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El mundo frente a la esclavitud infantil

Poptun

Cada 16 de abril, se conmemora el Día Internacional contra la Esclavitud Infantil, ese día recordamos no solo la valentía de un niño pakistaní, Iqbal Masih, sino también la persistencia de una lucha que, en pleno siglo XXI, no debería tener razón de ser. Iqbal, tras escapar de las cadenas de la esclavitud infantil en la industria de fabricación de alfombras en Pakistán a la que fue sometido desde los 4 años, dedicó su breve vida a la defensa de los derechos de los niños hasta su trágico asesinato a los 12 años, en Muridke, una pequeña ciudad cerca de Lahore, en Pakistán, el 16 de abril de 1995. Su historia es un faro de acción en un mundo donde las sombras de la explotación infantil se extienden largas y oscuras.

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Según el informe publicado en el Año Internacional para la Eliminación del Trabajo Infantil de las Naciones Unidas, por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), cerca de 160 millones de niños trabajan en condiciones que rozan o constituyen claramente formas de esclavitud: trabajo forzoso, condiciones degradantes, actividades peligrosas como la minería, la manipulación de químicos, o en el peor de los casos, envueltos en conflictos armados y explotación sexual. A pesar de los avances tecnológicos y el progreso social, estas cifras son un recordatorio punzante de que el progreso no es uniforme ni universal.

En un mundo cada vez más polarizado, donde ideologías enfrentadas a menudo obstruyen el camino hacia soluciones humanitarias y donde las crisis económicas y conflictos bélicos producen terrenos fértiles para la explotación de los más vulnerables, la historia de Iqbal Masih y el día que conmemora su lucha son más relevantes que nunca. No sólo nos recuerdan las atrocidades que aún persisten, sino que también nos llaman a actuar.

La historia de Iqbal Masih es un testimonio impresionante de valor y comprensión más allá de su corta edad. Este niño, que confrontó una de las injusticias más crueles del mundo sin una formación académica amplia ni recursos significativos, logró resonar en el corazón de una comunidad global. Su esfuerzo demuestra que el impacto no depende del alcance de los conocimientos previos o de la posesión de herramientas avanzadas, sino de la fuerza de voluntad y el compromiso con la justicia.

La valentía de Iqbal desafía a cada uno de nosotros a preguntarnos qué podemos hacer, con los medios que tenemos, para combatir la injusticia. Si un niño con tan limitados recursos logró sacudir las estructuras de poder y llamar a la acción global, ¿cuánto más podríamos lograr nosotros, dotados de mayores conocimientos y herramientas? Su legado es un llamado a no subestimar el poder de una sola voz, incluso si esa voz proviene del más pequeño de los defensores.

¿Qué podemos hacer desde nuestras posiciones?

Primero, la conciencia es crucial. Es imperativo educarnos y educar a otros sobre la gravedad y la prevalencia de la esclavitud infantil. Las redes sociales y los medios digitales son herramientas poderosas para diseminar información y movilizar apoyo. Sin embargo, la conciencia por sí sola no es suficiente.

En segundo lugar, podemos apoyar y promover políticas que protejan a los niños. Esto implica presionar a los Estados para que implementen y hagan cumplir leyes que prohíban el trabajo infantil. Asimismo, es fundamental apoyar a las organizaciones no gubernamentales que trabajan en el terreno, proporcionando recursos y asistencia legal a las víctimas.

En tercer lugar, el consumo responsable es clave. Preguntarse de dónde vienen los productos que compramos y bajo qué condiciones se han fabricado puede ser un paso hacia la desincentivación de la economía que se beneficia de la explotación infantil. Empresas y consumidores deben ser conscientes de su cadena de suministro y optar por productos que garantizan una fabricación ética.

Finalmente, en nuestro entorno inmediato, debemos estar alerta a las situaciones de explotación y no temer denunciar. A menudo, la explotación ocurre a plena vista, pero pasa desapercibida debido a la normalización de ciertas prácticas laborales y la desinformación sobre qué constituye realmente el trabajo infantil.

Sin lugar a dudas, la vida de Iqbal Masih fue corta, pero su legado debe inspirarnos a todos a mirar más de cerca y actuar más decididamente. No podemos permitirnos ser meros espectadores en un mundo que, efectivamente, a veces parece retroceder a tiempos que creíamos superados. La lucha contra la esclavitud infantil requiere un compromiso global y continuo. Cada 16 de abril, recordemos a Iqbal no solo con tristeza por su muerte, sino con acción renovada contra la injusticia que combatió con tanta valentía.

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Mireya Batún Betancourt

Abogada, Notaria y Licenciada en Ciencias Jurídicas y Sociales, postgrado en Criminología, especialista en ejecución penal con estudios en Doctorados de Ciencias Penales y Derecho Constitucional Internacional.

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