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De putas, proxenetas y la imposibilidad del amor en el burdel democrático

Soliloquios de José Franco

No hay amor. No lo ha habido nunca. No puede haberlo. Quien pague por amor en la esquina húmeda de la historia, o en el prostíbulo alfombrado de un parlamento, recibirá exactamente lo mismo: un simulacro, un espasmo húmedo de falsa consideración, una eyaculación precoz de promesas que mancha y se seca antes de llegar a la acera de tu vida. La diferencia esencial —la única que separa la dignidad de la infamia— es el hambre que empuja a quien vende su intimidad. Porque una cosa es dejarse la piel en un polígono para que tu hija coma caliente, y otra muy distinta es dejarse lamer los bajos del poder financiero en un yate mientras tu hija estudia en Suiza con el dinero de la comisión.

La analogía no es nueva, pero ha sido tergiversada por el puritanismo hipócrita de los biempensantes. Durante siglos llamaron «puta» a la mujer pública para insultarla. Hoy, en justicia poética y rigurosamente sociológica, deberíamos reservar el insulto para la mujer pública por excelencia: la política. Aquella que cobra por un servicio que no presta. Aquella que simula un orgasmo electoral cada cuatro años y te deja tirado en la cama de la sanidad pública, con la espalda vacía y la cartera esquilmada. Aquella que es, en esencia, una meretriz del poder: una cortesana de alto standing mantenida por los verdaderos dueños del burdel: los proxenetas corporativos.

Esta claro que los proxenetas son las celestinas del poder. 

Llamemos a las cosas por su nombre. El proxeneta no es el chulo de barrio con dientes de oro y navaja en el calcetín. Ese es un aficionado. El proxeneta contemporáneo viste traje de Brioni, gestiona fondos de inversión, preside un oligopolio energético o edita un periódico. Su labor es la misma: captar, seleccionar, vestir y colocar a las meretrices del poder en las casas de lenocinio institucionales (léase Congresos, Senados, Gobiernos y países). Les paga la campaña (la dote), les dicta el discurso (el susurro al oído del cliente), y les marca la postura legislativa que deben adoptar frente a la masa de votantes que, pobres ilusos, acuden al burdel creyendo que van a ser amados.

La gran industria de la intermediación humana no trafica con sexo: trafica con leyes. Las putas de lujo legislativo son más baratas de mantener que un ejército de lobistas, pero igual de efectivas. Se arrodillan ante el poder económico y, con una maestría digna de Geisha, promulgan exactamente lo que su chulo les exige: una reforma laboral que lubrica el despido, una amnistía fiscal que perdona la eyaculación precoz del defraudador, una puerta giratoria que es, en realidad, un canto rodado hacia la poltrona bien remunerada.

La diferencia es ontológica: la prostituta vende un pedazo de su cuerpo para alimentar a su familia; la política vende un pedazo de la soberanía popular para alimentar a la suya. La primera entrega un servicio efímero que no hipoteca el futuro de nadie; la segunda entrega leyes que hipotecan generaciones enteras. Si hubiera justicia en este mundo, las calles llevarían nombres de mujeres anónimas explotadas por el sistema, y los escaños estarían ocupados por las estatuas de sal de aquellos políticos que traicionaron a sus clientes.

Qué asco dan, con sus besos de campaña a ancianos y sus selfies con niños. Qué peste a perfume caro sobre la gangrena del alma. Prefiero la sífilis de una verdad desnuda en un cuarto de hostal a la gonorrea institucional de sus promesas incumplidas. La próxima vez que vean a un diputado o a una ministra en un plató, recuerden la imagen de una mujer tiritando en una esquina  de una calle en penumbra.  No le ha dicho a ningún ciudadano que su voto serviría para cambiar algo. Ella simplemente está ahí, sobreviviendo, mientras los verdaderos proxenetas duermen con sus conciencias untadas de petróleo y especulación.

No esperen amor de quien solo sabe facturar. No esperen lealtad de quien tiene el corazón hipotecado a un fondo buitre. La próxima vez que acudan al burdel democrático, exijan tarifa clara, preservativo ideológico y, sobre todo, no se enamoren. Porque cuando el político se corre, el único que acaba jodido es usted. Y ella, la puta de verdad, la que no tiene más capital que su cuerpo, seguirá en la calle, alimentando a su familia con lo que este sistema proxeneta le arroja como limosna después de haberla despojado de todo.

Viralicemos esta mierda de verdad. Compartan si les duele.

Al que le venga el guante que  se lo plante.

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José Luis Ortiz

Nacido en Zaragoza, España el 11 de julio de 1967. Escritor, actor, poeta y columnista internacional. Licenciado en Magisterio, Postgrado de Informática y Postgraduado en Hipnoterapia.

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