
De la Oscuridad a la Luz: Un Viaje Espiritual
Zoon Politikón
Es necesario reflexionar sobre la «llamada», es decir, la primacía de la acción de Dios en su obra de salvación. De ahí que, cada vez que comenzamos a pensar: “Es mi proyecto, entonces voy a trabajar en mi vida espiritual y voy a lograr una mejor relación con Dios”, nos estamos desviando del camino correcto. De acuerdo con la interpretación bíblica, la Gracia siempre viene primero. Él desea que colaboremos con Su Gracia. Él actúa primero. Si no es así, ipso facto, estamos en el camino equivocado.
Un excelente ejemplo de esto lo encontramos en el profeta Jeremías. Él habla sobre los exiliados de Israel, un tema importante en el Antiguo Testamento. Las tribus del norte de Israel fueron exiliadas por los asirios, y luego, un siglo y medio después, las tribus del sur fueron amenazadas por los babilonios y finalmente llevadas al exilio. Sin embargo, en lo profundo del Antiguo Testamento, está la idea de que, cierto día, los exiliados regresarán. Dios habla a través de Jeremías, diciendo: “He aquí que yo los hago volver del país del norte y los congrego desde los confines de la tierra. Entre ellos vienen el ciego y el cojo, la mujer encinta y la que acaba de dar a luz. Retorna una gran multitud”.
Sí, los exiliados regresarán, pero será por la acción de Dios. Nuevamente, la cooperación es esencial. Sin embargo, aunque Él recurre a nuestras fortalezas, Él toma la iniciativa.
En la carta a los hebreos se menciona el sacerdocio, tanto el del templo como el de Jesucristo. Allí se lee: “Nadie puede apropiarse ese honor, sino sólo aquel que es llamado por Dios, como lo fue Aarón”. Pero no es tan evidente. Al preguntar a un alumno sobre su vocación, siempre será una mala señal si responde: “Desde que era niño, siempre he deseado ser sacerdote. Determiné que esto sería lo que quería hacer”. Esa respuesta suena como si estuviera a cargo de su vida, dictando su agenda.
La respuesta correcta sobre la vocación sería: “Siento que Dios me llama a este camino”. La vocación, es un llamado. Hay alguien fuera de tu propio ego que te está llamando, y, muy a menudo, en contra de tu voluntad. Existe una resistencia inicial, como se observa a lo largo de la Biblia, desde Abraham hasta Jeremías, y de Pedro a Pablo. El llamado llega externamente, porque mientras estés a cargo, será el proyecto de tu pequeño ego, muy alejado de lo que Dios realmente desea.
Pensemos en Jesús que se mete en la barca de Pedro y le dice: “Duc in altum”, navega mar adentro. Pedro ha estado perdiendo el tiempo en lo superficial. Ese es el proyecto de su pequeño ego. No importa cuánto éxito tenga, si es un proyecto egoísta, permanece en la superficie. Jesús quiere que vayas a las profundidades. Pedro debe responder a un llamado que trasciende su ego.
Así que, en el contexto del sacerdocio, nadie lo hace por sí mismo. No pienses “esta es mi idea”, sino “He sido llamado por un poder superior”. Teniendo en mente estas dos ideas, Jeremías y la carta a los hebreos, añadamos un relato del Evangelio de Marcos. En el capítulo 10, cuando Jesús se dirige a Jerusalén, es decir, hacia la cruz, encontramos la historia del ciego Bartimeo: “Al salir Jesús de Jericó, en compañía de sus discípulos y de mucha gente, un ciego llamado Bartimeo se hallaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna”.
Jesús está en Jericó, un lugar simbólicamente asociado al pecado. Cuando los israelitas llegaron a la Tierra Prometida, conquistaron Jericó haciendo una procesión litúrgica alrededor de sus muros; sonando las trompetas, derribaron los muros. Esto simboliza el pecado conquistado por la Gracia.
Bartimeo es un hombre ciego, y los ciegos no pueden ver adónde van; están perdidos. Detengámonos un momento. Si el problema en el orden espiritual es que controlás todo a través de tu ego, la ceguera puede no ser tan negativa. Al no tener control sobre tu vida, estás dispuesto a mirar en otras direcciones. Admitir tu ceguera puede ser, en efecto, beneficioso. Bartimeo es ciego y lo reconoce, lo cual es bueno. Se sienta a la vera del camino, mendigando. ¿Está en control de su vida? A duras penas. ¿Tiene todo lo que necesita? De ningún modo. Es un ciego mendigo, como todos nosotros. En el orden espiritual, somos ciegos y mendigos.
Entonces, cuando escucha que es Jesús de Nazaret, clama: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”. En griego se dice eleison me. ¿Les suena familiar? Kyrie eleison, Christe eleison, Kyrie eleison. Al inicio de cada Misa, nos sumergimos en la circunstancia de Bartimeo, de ceguera y súplica. No venimos con la confianza despreocupada de estar en control de nuestras vidas. No tenemos nuestros ojos abiertos y no estamos seguros de tener todo lo que necesitamos. Y claro, sería conveniente que Jesús fuera un maravilloso acompañante en el proyecto de nuestro ego, pero eso no funcionará.
En cambio, todos comenzamos reconociendo que somos como Bartimeo: Kyrie eleison, Señor, ten piedad de mí, ten compasión de mí. No estoy en control. Espero que alguien más tome las riendas de mi vida. ¿Y qué sucede entonces? “Muchos lo reprendían para que se callara, pero él seguía gritando todavía más fuerte: ‘¡Hijo de David, ten compasión de mí!’”. Esto ocurre con frecuencia en nuestra sociedad, donde admiramos a quienes están en control, a los que son consumados, inteligentes, y que encuentran su propio camino. Así que, si eres un mendigo ciego, podrías decir: “No sé a dónde voy. Estoy perdido y desamparado. Soy un pecador”. Pero la sociedad dirá: “Vamos, toma el control. ¿Cuál es tu problema?”. Así, enfrentamos oposición, como Bartimeo. Sin embargo, para su gran crédito, continúa clamando: “Hijo de David, ten piedad de mí”.
Aquí llega el momento decisivo. Jesús se detiene y dice: “Llámenlo”. Recuerden a Jeremías, es el Señor quien regresará a los exiliados. ¿Recuerdan la carta a los hebreos? Nadie se convierte en sacerdote por sí mismo; es llamado a esa vida. Aquí está Bartimeo, y por ende todos nosotros, llamados por una voz superior. La palabra griega ekklesia, que significa Iglesia, proviene de ek kaleo, que significa llamar desde. Bartimeo es llamado de su vida estrecha, ciega y desamparada por un poder superior. Esto es similar a lo que Jesús le dice a Pedro: “Navega mar adentro”. Bartimeo está siendo llamado, “ek kaleado”, a la comunión con Jesús. Eso es la Iglesia: no una organización burocrática, sino una relación con aquel que nos ha llamado.
Bartimeo está siendo llamado ahora. Así que le dicen: “¡Ánimo! Levantate, porque Él te llama”. Este es el momento decisivo. ¿Decimos sí a eso o huimos en sentido contrario? Esa es la cuestión. Entonces, Bartimeo, “tiró su manto; de un salto se puso en pie y se acercó a Jesús”. Este es un momento crucial. No importa si eres la persona más rica del mundo o si lográs todos los sueños de tu ego. No eres nadie en el orden espiritual hasta que Jesús te llama.
Ahora sabés quién eres. Ahora sabés qué hacer. Ahora entiendes de qué trata tu vida. Por eso, Bartimeo, lanza su manto. Hay alusiones bautismales aquí, porque en la iglesia antigua, al ser bautizado, te quitabas las ropas de calle. Te desnudabas y te sumergías en el agua, y luego te vestían con un manto blanco. Comenzabas una nueva vida. Así que Bartimeo se quita su manto, su vida vieja, y luego se pone de pie. Este hombre, un mendigo ciego agachado junto a los muros de Jericó, no tenía dirección hasta que Jesús lo llama. Se pone de pie y se acerca a Jesús.
Finalmente, Jesús le pregunta: “¿Qué quieres que haga por ti?”. En cada bautismo, el ministro que bautiza dice: “¿Qué nombre le darán al niño?”. Y luego pregunta: “¿Qué quieren para este niño?”. Es la misma pregunta que Jesús le hace a Bartimeo: “¿Qué quieres?”. El ciego responde: “Maestro, que pueda ver”. Hay un mundo en esta respuesta. Él ha estado ciego, perdido y desamparado. Al ser llamado, kaleo, a la vida de la Iglesia, a la intimidad con Jesús, ahora desea comprender de qué trata su vida.
Jesús le dice: “Tu fe te ha salvado”, y recobró la vista. Por eso cada palabra de esta narración es importante. “Al momento recobró la vista y comenzó a seguirlo por el camino”. Comienza con un hombre agachado, desesperado, ciego y mendigando junto a los muros de Jericó. Termina con alguien que camina confiado siguiendo el camino de Jesús. Ahora sabe quién es, porque ha sido llamado, “kaleado”, y se ha rendido al poder de Dios. Así sucede con cada uno de nosotros.

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