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El pragmatismo como justificación para no tener principios ni convicciones

Quod Pertinet

Tal y como sucede con todo lo creado y lo descubierto por el ser humano, tanto material como conceptual, independiente de las nobles y buenas intenciones que haya tenido quien descubre o quien inventa algo y lo hace de público conocimiento, el uso y el provecho que terminen haciendo algunos de esa novedad no necesariamente será adecuado, positivo, ni beneficioso. Un ejemplo de esto es la corriente filosófica denominada pragmatismo, línea filosófica esgrimida con más frecuencia por los politiqueros para justificar su cada vez más corrupto, torcido, incoherente y criminal proceder. Probaré líneas adelante que no hay nada que se contraponga más a la prevalencia de la LEY, de la VERDAD, y de la JUSTICIA en una nación, que el pragmatismo.

Ríos de tinta han sido dedicados a esta corriente filosófica, copiosa cantidad de información y de elucubraciones que para el propósito de esta columna no será necesario abordar en su totalidad. De lo que si vale la pena ocuparse es de los fundamentos básicos de esta corriente de pensamiento por cuanto ilustran mejor que nada, dos (2) de las más grandes y peligrosas características de los politiqueros que escudan en un supuesto pragmatismo el hecho de faltar a su palabra, y/o el hecho de hacerse cómplices de criminales: La ignorancia acerca de lo que hablan y repiten, y la falta de vergüenza. Cualquiera sea la razón para justificar el pragmatismo, igual quedan expuestos en su verdadera esencia estos politiqueros. Me explico. Cuando un politiquero se proclama pragmático, o bien refleja un absoluto desconocimiento de lo que realmente representa ser pragmático, o bien está haciendo una abierta y pública declaración con respecto a que siempre procederá de manera oportunista y acomodada.  

Tres (3) de los fundamentos básicos del pragmatismo abordados en esta columna, que además son secuenciales, son: Primero, el pragmatismo niega la existencia de VERDADES ABSOLUTAS y considera que todas las ideas y conceptos son provisionales y deben estar sujetos a cambios permanentes conforme se vayan dando las cosas… Como quien dice, las creencias pueden ser “verdaderas” así no estén respaldadas por prueba alguna (CONOCIMIENTO) por cuanto creerlo bastará para darle validez.

Como resultado de lo anterior, el segundo fundamento básico del pragmatismo a que me referiré es el de no creer que el significado real de las cosas (VERDAD) deba estar fundamentado en conceptos humanos (VALORES) ni en preceptos intelectuales (CONVICCIONES)… Es decir, no se reconoce que la formalidad (PRUEBAS OBJETIVAS) y la razón (por ejemplo, la BIOLOGÍA) deban ser elementos imprescindibles para estatuir el significado real de las cosas.

Por último, es de mucha conveniencia para los cada vez más criminales politiqueros de todo el planeta, que el pragmatismo considere a la repetición de las consecuencias como lo que establece el significado de las cosas, por lo que se debe redefinir la VERDAD cuantas veces sea necesario… Mejor dicho, si se dice muchas veces una mentira y esta falacia resulta finalmente siendo considerada por masas ignorantes o desinformadas como certeza, esta patraña deberá entonces ser reconocida como una VERDAD.

Si se ha aceptado entonces que un politiquero argumente ser pragmático cuando pretende justificar cambiarse de bando, cambiar de criterio, aliarse con supuestos contradictores, y abogar por impunidad para criminales, entre muchas otras incongruencias, ¿qué sentido tiene entonces que nuestras naciones sean supuestamente regidas por una Constitución Política que establece VERDADES inamovibles? Veamos algunos casos. Si tanto los Artículos 1º y 2º de la Constitución Política de Guatemala como el Artículo 2º de la Carta Magna de Colombia establecen como fines esenciales del Estado la protección de la vida de sus habitantes y la convivencia en paz, ¿acaso admiten algún tipo de interpretación estas VERDADES con respecto a los fines esenciales de nuestros Estados? ¿Cómo entender y aceptar entonces que ahora en nuestras naciones hermanas se estén sentando atroces y vergonzosos precedentes de pragmatismo para tratar de justificar las atrocidades cometidas de manera sistemática por terroristas ENEMIGOS de nuestra institucionalidad? ¿A que se debe ese esfuerzo por redefinir como verdades colectivas e históricas la inaceptable impunidad con que se ha pretendido cobijar al ENEMIGO? ¿Qué justifica la enfermiza persecución judicial ejecutada contra los uniformados de nuestras naciones que, en honorable cumplimiento de sus deberes constitucionales, enfrentaron y derrotaron al ENEMIGO?

Veamos otro ejemplo. Si tanto el Artículo 4º de la Constitución Política de Guatemala como el Artículo 13 de la Carta Magna de Colombia establecen que todos los seres humanos somos libres e iguales en dignidad, en derechos, y en oportunidades, ¿acaso admite algún tipo de excepción esta VERDAD con respecto a las prebendas, consideraciones especiales, jurisdicciones especiales y demás privilegios otorgados a unas minorías de tipo étnico, social y/o político? ¿Cómo entender y aceptar que en nuestras naciones hermanas se esté ahora discriminando a una mayoría pacífica, trabajadora, honesta, sana, y productiva que jamás ha incurrido siquiera en una contravención, para en nombre de una paz que nunca llegará, pretender favorecer con inaceptable impunidad a ese reducidísimo número de ENEMIGOS que intencionalmente comete los más atroces crímenes en supuesto nombre de una “revolución”?

El proceder del declarado ENEMIGO de nuestras naciones no es lo que indigna ni lo que ofende, ya que tanto nuestro ordenamiento jurídico como el Derecho Internacional Humanitario (DIH) han anticipado la posibilidad de ese criminal accionar (VERDAD). De aquí que nuestra institucionalidad tenga claramente establecidos unos mandatos y unos procedimientos (LEYES) para, en caso de que no pueda evitarse el accionar de estos degenerados, se les pueda enfrentar, perseguir, someter, juzgar y castigar (JUSTICIA). Lo que rompe con toda posibilidad de paz y de sana convivencia en cualquier nación es cuando aquellos que han suplicado se les confíe garantizar el imperio de la LEY, la salvaguarda de la VERDAD, y la implacable e imparcial aplicación de la JUSTICIA, por algún motivo decidan proclamarse pragmáticos y olviden a quién están sirviendo y bajo qué parámetros (VERDAD).

La responsabilidad por el grado de perversión al que ha llegado el ejercicio de la política en nuestras naciones hermanas no es del pragmatismo; La culpa es de aquellos quienes, por nunca haber tenido arraigada como regla, norma, o idea fundamental básica el respeto por la vida, poco o nada les importa honrar los compromisos adquiridos para con este preciado bien.

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Francois Cavard

Soy un comprometido promotor de las libertades y de los derechos humanos de la gente de bien, con estudios profesionales en Administración de Empresas Agropecuarias, Periodismo - Comunicación Social, y Derecho.

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