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Bernardo Arévalo: ineptitud y desacierto

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Han transcurrido por lo menos cuarenta días del usurpado ejercicio de la Presidencia de la República, del señor Bernardo Arévalo. La usurpación no le impide ejercer la presidencia con aptitud, en el supuesto de que la tiene. Empero, en esos cuarenta días ha demostrado que no la tiene, como tampoco la han tenido sus punibles antecesores.

Uno de los grandes problemas de la sociedad guatemalteca es la próspera criminalidad. Ella brinda la primera y más importante demostración de la ineptitud del señor Arévalo. No podía pretenderse que él repentinamente detuviera la criminalidad y comenzara a revertirla; pero podía pretenderse que pronto emprendiera acciones revolucionaras para esa detención y esa reversión. No las ha emprendido, por medio, por supuesto, de la fuerza civil y militar del Estado. Ha emprendido solamente acciones ordinarias, que han de ser objeto de una festiva burla de los delincuentes.

El señor Arévalo ha dicho que combatirá a las pandillas; pero con respeto a los llamados derechos humanos.  Es el caso, sin embargo, que no encuentro el más mísero indicio de que las combatirá, ni con respeto ni con irrespeto a esos derechos. Puedo presumir, con licitud, que el señor Arévalo ha invocado el respeto a esos derechos con el fin de ocultar su ineptitud para combatir, en general, la criminalidad, y en particular, las pandillas.

Entonces, por presunto respeto a los derechos humanos proseguirá el asesinato, el secuestro, la agresión, el robo y la extorsión; y los pandilleros, entre ellos los autores de los crímenes más espantosos, podrán persistir en su destructora victoria sobre el derecho a la libertad, la vida y la propiedad privada, de los ciudadanos. Entonces, por presunto respeto a los derechos humanos, miles de guatemaltecos se agregarán a las víctimas de licenciosos asesinos, acechantes secuestradores, sangrientos agresores, intrépidos ladrones y multiplicados  extorsionistas. Entonces, por presunto respeto a los derechos humanos, continuará el banquete criminal de quienes nunca debieron haber nacido, y ya nacidos, tendrían que ser extinguidos. Entonces, por presunto respeto a los derechos humanos, el señor Arévalo tiene que ser generoso consentidor de la criminalidad; y ser alabado y premiado por los poderes nacionales, extranjeros e internacionales que lo impusieron en la Presidencia de la República!

El señor Arévalo, en su informe sobre el primer mes de su gobierno, con la intención de demostrar su eficiencia en el combate a la criminalidad, declaró que, en ese mes, hubo un día en que no fue cometido ningún homicidio. ¡Entonces, por obra de la maestría del señor Arévalo en procurar seguridad pública, la criminalidad homicida desapareció súbitamente durante un día. Empero, durante los días siguientes, misteriosamente cesó el mágico poder de esa maestría presidencial; y la criminalidad, luego del gratificante reposo de un día, resurgió con renovada energía. ¿Qué aptitud para gobernar puede tener el gobernante que convierte en una hazaña, no que haya ausencia de criminalidad homicida durante todos los días, sino solamente durante un día?

El señor Arévalo ha creado un ente llamado Comisión Nacional contra la Corrupción. Debería llamarse Comisión Gubernamental pro Corrupción; pues el director de tal comisión es el mismo Señor Arévalo. Entonces él, precisamente por ser el director, no puede ser objeto de “alerta de corrupción” ni, por consiguiente, objeto de investigación y denuncia por actos de corrupción. ¿O podrá haber una “alerta” de actos corruptos cometidos por él, y la comisión lo sometería a investigación y denuncia por tales actos?

¡Y la sede de la comisión es la Casa Presidencial, es decir, la casa de quien puede ejecutar los actos más grandiosos de corrupción! Son miembros de la comisión dos ministros de Estado, quienes, precisamente por ser miembros, tampoco serán objeto de esa “alerta”, ni de investigación y denuncia. Es una comisión ridícula, que no tiene ni puede tener poder de investigación criminal y persecución penal.  Es un engendro demencial de una estulta ineptitud presidencial.

El señor Arévalo viajó a Europa, para cumplir mil misiones, una de las cuales fue promover la inversión en Guatemala. Por su misma ineptitud, el señor Arévalo cree que los empresarios pueden invertir en un país por exhortación del presidente de ese país, y no porque ese mismo país brinda una seductora oportunidad de inversión, según, por ejemplo, rentabilidad, seguridad pública, libertad económica, garantía de propiedad privada y servicios de transporte, energía y comunicación electrónica.

La ineptitud del señor Arévalo ha sido origen de absurdos desaciertos. Uno de ellos fue su intento de destituir o de obligar a renunciar a la Jefe del Ministerio Público y Fiscal General de la República, la señora Consuelo Porras. Fracasó. También fue uno de esos desaciertos su abusivo intento de celebrar una sesión con la señora Porras, para someterla a una interpelación manifiestamente ilegal sobre procesos de investigación criminal y persecución penal. Fracasó. En ambos casos, su desacierto se combinó con una rara obstinación patológica.

El viaje del señor Arévalo a Europa me parece un desacierto. Precisamente en el comienzo de su gobierno, abandonó el país; y el tiempo que pudo haber ocupado en comenzar a resolver los más grandes problemas nacionales, irresponsablemente lo ocupó en saludar a jefes de Estado y directores de burocráticas instituciones internacionales, y conversar y cenar con ellos, y convenir en lazos, cuerdas, sogas o cordeles de cooperación. ¿O es mejor que no se ocupe de los grandes problemas nacionales, para evitar que los empeore?

Aparentemente es un acierto del señor Arévalo, su decisión de que el Consejo de Desarrollo de cada departamento proponga tres candidatos a gobernador departamental; y él elige a uno de ellos. Empero, no es acierto. Había que aproximarse al propósito de que los habitantes de cada departamento elijan al gobernador. Para tal aproximación, debía permitirse que el consejo eligiera, entre los candidatos, a uno de ellos, y el presidente debía designarlo gobernador. No se transgredía la Constitución Política. El consejo sabe mejor que el presidente, quién de los candidatos sería el mejor gobernado; pero el desacertado señor Arévalo se adjudica ese saber.

Ninguna decisión, acción u obra del señor Arévalo me persuade, aunque fuera modestamente, de que ejerce, con aptitud, la Presidencia de la República; ni me persuade de que, por alguna distracción de su ineptitud, alguna de sus decisiones, acciones u obras, es acertada. Aludo a decisiones, acciones y obras sobre relevantes asuntos públicos nacionales.  

Se me objetará que cuarenta días no son suficientes para juzgar el ejercicio presidencial del señor Arévalo. Opino que el primer día puede ser suficiente. La ineptitud y el desacierto no tienen un número predilecto de días para manifestarse. Se argumentará que un mal presidente no conviene a ningún guatemalteco. Por supuesto, no conviene; pero esa inconveniencia no convierte en buen presidente a un mal presidente; y es decisión de los ciudadanos resignadamente tolerarlo, o legalmente repudiarlo.

Post scriptum. La ineptitud y el desacierto del señor Arévalo me parecen hechos. Compete a los bernardianos o a los arevalianos, y al mismo señor Arévalo, convertir esos hechos en extáticas ficciones de milagrosa aptitud y de maravilloso acierto.

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