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¿Por qué Arévalo?

Edmond Mulet fue una de las opciones consideradas por el Departamento de Estado. Era de izquierda, y además se posicionaba en segundo o tercer lugar en la intención de voto en las encuestas, por lo que hacerlo escalar a fuerza de un fraude uno o dos lugares, no sería perceptible.

Pero la suya no era la izquierda lo suficientemente dura que necesitaba Todd Robinson. Su vicepresidenciable y una parte de su equipo eran radicales, pero cerca de él había también militares de línea dura y empresarios por lo que, a pesar de su carácter maleable -aspecto indispensable-, no llenaba los requisitos. Descartado entonces.

La otra opción considerada por el Deep State para ser beneficiado con un fraude, era Manuel Villacorta, el candidato de izquierda dura por antonomasia, con presencia en la intención de voto, que lo llegaba a colocar en un cuarto o quinto lugar, según quién efectuara las encuestas, un discurso agresivo y una trayectoria congruente con su discurso, pero con una personalidad fuerte, difícil de manipular, que lo descartó también, al igual que a Mulet. ¿Entonces, quién?

La opción de Bernardo Arévalo era descabellada. Se trataba de un candidato soso, con el carisma de una piedra, sin propuestas que en algún momento de la campaña llamaron la atención de nadie. Incluso la mayoría de la ciudadanía ni siquiera sabía que era diputado; así de intrascendente había sido su paso por el Congreso.

Pero su perfil era exactamente el necesario; de izquierda extrema, con un equipo de marxistas a su alrededor y, lo más importante: carente de carácter. Un tipo sumamente dócil y maleable ya en la presidencia, según las necesidades de Robinson.

Y así, se decidió que sería él el ungido.

Había que aguantar nada más el remezón de la sorpresa generalizada -el mismo Arévalo incluido-, del inexplicable remonte de un invisible octavo o noveno lugar en las encuestas, a un inverosímil segundo lugar en la primera vuelta. Difícil pero no imposible.

Había que correr el riesgo de un pulso entre los magistrados del Tribunal Supremo Electoral y la Fiscal General Consuelo Porras. Un riesgo que bien valía la pena, porque las circunstancias del balotaje ponían la mesa servida.

La competencia sería contra Sandra Torres, la más eficiente fábrica de presidentes que ha conocido la historia. Ya Guatemala contaba con dos presidentes al hilo fabricados a fuerza de su poderoso anti voto, Jimmy Morales y Alejandro Giammattei, ¿por qué no un tercero?

No sería necesario manipular el software del Tribunal Supremo Electoral como en la primera vuelta. El anti voto de doña Sandra sería suficiente. Eso, más algún capital inyectado en la campaña de Arévalo, y listo.

En su oportunidad, la Fundación Contra el Terrorismo pidió públicamente a Sandra Torres que renunciara a su candidatura para así ponerle fin al proceso viciado, sin que pudieran intervenir el Tribunal Supremo Electoral o la Corte de Constitucionalidad, pero pudo más la terquedad de doña Sandra.

Hoy, nos vemos a las puertas de una debacle similar a la que viven varios países del Cono Sur como consecuencia de haber elegido a gobernantes de pelaje ideológico similar al de Arévalo, que plantea absurdos como la creación del ministerio de la Diversidad, que estaría a cargo de Juan Luis Font, además de otros disparates.

Pero ojo: no hay que olvidar que antes mencioné el pulso entre las fuerzas del fraude y doña Consuelo, cuyo resultado podría dar un giro dramático a los acontecimientos electorales.

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