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Nadie tiene razón en política

Generación de Cristal

Existe una división cada vez mayor en el mundo respecto a las distintas visiones políticas y económicas. El crítico del capitalismo ha ganado tanta dureza que es incapaz de ver al defensor del sistema como más que un manipulado o, en el peor de los casos, un malvado. Ya es frecuente verlos afirmando que escuchar a un derechista es casi como negociar con un terrorista. «No se puede hablar con alguien que desprende tanto odio», decía un comentario que leía hace poco en respuesta a un defensor de Trump. Lo mismo he visto ser dicho sobre los defensores de Milei, Bolsonaro, el partido Vox en España, etc. Por supuesto, toda esta actitud me preocupa un poco. Sin embargo, más que la propia actitud, me asusta la respuesta que veo cada vez con más frecuencia: «es imposible discutir con los zurdos; son muy dogmáticos».

La razón inicial de mi miedo es, claro, la falta de análisis propio que denota la frase. Siento ser quien lo diga, pero tan grande es el dogmatismo de algunos trumpistas, bukelistas e incluso algunos liberales como el de los más intensos marxistas. Esta actitud fanática no es exclusiva de la izquierda; ni siquiera de la política o economía. El mismo problema se encuentra en la filosofía, sociología, arte, ética y tantas otras disciplinas. «Entonces, el problema es el dogmatismo», será acaso la respuesta inmediata, «evitémoslo y estaremos bien». 

Es un buen comienzo, sí, pero no resuelve mi miedo. La gran mayoría de personas somos capaces de reconocer que el dogmatismo es, en general, dañino. A veces somos ciegos a que estamos siendo poco razonables, pero con algo de reflexión interna y exposición a otras ideas podría bastar. En contraste, el problema que observo es un poco más evasivo y es parte de la naturaleza misma de la política y economía. Vamos paso a paso. Piense, ¿por qué siquiera está mal ser dogmático? 

Tomemos, para ser rigurosos, la definición de dogmatismo de la RAE: «Presunción de quienes quieren que su doctrina o sus aseveraciones sean tenidas por verdades inconcusas [inconcuso quiere decir incontestable, incuestionable]». Ahora, ¿sería un problema si defendiera yo como verdad incontestable que la tierra es redonda? Puede serlo, sí, en el caso en que carezca de razones válidas suficientes. Caso contrario, sería absurdo criticarme de dogmático. El problema es, por tanto, más sobre la calidad de la argumentación (y la cantidad de evidencia) que sobre la afirmación en sí misma. Claro que, entre más radical y general la afirmación, mejor evidencia y argumentación requiere. ¡Excelente!, ¿y cómo consigo esta evidencia en política?

Este es el corazón de mi temor. Es sencillo (dentro de todo) encontrar suficiente evidencia en las ciencias naturales o formales. Se prueba un teorema matemático o no, la gravedad es una curvatura en el espacio-tiempo o no, el hidrógeno tiene un solo electrón o no. Todas estas cuestiones son debatibles, pero son dentro de todo verificables o falsables. 

Las ciencias sociales no pasan siempre por la misma suerte. Existen, por supuesto, mejores y peores argumentos para defender, por ejemplo, el socialismo como el mejor sistema político y económico. No obstante, a diferencia de las disciplinas que tienen algo contra lo que contrastar, las ciencias sociales solo se tienen a sí mismas. Me refiero: si yo quiero probar que la mecánica clásica newtoniana está equivocada, solo necesito encontrar un ejemplo en el universo que no siga sus leyes. Pueden ser estas perfectamente razonables y coherentes entre sí, pero, si no se adaptan a la realidad, deben ser desechadas. Es esto lo que me permite decir hoy de forma incontestable que la mecánica clásica no es correcta en su totalidad sin ser calificado de dogmático. Ahora bien, ¿cómo podría afirmar con igual certeza que el socialismo no sirve o que la democracia es el mejor sistema político?

Esta falta natural de evidencia nos ha llevado al constante intento de encontrar la manera de convertir a la política y economía en ciencias similares a las naturales. Se extraen pocas variables y se analizan relaciones específicas (e. g. la influencia de la clase social en el voto de políticas asociadas a la izquierda). Este espíritu, evidente heredero de la modernidad, es incapaz de resolver las cuestiones que en verdad competen al ciudadano interesado en política. Resuelve, pues, problemas en exceso específicos como para resultar útiles. ¿Funciona o no funciona el socialismo? Pues quién sabe, pero ¡los estadounidenses blancos de clase baja votan un 25% más las políticas de izquierda que la media!

Cuando hablamos de ser socialistas, anarquistas o liberales, tratamos con posiciones tan abarcadoras que dependen casi por defecto de razonamientos y observaciones. Por supuesto, estos pueden ser peores o mejores, pero son dependientes solo de su estructura lógica y observaciones generales de los hombres. ¿Y cuántos podemos afirmar que poseemos una defensa sistemática de nuestras posturas políticas y económicas? Unos cuantos, sí; tantos que, no obstante, no comparten posturas en absoluto. Todos con conexiones lógicas válidas, pero que llegan a conclusiones opuestas por la falta de datos contrastables. Por supuesto, afirma cada uno que es quien está en lo correcto y son los otros quienes se equivocan. ¿Se ve ya mi temor? Si critico al socialista de dogmático por seguir sus posturas y criticar las mías sin fundamento, ¿no debería hacerme la misma crítica?

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Ian André Castillo Morales

Estudiante de Comercio y Relaciones Internacionales en la Universidad Francisco Marroquin.

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