho tiempo; lo que le era muy fácil pues las circunstancia eran favorables a sus intereses.

En la comarca recién asolada vivían seres muy complejos que no lograban nunca ponerse de acuerdo pues en ellos se conjugaban todas aquellas bajas pasiones y desperfectos que no les permitían crecer como sociedad; en ellos y especialmente en sus líderes faltaba la ética ya que robaban, humillaban, discriminaban, insultaban a sus paisanos; quienes la tenían, abusaban de la autoridad o quienes la tenían que respetar la ignoraban; su único interés era el propio; se faltaban el respeto entre ellos y una total falta de compromiso no les permitía establecer acuerdo alguno; por todo mentían, desinformaban y traicionaban; arrastraban las cadenas de la avaricia y el fruto cosechado era solo dolor y tristeza.

A raíz de esa actitud y de los múltiples vicios que compartían, se habían convertido en los dominados por la – oscuridad -; habían perdido la esperanza ya que el panorama no era nada halagüeño. Desconocían que mientras más daño se hacían entre los pobladores, el peso de sus cadenas era más grande, lo que aumentaba sobre ellos el poder de su gran carcelero.

Había en ese lugar un varón, Pep y su esposa Má, era puros y no hacían mal a nadie, se dedicaban a sus labores y procuraban el bien de los demás.  Ellos también fueron afectados por los eventos, con la consecuencia de haberlo perdido todo… menos la esperanza. Estaban conscientes de la situación tan adversa que les presentaba la vida en ese momento, sin embargo, sabían también que la fidelidad y el amor de Dios eran lo que necesitaban, por lo que sentían el amparo que estaba sobre ellos a pesar de las asechanzas de los lacayos del mal.

La pareja tenía las más altas virtudes, por lo que siempre se resguardaban debajo del Árbol del Bien y del Mal, ubicado en un jardín a donde acudían aves de bello plumaje y un canto incomparable. Habitaban cerca de un pozo de aguas frescas y no se cansaban de alabar y agradecer a Dios.

 En este momento de aflicción un rayo de luz que venía del cielo, cruzó dentro de las nubes e iluminó el lugar en donde se encontraban; la voz del altísimo se dirigió a ellos y les dio la misión de transmitir el saber que atesoraban sobre la filosofía del Bien y del Mal. Esta encomienda los dirigía a renovarse para adquirir la sabiduría necesaria y con ello adquirir fuerza y voluntad.

La tarea asignada ordenaba reconstruir el poblado con las materias primas más ricas de su tierra, las que debían de tomar del mismo lugar en el que residían, ya que esto les serviría para la transformación y reconstrucción de la comunidad, debiendo empeñar toda su fortaleza y su trabajo.

Los elegidos estaban conscientes que, de seguir las instrucciones de purificarse, podrían renacer física y espiritualmente y de esa manera las cosas malas del pasado ya no volverían a repetirse en el futuro; no solo para que el porvenir fuera más promisorio, sino también para evitar que situaciones como la que habían vivido no volvieran a repetirse.

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Edgar Wellmann

Profesional de las Ciencias Militares, de la Informática, de la Administración y de las Ciencias Políticas; Analista, Asesor, Consultor y Catedrático universitario.

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