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Nahualá: cuando la inteligencia abandona a la gente

Punto de Vista

El título de esta columna puede parecer contundente, pero refleja una realidad que merece ser explicada y analizada. Al inicio de su gobierno, Bernardo Arévalo presentó la actualización de la Política Nacional de Seguridad, la Agenda Estratégica de Seguridad y la Agenda Nacional de Riesgos y Amenazas, subrayando que la seguridad democrática debía ser el eje central de la gestión pública. Este modelo, inspirado en los Acuerdos de Paz e incluido en la ley marco del sistema nacional de seguridad, que regula toda actividad de seguridad e inteligencia del país, prioriza el bienestar de la población, la protección de los derechos humanos y la convivencia pacífica. 

La seguridad democrática no es solo un ideal político; es una estrategia que exige que el Estado actúe de manera preventiva, garantizando que la población no sea afectada ni dañada por amenazas internas o externas. En este modelo, la labor de la inteligencia estatal es fundamental: debe anticiparse a los riesgos e identificar actores y motivaciones, que permitan diseñar respuestas que protejan a la ciudadanía sin recurrir a la represión. 

Sin embargo, la crisis en Nahualá ha demostrado que la realidad supera al discurso. Cuando llegó el momento de aplicar este concepto, el Estado se quedó corto. Los acontecimientos recientes han puesto en entredicho la viabilidad de ese modelo tan defendido al principio del mandato y que hoy parece ausente. En el terreno, el Estado ha tenido que recurrir a acciones extraordinarias, alejándose del ideal de seguridad democrática y acercándose a un modelo de seguridad reactiva y de contención. 

La historia entre Nahualá y Santa Catarina Ixtahuacán está marcada por disputas territoriales y sociales que, lejos de resolverse, se han agravado con el paso de los años. Los enfrentamientos recientes no son hechos aislados, sino el resultado de una violencia cíclica que tiene su origen en la falta de acuerdos duraderos y en la presencia de intereses cruzados, donde el crimen organizado ha encontrado terreno fértil para operar. 

Ante la magnitud de la tragedia, el gobierno decretó el Estado de Prevención y desplegó fuerzas de seguridad en la zona. Sin embargo, la efectividad de estas medidas es cuestionada por la población, que percibe una respuesta reactiva y limitada. Las autoridades parecen más preocupadas por controlar la narrativa que por atender las causas profundas del conflicto y los motivos reales de los actores involucrados. 

La persistencia del conflicto revela la incapacidad del Estado para abordar las causas estructurales de la violencia: la disputa por la tierra, la falta de oportunidades y la ausencia de mecanismos efectivos de diálogo y reconciliación, pero, sobre todo, la forma en que los grupos del crimen organizado operan en la región. 

Aquí surge el tema central: el fallo de la inteligencia estatal. El sistema de inteligencia nacional es débil y poco articulado. No logra identificar con claridad a los actores detrás de la violencia ni sus motivaciones reales. La respuesta del Estado ha sido principalmente reactiva, centrada en el despliegue de fuerzas y la imposición de restricciones, pero sin una estrategia basada en inteligencia previa. Esto refuerza la percepción de que el Estado “va a ciegas” y que la población queda desprotegida ante la violencia. La seguridad democrática brilla por su ausencia. 

Uno de los factores más graves detrás del fracaso de la inteligencia estatal es la ausencia de memoria institucional. Cuando los archivos y las bases de datos son destruidos o eliminados de los sistemas oficiales, la inteligencia pierde la capacidad de construir una historia, identificar patrones y anticipar amenazas. La realidad es que, con cada nuevo gobierno, se elimina todo historial y la mitad del personal queda sin trabajo para contratar a los amigos siguientes.

Sin registros, no hay aprendizaje ni prevención posible: la inteligencia opera en el vacío, condenada a repetir errores y a reaccionar tarde ante la violencia. La seguridad democrática exige no solo respeto a los derechos humanos y transparencia, sino también una gestión rigurosa y responsable de la información. Sin historia, la inteligencia no puede proteger a la ciudadanía ni cumplir su función preventiva y el Estado queda atrapado en un ciclo de vulnerabilidad y desinformación. 

El caso de Nahualá es una advertencia clara de lo que ocurre cuando el Estado abandona los principios de la seguridad democrática y descuida la función preventiva de la inteligencia. La seguridad democrática no es solo un discurso: implica que el Estado debe anticipar amenazas, proteger a la ciudadanía y garantizar que la respuesta a la violencia no sacrifique derechos ni libertades. Cuando la inteligencia falla, la prevención desaparece y la reacción se convierte en la única estrategia. 

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Grisel Capó

Candidata al doctorado de Liderazgo Organizacional de la Universidad San Pablo de Guatemala. Licenciada en Relaciones Internacionales por la Universidad de la República Oriental del Uruguay. Magister en Relaciones Internacionales por la Universidad Rafael Landívar. Pos- Grado en Estrategia Nacional del Centro de Altos Estudios Nacionales de Uruguay y egresada del Centro de Estudios Hemisféricos de la Defensa, Estados Unidos. Diplomado en Antropología de las ciudades por la Universidad Rafael Landívar y el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social de México, entre otros cursos.

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