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Enrique Sánchez Costa

Un monstruo incomprensible

Blaise Pascal es, como Mozart, un niño prodigio. A los 12 años ya debate con los científicos de París. A los 16 escribe un Tratado de las cónicas. A los 18 inventa la primera máquina calculadora. Y, en apenas una década, inventa la jeringa y la prensa hidráulica, confirma la existencia del vacío, crea teoremas de geometría proyectiva y funda, junto a Fermat, la teoría de la probabilidad.

Los viajes satíricos de Swift

Se puede transformar la sociedad de muchas maneras. A golpe de leyes, de discursos, de cañonazos. Jonathan Swift decidió hacerlo con la sátira, es decir, con el uso literario de la ironía, la hipérbole y el humor, para ridiculizar y fustigar los vicios sociales y políticos. El género satírico contaba ya con maestros insignes: Juvenal, Erasmo, Rabelais, Quevedo. Pero fue el sacerdote anglo-irlandés Swift, “el mayor prosista en lengua inglesa” (T. S. Eliot), quien llevó el género a su cumbre máxima. Con permiso de Voltaire (amigo y admirador suyo), el otro genio satírico del siglo XVIII.

El agujero negro del siglo XX

Primo Levi fue arrastrado al agujero. Y, contra todo pronóstico, sobrevivió “para contarlo, para dar testimonio”. Su narración es necesaria, porque Auschwitz “ha sucedido, y por consiguiente, puede volver a suceder”. De hecho, había sucedido ya el genocidio armenio, y sucedería después en Camboya y en Ruanda. Levi narró su paso por el infierno en su libro más célebre: Si esto es un hombre (1947). Está escrito no con el tono inflamado del justiciero o de la víctima, sino con la prosa tersa, desnuda, impasible, desgarrada, propia del testigo veraz.

Frodo: el heroísmo de la humildad

Frodo confiesa: “No estoy hecho para misiones peligrosas. ¡Ojalá nunca hubiera visto el anillo! ¿Por qué vino a mí? ¿Por qué fui elegido?”. Y, cuando logre su misión, reconoce que “no hubiera llegado lejos sin Sam”, su jardinero y amigo fiel. El nuevo heroísmo que dibuja Tolkien no se basa en lo extraordinario, en el poder solitario y dominador, sino en la amistad y el servicio a los demás. Como afirma en la obra el hada Galadriel, “incluso la persona más pequeña puede cambiar el curso del futuro”.

Ulises, el astuto, el sufridor, regresa a casa

La Ilíada es guerra: fragor de espadas, bronce, sangre, polvo. Es el poema épico de la sociedad militar aristocrática: canta la excelencia de héroes masculinos que cumplen el código de honor arcaico, basado en el orgullo, el coraje y la fuerza. La Odisea es aventura: fluidez de aguas, viajes, ninfas, sirenas. Es el poema épico de una sociedad más comercial, más móvil, más moderna: canta la excelencia de hombres y mujeres, aristócratas y plebeyos, a través de la astucia, la resiliencia y la elocuencia.

Momentos estelares de la humanidad

La Viena de la Belle Époque fue una de las cimas de la historia de la cultura. Sus cafés, sus salones, sus teatros, su ópera, estaban electrizados de vida artística e intelectual. Allí deslumbraban la música de Gustav Mahler y Arnold Schönberg, la pintura de Gustav Klimt y Egon Schiele o el psicoanálisis de Sigmund Freud. Allí, en el regazo de la cultura burguesa de Viena, creció Stefan Zweig.

La niña que combatió el odio con su Diario

Entre la literatura del Holocausto sobresalen obras tan punzantes y bellas como las de Primo Levi, Elie Wiesel, Imre Kertész, Jorge Semprún o Paul Celan. Ninguna de ellas, sin embargo, ha alcanzado tantos lectores como el Diario de Ana Frank. Ana, una adolescente alemana de origen judío, lo escribió entre 1942 y 1944, mientras se escondía en una casa de Ámsterdam, junto a su familia, de las garras de la Gestapo. Su destino sería trágico: serán delatados en 1944 y conducidos a campos de concentración y exterminio nazis. Todos morirán allí, salvo el padre de Ana, Otto, que sobrevivirá a Auschwitz y dedicará el resto su vida a la difusión del diario de su hija.

La cólera y las lágrimas de Aquiles

Ningún poema épico ha marcado la cultura occidental tanto como la Ilíada. Fue el libro de cabecera de Alejandro Magno. Fue la Biblia de la Antigüedad. Todavía hoy se debate sobre su autoría: sobre la “cuestión homérica”. Muchas evidencias apuntan a que Homero fue un único poeta griego, que creó su epopeya hacia el 730 a.C. y que se inspiró, para ello, en un probable asedio de Troya (que habría ocurrido hacia el 1200 a. C.), así como en las leyendas y tradiciones orales que este generó.

Don Juan: seductor universal

Don Juan es mucho más que un lujurioso o un hábil seductor. Su esencia es el deseo sin cortapisas: la imposición de su voluntad sobre todos y sobre todo. Nietzsche había escrito en su Zaratustra: “Dos cosas quiere el varón auténtico: peligro y juego. Por ello quiere él a la mujer, que es el más peligroso de los juguetes”. Don Juan, machista como el pensador alemán, y como él egotista, entiende la vida como peligro y juego, y reduce las personas a juguetes de su voluntad. Por eso también, como el héroe nietzscheano, don Juan es incapaz de amar.