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El Puente de la Trinidad en San Petersburgo

Editado Para La Historia

Existe una ciudad de ensueños al noroeste de Europa. Es una ciudad que fue creada por la voluntad expresa de un emperador empecinado en sacar a su país del atraso en que se encontraba. Deseaba convertir a su país en una gran potencia europea. Su sueño no reparó en gastos, dificultades e incluso en miles de víctimas sobre cuyos cadáveres está construida esta ciudad. Una vez terminada, este emperador la consideró una “Ventana a Europa” por no haber tenido nunca su país un puerto a través del cual, y por los mares, llegar al resto de las naciones europeas. Este emperador fue Pedro I de Rusia, el Grande, y la ciudad San Petersburgo, bautizada con este nombre en honor al Santo Patrón del emperador.

Oficialmente fue terminada su construcción en 1703, creció en la desmesura, en la grandilocuencia, en la extravagancia de sus emperadores y emperatrices. Conoció un extraordinario desarrollo, crecimiento, testigos fundamentales del logro alcanzado por esta nación, como lo había deseado Petro el Grande. 

A finales del siglo XIX, San Petersburgo vivía una importante expansión urbana. La ciudad estaba en auge, tanto desde el punto de vista económico como en lo político y social. La capital de los zares de Rusia se encontraba en plena época de industrialización. No es de extrañar que, en estas condiciones, el tránsito de vehículos, carruajes, trabajadores y ciudadanos en general aumentara de forma vertiginosa. Esto planteó a las autoridades de la ciudad el problema de tener que proporcionar nuevos enlaces eficientes que ayudaran a descongestionar los ya existentes.

Hasta ese momento, el principal paso fijo sobre el río Neva, que atraviesa la orgullosa ciudad, era el puente Liteyny. Pero este puente ya era evidentemente insuficiente para dar cabida a toda la circulación. Por tanto, el gobierno decidió llevar a cabo el proyecto de construcción de un nuevo puente. Un puente más amplio y más moderno, destinado a facilitar el tránsito y a embellecer el paisaje de la ciudad. Así nació el proyecto de lo que más tarde se denominaría Puente de la Trinidad.

Tras varias propuestas, en 1897 el concurso para el diseño del nuevo puente fue ganado por la empresa Batignolles, francesa, bajo la dirección de reconocidos ingenieros franceses. Esto era inusual en aquel entonces, puesto que el proyecto más importante de infraestructuras de la capital de un imperio en auge estaba siendo encargado a una empresa extranjera. Esto evidencia tanto el carácter cosmopolita de San Petersburgo como el triunfo de métodos de construcción europeos en toda la geografía rusa.

El Puente de la Trinidad tiene una longitud de 582,4 metros y consta de nueve vanos. La estructura es de acero con arcos en forma de celosía. Esto proporciona tanto fuerza como ligereza, además de dar lugar a una silueta muy elegante cuando el puente se contempla de perfil. La anchura de la plataforma es de 23,6 metros, suficiente para dar cabida tanto al tránsito de vehículos como al de peatones en espaciosas aceras.

El Puente de la Trinidad fue inaugurado en 1903, en el marco de las festividades que marcaron el 200 aniversario de San Petersburgo. La ceremonia de apertura estuvo presidida por el zar Nicolás II, en aquel entonces en el auge de su reinado, pero también en un período de crecientes tensiones sociales en el imperio.

Este nuevo paso ayudó a descongestionar el tráfico en el centro de la ciudad, fortaleció las vías de conexión entre distintas zonas de San Petersburgo y, al mismo tiempo, se convirtió en un nuevo elemento emblemático en el paisaje de la ciudad, junto a edificios como el Almirantazgo o la Fortaleza de San Pedro y San Pablo.

Durante el siglo XX, el Puente de la Trinidad vivió en primera línea algunos de los más importantes hechos de la historia de San Petersburgo, ciudad que durante su historia ha tenido 4 nombres. Primero San Petersburgo, nombre dado por su creador, posteriormente Petrogrado para luego pasar a llamarse Leningrado en 1924 en honor al fundador del régimen bolshevique, Vladímir Ilich ulianov -Lenin-. Con la caída del régimen soviético de la URSS, los ciudadanos de la ciudad, por referendo, pidieron que se volviera a llamar San Petersburgo. Ellos, enamorados (no sin razones) de su hermosa ciudad, cariñosamente la llaman Pit.

Durante el asedio de Leningrado en la Segunda Guerra Mundial (1941-1944), el Puente de la Trinidad estuvo bajo intenso fuego de artillería pero, a diferencia de otros tantos edificios, resistió en pie. Esto tiene una dimensión simbólica importante: el puente, así como toda la ciudad, venció a la adversidad, sobrevivió a aquel cruel cerco de 872 días en el que más de un millón de ciudadanos fallecieron de hambre, frío o combates. Horribles 872 días en los que los leningradenses sufrieron todo tipo de dolores.

Además, el puente es lugar de paso en muchos de los recorridos turísticos de la ciudad. Cruzar el puente proporciona una de las más espectaculares vistas de San Petersburgo: a un lado están el Almirantazgo y el Palacio de Invierno.

Al otro, la Fortaleza de Pedro y Pablo, el barrio de Petrográdskaya, barrio más tranquilo pero también lleno de edificios emblemáticos en estilo modernista.

Este lugar es también muy utilizado en festivales, desfiles y fuegos artificiales, cuando el tráfico se corta para dar paso a multitudes de ciudadanos que se reúnen en el puente para admirarlos. Así pues, el Puente de la Trinidad continúa vivo en el paisaje de San Petersburgo tanto como lo estaba en 1903 cuando el zar Nicolás II lo inauguró. El Puente de la Trinidad es mucho más que una simple estructura de acero en el paisaje de San Petersburgo. A lo largo de más de un siglo de existencia, ha pasado de ser una muestra de progreso en plena época zarista a convertirse en un elemento de identidad de la ciudad.

Franck Antonio Fernández Estrada

traductor, intérprete, filólogo ([email protected])

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