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El exilio como trinchera: el lastre de la patria y la lucidez del que se niega a olvidar

Miami, la ciudad que a menudo sirve como antesala de la nostalgia y bastión de las batallas imposibles. En una residencia de Coral Gables, donde el sol de la tarde tamiza la luz entre persianas venecianas, me recibe Ariel Montoya. No es un hombre que se esconda tras las metáforas; las habita. Periodista, escritor y político en el exilio. Su figura evoca a esos intelectuales centroeuropeos del siglo XX que convirtieron la distancia en una forma de resistencia. Reposa sobre la mesa un café y la prueba de imprenta de su más reciente poemario, Ligero Equipaje, título que suena a paradoja para quien ha cargado durante décadas con el peso de una Nicaragua que sangra, que no termina de nacer ni de morir.

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El exilio como trinchera: el lastre de la patria y la lucidez del que se niega a olvidar 3

Ex Secretario Presidencial en el Gobierno Liberal presidido por el mandatario nicaragüense Enrique Bolaños (2002-2007), fundador del partido Organización Política Accionaria (OPA) en la Diáspora, actual vocero en el Exterior del Partido Liberal Independiente (PLI-HISTÓRICO), Secretario General del (PLI-INTERNACIONAL), ex Canciller de la Academia Norteamericana de Literatura Moderna y presidente del Foro Anticomunista de Miami, Montoya es un hombre de convicciones forjadas en el desencanto. 

Frente a frente, su mirada tiene la intensidad de quien ha aprendido a negociar con sus adversarios sin dejar de ser él mismo. Promotor del diálogo político con el régimen de Daniel Ortega bajo observación internacional, su figura resulta incómoda tanto para la dictadura como para los sectores de la oposición que aún consideran una herejía sentarse a dialogar.

La entrevista transcurre entre pausas largas. No hay prisa. Porque cuando un exiliado accede a desnudar sus contradicciones, el periodista aprende que el tiempo también se mide en cicatrices.

1. Ariel, usted vive en Miami, una ciudad que es un monumento al exilio cubano, pero también un espejo de muchas de las derrotas latinoamericanas. ¿Se puede hacer política de altura desde la diáspora sin caer en el simulacro, en esa política de café que tanto daño le ha hecho a la oposición venezolana y nicaragüense? ¿O acaso la distancia es hoy la única condición para la lucidez?

Miami reúne múltiples significados. La gran resonancia de ser la “Puerta de las Américas”, por constituir  un puente extraordinario entre Estados Unidos y América Latina, es solo una de esas acepciones. También se le conoce como la “Ciudad del Sol”, la “Capital de Latinoamérica”, la “Capital del Exilio Latinoamericano”, la “Capital Financiera de América Latina”, la “Ciudad Mágica”, la “Ciudad de la Libertad del Exilio Cubano” o la “Ciudad de la Libertad para los pueblos de Cuba, Venezuela y Nicaragua”. En fin, seguirán apareciendo nuevas formas de nombrarla, aunque, desde el punto de vista histórico, hasta antes de los éxodos venezolano y nicaragüense eran los cubanos quienes gozaban de esa hegemonía.

Ahora, aun cuando estas tres naciones logren desprenderse de sus dictaduras, quedará impresa una huella no solo de esas culturas, sino de toda Hispanoamérica, pues esta ciudad, como ninguna otra en este país de países, reúne y convoca a tantos migrantes de esta región del mundo. Anteriormente Nueva York guardaba esa bitácora humana; hoy, en gran medida, ese sitial le pertenece a Miami.

En ese sentido, es la ciudad que me dio acogida en mi segundo exilio, desde 2018 hasta la fecha, de la cual guardaré recuerdos imborrables, unos gratos y otros no, pero de eso también se trata la vida. Cada migrante lleva consigo un trozo de esa experiencia urbana en esta urbe que es puerto, ciudad, cayos, noches de diluvio y fiesta, marina de viajeros que la contemplan entre delfines y aviones, centro de embarque transatlántico hacia los cinco continentes y mucho más.

Para hacer política se puede actuar desde cualquier lugar. El más desgarrador es el exilio interno, por las enormes complicaciones que implica vivir bajo la represión del régimen al que se combate. Sí, es posible hacer política desde cualquier confín de la Tierra, hablando de la política auténtica, no de esa “política” convertida en mafia por ladrones, cínicos y criminales que la utilizan para saquear el erario público, enriquecerse o encubrir resentimientos personales y familiares.

También puede hacerse sin caer en la banalidad de salón o en el turismo político, en lo que lamentablemente ha terminado gran parte de la diáspora latinoamericana. No olvidemos tampoco a los políticos de “caviar”, quienes, sin pertenecer a un exilio internacional, forman parte de esa farándula oportunista.

Las migraciones masivas producen de todo: desde personas nobles, ingenuas y trabajadoras hasta mafias organizadas, como ocurrió con la siciliana en Nueva York. Aquí ha llegado de todo, incluidos espías y agentes de los regímenes que históricamente han atacado a Estados Unidos, persiguiendo además a quienes se exiliaron para neutralizarlos, obtener información o incluso asesinarlos. Eso también ha ocurrido, lamentablemente, con la diáspora latinoamericana en Miami.

Por otra parte, no creo que la distancia sea la única fuente de lucidez. ¿Qué sería de nuestra lucha sin ese brazo poderoso de quienes permanecen dentro de sus países, enfrentando peligros enormes junto a sus familias? Ellos representan el concepto más profundo de la palabra patria. La distancia también puede convertirse en un discurso, en un método de lucha y en un puño levantado frente a la rebelión, aunque no ondeen banderas. Lo importante es mantener siempre la dignidad en alto.

2. Usted ha sido protagonista de un gesto que muchos en su entorno consideran una herejía: sentarse a dialogar con el régimen de Daniel Ortega bajo observación internacional. Hábleme de ese momento. ¿Entró a esas reuniones con la mano tendida o con el puño cerrado? ¿Se puede negociar con quien ha convertido la represión en un sistema de gobierno sin convertirse uno mismo en cómplice?

Esa pregunta es explosiva por todo lo que encierra. Trataré de responderla por partes.

Cuando un delincuente armado comete un secuestro —y vale la pena recordar que en Hispanoamérica muchos secuestradores no fueron más que mafiosos convertidos en guerrilleros comunistas, combinados además con la cultura del narcotráfico—, ¿con quién se dialoga para salvar la vida de la víctima? Evidentemente, con quienes la tienen secuestrada.

Nunca me canso de citar aquella frase de Konrad Adenauer, el gran constructor del milagro alemán de la posguerra, quien afirmó que, si era necesario dialogar “con el diablo” para contribuir al bienestar de su nación, lo haría.

En el caso de Nicaragua ha sido enorme el desconocimiento estratégico y dialéctico con el que han actuado muchos supuestos opositores. Lo mismo puede decirse de Cuba y Venezuela. Personalmente he recibido críticas de sectores que, sin ánimo de menospreciarlos, carecen de influencia política o mediática, pero que, gracias a las redes sociales —donde cualquiera puede creerse poeta, genio o estratega político—, terminan difundiendo mensajes dañinos y perversos.

La historia ha demostrado en más de una ocasión que el diálogo puede ser la prolongación del conflicto por otros medios, hasta alcanzar acuerdos que solo pueden lograrse entre las partes involucradas.

El presidente Donald Trump podrá encontrarse en medio de múltiples tormentas políticas, pero considero que ha sido el único mandatario, desde el final de la Guerra Fría, que ha intentado sanear del comunismo a nuestros pueblos. No está siendo una tarea fácil, pero confío en que se logrará.

Entonces vuelve la pregunta: ¿con quién ha negociado él? Con Kim Jong-un, con Vladimir Putin, con representantes del chavismo en Venezuela para procurar una transición pacífica y evitar revoluciones traumáticas, y también con Xi Jinping para impulsar acuerdos geopolíticos y económicos.

Del mismo modo, considero que tanto Trump como el Departamento de Estado y la auténtica oposición política nicaragüense deberán alcanzar acuerdos con Daniel Ortega para facilitar una transición política que desemboque en elecciones libres, transparentes y observadas internacionalmente, donde la voluntad popular pueda expresarse plenamente.

Negociar no significa convertirse en cómplice. Significa utilizar las herramientas del civismo, la diplomacia y la decencia para devolverle a un pueblo sus legítimas esperanzas de paz, libertad y dignidad.

3-En 2018 Nicaragua ardió. Las barricadas, los estudiantes, los fusiles del sandinismo que dejaron de ser los de la épica revolucionaria para convertirse en los de una dictadura consolidada. Usted estaba en Miami. Cuénteme qué se siente ver arder su país desde la comodidad —aparente— de la distancia. ¿No hay un momento en que la palabra “exilio” se transforma en otra cosa más oscura, quizá en “impotencia”?

Yo estaba en Nicaragua cuando estalló la insurrección espontánea y popular de 2018, conocida como la de “los tranques” o la “Primavera de Abril”. Después aparecieron los oportunistas de siempre, aquellos que intentan apropiarse de las grandes gestas.

Fui parte de ese movimiento. Apoyé a los jóvenes, participé en las marchas, concedí entrevistas a la prensa y publiqué artículos en medios nacionales e internacionales. Vi caer a jóvenes muy cerca de mí, asesinados por francotiradores enviados por el régimen, como ocurrió durante la histórica marcha del 30 de mayo, Día de las Madres en Nicaragua. Eso no es literatura ni ficción de redes sociales.

Recibí llamadas con amenazas de muerte. La primera llegó precisamente el día de mi cumpleaños, un 30 de abril. Contesté pensando que sería un familiar o algún viejo amigo. No fue así. Era una advertencia para que abandonara el país. Tras la tercera llamada, en la que ya describían con precisión mis movimientos por Managua, comprendí que debía salir. Así comenzó este segundo exilio.

En cuanto a esa llamada “épica revolucionaria”, comparto la idea de que muchos ingenuos, dentro y fuera de Nicaragua, creyeron que el triunfo del sandinismo significaría la emancipación de un pueblo. No fue así. Fidel Castro ya sabía lo que haría en Cuba desde mucho antes de llegar al poder, y muchos intuían también cuál sería el rumbo del sandinismo.

Hubo empresarios, intelectuales, profesionales y ciudadanos honestos que les dieron un voto de confianza. El desenlace es conocido: una promesa que terminó convirtiéndose en una gran decepción y que dejó al país sumido en la pobreza, el dolor y el exilio.

El exilio te marca profundamente. Cuando uno regresa a recorrer las calles donde creció, descubre que ya no son las mismas, porque quien ha cambiado también es uno mismo. Sin embargo, todo regreso sigue siendo gratificante.

Nunca he vivido un exilio dorado. Soy un migrante más, como tantos otros, buscando reconstruir su vida. Ya había conocido el exilio en Guatemala tras desertar del Servicio Militar Obligatorio en 1984, además de los desplazamientos internos que sufrí dentro de Nicaragua.

Siempre contemplaré a mi ciudad y a mi país desde la ausencia, pero también desde la convicción de que algún día volverán a ser libres.

4-Usted fundó la Organización Política Accionaria (OPA) en la Diáspora y hoy es vocero del PLI-HISTÓRICO y Secretario General del PLI-INTERNACIONAL, siendo estas fuerzas de derecha, sí, pero la derecha en Nicaragua siempre ha tenido una herida profunda: la fragmentación. ¿Qué cura es más urgente: derrocar a Ortega o recomponer una oposición que ha demostrado, durante décadas, ser su peor enemiga?

La derecha nicaragüense no siempre ha estado desunida; pero también la izquierda lo ha estado.  Antes de 1979 existía un equilibrio entre las fuerzas políticas tradicionales. La izquierda llegó al poder por varias razones: el amplio respaldo internacional que obtuvo la insurgencia procastrista, incluso de sectores de los propios Estados Unidos, y el desgaste que ya venían sufriendo los partidos tradicionales, Liberal y Conservador.

En 1990, toda la derecha logró unirse y derrotó democráticamente al sandinismo, aun en medio del humo de los fusiles y de las secuelas de la guerra de los años ochenta. Considero que ese proceso comienza nuevamente a tomar forma mediante la unidad política opositora bajo el liderazgo del liberalismo, el conservadurismo, los social cristianos, y el respaldo de los antiguos combatientes de la Resistencia Nicaragüense, históricamente conocida como “La Contra”.

La propaganda impulsada durante décadas por la órbita soviética y alimentada por Fidel Castro fue profundamente dañina para la imagen de la derecha latinoamericana y, en gran medida, consiguió sus objetivos. Pinochet sigue siendo visto como el gran ogro pero papel en la  desclasificacion  de la historia le pertenece más a Fidel Castro.

Hoy la prioridad es salir de la dictadura, pero no a cualquier precio. Contra Somoza se sumaron muchos ciudadanos bien intencionados del sector privado, intelectual y popular bajo la consigna de que “contra Somoza cualquier cosa”. Sin embargo, quienes llegaron al poder terminaron construyendo un sistema meramente destructivo para Nicaragua.

Actualmente la oposición política está avanzando hacia una unidad partidaria. En ese proceso, el Partido Liberal Independiente (PLI-HISTÓRICO), del cual recientemente logró registrarse en California el PLI INTERNACIONAL,  está desarrollando una importante iniciativa organizativa, pero también avanzando en el acercamiento con miembros del relevo generacional de la antigua Resistencia Nicaragüense.

Una vez consolidada esa unidad, considero que deberá abrirse la etapa de la transición mediante un diálogo político que desemboque en elecciones libres, transparentes y bajo observación de la comunidad internacional.

5-Permítame una pregunta incómoda, casi cruel. Usted ha sido presidente del Foro Anticomunista de Miami. Esa palabra, “anticomunista”, en pleno siglo XXI, suena para algunos a anacronismo y para otros a una bandera identitaria. ¿No cree que el enemigo hoy en Nicaragua ya no es únicamente una ideología, sino una red de poder criminal, familiar y empresarial que utiliza el discurso de izquierda para saquear al país? ¿No se le ha quedado pequeña esa etiqueta?

Ha existido una enorme manipulación del lenguaje y una estrategia deliberada del propio comunismo para modificar la percepción de la realidad. En América Latina, debido a la influencia permanente de Fidel Castro, ese sistema ha continuado generando inestabilidad, conflictos e ingobernabilidad.

No comparto la idea de que hablar del comunismo sea un anacronismo. A mi juicio, la Guerra Fría nunca concluyó plenamente y muchas de sus estructuras permanecen vivas, incluso en países como Rusia, donde todavía subsisten importantes herencias del modelo soviético estalinista leninista.

En América Latina, aun con iniciativas impulsadas desde los Estados Unidos para contener el avance de los regímenes autoritarios, el comunismo se resiste a abandonar el poder o a transformarse. Basta observar el caso de Cuba, que durante décadas ha padecido hambre, represión, falta de libertades, precariedad económica y un profundo deterioro social. Considero que el discurso oficial ha utilizado reiteradamente el embargo económico como explicación de problemas cuya raíz principal está en la ineficiencia y el autoritarismo del propio sistema.

Estos regímenes han sobrevivido también gracias a un amplio número de simpatizantes e intelectuales en universidades occidentales, partidos de izquierda, sectores de la socialdemocracia europea y corrientes del llamado marxismo cultural, así como por una información muchas veces parcial o ideologizada.

Si observamos el panorama latinoamericano, encontramos fenómenos políticos muy diversos que, desde mi perspectiva, mantienen vínculos ideológicos con esa tradición. Casos como los de Cuba, Venezuela, Bolivia y Nicaragua muestran la persistencia de modelos de concentración del poder que dificultan la alternancia democrática.

El Foro Anticomunista de Miami, junto con otras organizaciones similares, considera que la tarea no concluye con el eventual fin de estos regímenes. También será necesario desarrollar una labor educativa, cultural y cívica que permita comprender las consecuencias históricas que estos sistemas han tenido sobre millones de personas.

Existe además un fenómeno que en España y América Latina suele llamarse “lavado de cerebro”: generaciones enteras que nacieron, crecieron y murieron bajo sistemas totalitarios sin haber conocido otra realidad, llegando incluso a admirar a sus verdugos, a quienes los mantenían privados de libertad.

Mientras continúen existiendo regímenes que, en mi opinión, producen hambre, cárcel, exilio forzoso, persecución política, violaciones de los derechos humanos y vínculos con el crimen organizado, seguiré defendiendo la necesidad de que esos modelos desaparezcan y sean sustituidos por sociedades verdaderamente libres.

6-Usted es también periodista. Fundó la revista Decenio y ha sido columnista internacional. En un país donde la prensa independiente ha sido desmantelada sistemáticamente y donde el régimen ha convertido la palabra en un delito, ¿qué responsabilidad tienen los periodistas exiliados? ¿Deben limitarse a denunciar o también les corresponde mostrar las grietas por donde aún puede entrar la esperanza? ¿O ya no quedan grietas?

Sí existen grietas, y muchas. Esta pregunta se relaciona estrechamente con la anterior.

En los regímenes totalitarios únicamente sobrevive la prensa oficial, subordinada al aparato del Estado. En Nicaragua prácticamente no existe prensa independiente dentro del país, salvo aquellos espacios que se limitan a informar sobre deportes, el estado del tiempo o sucesos que no cuestionen al poder político, implacable con la censura.

Históricamente, buena parte de la prensa internacional también ha contribuido a construir la imagen de determinados líderes autoritarios, presentándolos como figuras heroicas cuando la realidad terminó demostrando lo contrario.

El periodismo debe comprender que su función esencial es informar. Mientras más independiente sea del poder político y de los intereses económicos, mayor será su aporte a la sociedad. Uno de los grandes desafíos para las nuevas generaciones de periodistas nicaragüenses será consolidar un ejercicio profesional verdaderamente libre, responsable y ajeno a cualquier forma de subordinación.

En el exilio, el periodismo ha debido reinventarse. Ha conocido el aislamiento, la precariedad y la marginación. Solo un grupo reducido de periodistas logra vivir exclusivamente de esta profesión. Muchos otros sobreviven gracias a distintos programas de apoyo internacional o desempeñando trabajos ajenos al periodismo para sostener a sus familias.

Esa también es una de las tragedias silenciosas del exilio: la de quienes continúan ejerciendo el periodismo por vocación, aun cuando las circunstancias les obligan a reconstruir su vida lejos de su país.

7-Hablemos de Ligero Equipaje, su nuevo poemario. Quienes le conocen saben que la poesía no es un pasatiempo para usted, sino una trinchera distinta. ¿Cómo se escribe poesía cuando se llevan sobre los hombros la fundación de partidos, las negociaciones políticas y las derrotas electorales? ¿Es la poesía el lugar donde, por fin, se quita el traje de político y se desnuda por completo?

El poeta no tiene conflictos con el oficio o la ocupación de cada persona. Hay poetas en todas las disciplinas de la vida humana. Hay poetas que escriben sobre el policía triste, como Manolo Cuadra.

La poesía no tiene horarios, ni fechas en el calendario, ni está sujeta a estaciones oficiales. El poeta es un cronista de la vida y de la muerte; del amor abrasador, de la desesperación y del olvido. Es el gran conciliador de las tormentas sentimentales y el domador del desdén y de la ternura. En esos territorios no penetran las estadísticas oficiales ni las urgencias de la cotidianidad.

De toda esa amalgama nacen los versos y, sin tapujos ni vergüenza, el poeta da fe y testimonio ante el mundo. El poeta es, en definitiva, el héroe del silencio.

Se puede dar clases, ejercer la medicina en un hospital, alistarse en la milicia, combatir en un frente de guerra, cultivar la tierra o servir copas en una taberna y, al mismo tiempo, escribir poesía.

Hay un dato interesante: desde hace varios años las grandes casas editoriales prácticamente dejaron de publicar poesía. ¿Qué ocurrió entonces? Surgieron miles de pequeñas editoriales, sellos independientes y múltiples plataformas digitales, entre ellas Amazon, que hoy funciona como una inmensa imprenta mundial.

La poesía también ha sabido reinventarse. Estoy convencido de que será la gran vocera —y la última cantora— del ser humano sobre la faz de la Tierra, incluso si algún día nuestra especie llegara a extinguirse.

8-Usted fue canciller de la Academia Norteamericana de Literatura Moderna. Hay algo en su biografía que revela una profunda vocación humanista, aparentemente en tensión con el pragmatismo de la política. ¿Es posible seguir creyendo en la cultura como herramienta de transformación en un país donde los poetas son perseguidos y las universidades han sido sometidas por el Estado? ¿O la cultura se ha convertido apenas en un refugio para quienes ya perdieron la fe en la política?

Mi experiencia como canciller de la Academia Norteamericana de Literatura Moderna de la Florida fue muy positiva y estuvo marcada por un intenso trabajo cultural dentro del ámbito literario de Miami.

En una ocasión viajé junto con la directiva a la Biblioteca del Congreso en Washington, para participar en un evento académico. La Academia mantiene una permanente labor de difusión de la obra de José Martí y organiza cada año actividades en su honor.

En 2019 participé en una de esas celebraciones, realizada en la hermosa Biblioteca Pública de Coral Gables, donde tuve la oportunidad de disertar sobre la relación intelectual y afectiva entre el Apóstol cubano, José Martí, y nuestro gran poeta Rubén Darío.

Dentro de la Academia existe un alto nivel de exigencia, disciplina y rigor estético, impulsado por su presidenta, Rosalía de la Soledad, así como por distinguidas personalidades de las letras, entre ellas la poeta Olga Muñoz y otros valiosos escritores.

Mi participación en la política nunca ha entrado en conflicto con mi vocación poética y cultural. Considero que ambas actividades persiguen un mismo propósito: contribuir al bienestar espiritual de las personas y al desarrollo de la sociedad.

Cuando hablo de política, me refiero a su dimensión ética y de servicio público, no a la corrupción ni a las prácticas de quienes utilizan los partidos políticos para beneficio personal.

No debemos olvidar que, en la antigüedad grecorromana, tanto el maestro como el político eran considerados servidores de la comunidad y auténticos apóstoles del bien común. Esa sigue siendo, a mi juicio, la esencia de ambas vocaciones.

9-Le voy a pedir un ejercicio de memoria doloroso. Usted nació en Nicaragua en 1964. Ha visto pasar la revolución sandinista, la derrota electoral de 1990, el retorno de Daniel Ortega al poder mediante el pacto con Arnoldo Alemán, el fraude de 2011 y la represión de 2018. ¿En qué momento dejó de creer que Nicaragua podía ser rescatada desde dentro y comprendió que su destino sería hablar desde el exilio con la autoridad moral de quien ya no tiene nada que perder?

En la vida, incluso las tormentas terminan. Estoy convencido de que esta larga pesadilla social también se acerca a su final.

Nunca he perdido la esperanza de que Nicaragua llegue a tener un Estado administrado con eficiencia, transparencia y ética; un país donde sus instituciones, sus poderes públicos, sus alcaldías, su servicio diplomático y toda la administración pública actúen con responsabilidad y decencia.

Adecentar, transparentar y modernizar la gestión pública constituye uno de los mayores desafíos de los gobiernos que sucedan al régimen sandinista, tanto durante la transición como en la etapa democrática que deberá consolidarse posteriormente.

Daniel Ortega y el Frente Sandinista recibieron, durante los primeros años de la revolución, el respaldo de buena parte de la intelectualidad, de numerosos profesionales, empresarios, artistas y escritores. Muchos aceptaron sin cuestionamientos las decisiones de la Dirección Nacional y asumieron como propia la consigna de: “Dirección Nacional, ordene”.

Se cometieron enormes errores, pero muy pocas voces se atrevieron entonces a criticarlos. No recuerdo un poema de Ernesto Cardenal dedicado a los centenares de jóvenes enviados a una guerra que no les pertenecía, ni una canción de Carlos Mejía Godoy denunciando aquel sacrificio humano. Como solemos decir los nicaragüenses, ese silencio “chorrea sangre”.

Yo fui reclutado contra mi voluntad para cumplir el Servicio Militar Patriótico. Muchos jóvenes aceptaron porque era la única manera de continuar sus estudios; otros lo hicieron convencidos por la propaganda oficial.

Después de varios intentos logré desertar y, con la ayuda de mi padre y amigos, escapé hacia Guatemala utilizando un pasaporte con identidad distinta, ahora puedo decirlo con orgullo y nostalgia: dejé mi país con un pasaporte cuyo nombre era Fausto Felipe Garzón Ruiz. Ese nombre por años me ha acompañado, ha sido, parafraseando a Borges, mi otro yo; el mismo.

También intenté emigrar a España, aunque las condiciones de la guerra y los controles del régimen hicieron imposible ese proyecto.

Aquella experiencia marcó profundamente mi identidad como migrante y, años después, volvió a repetirse con este segundo exilio.

Comprendí que la lucha por la libertad y la democracia no puede depender de improvisaciones ni de impulsos pasajeros, sino de procesos constantes, perseverantes y sostenidos en el tiempo.

Estoy convencido de que, cuando Nicaragua vuelva a ser gobernada por la paz, la libertad y la decencia, aprenderemos también a proteger esos valores para que nunca más vuelvan a perderse.

Tengo la certeza de que el regreso, la reconstrucción nacional y la reconciliación democrática forman parte de un mismo horizonte. Es una tarea que deberá realizar todo el pueblo nicaragüense, tanto quienes resistieron dentro del país como quienes continuamos luchando desde la diáspora.

Esa esperanza, que tantas veces ha sido cantada por los poetas, deberá convertirse también en una realidad construida desde la política, mediante instituciones éticas, capaces y comprometidas con devolverles a los nicaragüenses la libertad, la dignidad y los sueños.

10-Si le dijera que dentro de cinco años Nicaragua sigue bajo el régimen orteguista, pero su poesía ha llegado a los jóvenes que aún sueñan con una nueva primavera, ¿se daría por satisfecho? O, al revés, ¿prefiere seguir siendo el político incómodo, el que incomoda a la dictadura, pero también a sus propios aliados, aunque eso signifique no volver a ver su país hasta que el cuerpo le pida tierra?

No quiero ser un optimista irresponsable ni un impostor que prometa tiempos felices por simple voluntarismo. De eso ya hemos tenido demasiado desde la Conquista hasta nuestros días.

Lo que sí puedo afirmar es que Nicaragua, al igual que otros países sometidos durante décadas por regímenes de inspiración estalinista, se acerca al final de una larga etapa de sufrimiento. Ellos lo saben: el tirano, sus secuaces, sus testaferros y quienes han sostenido esa estructura de poder.

El sueño de tantos jóvenes, el llanto de las madres que perdieron a sus hijos en la guerra o durante las marchas en Managua y otras ciudades, el dolor de las esposas y familias de quienes fueron asesinados por la represión, no puede quedar sin respuesta. Ese sacrificio deberá encontrar su recompensa en una nueva etapa para Nicaragua.

Las nuevas generaciones tendrán el deber no solo de reconstruir el país, sino también de aprender a defender la democracia como un sistema imperfecto, pero indispensable para garantizar la libertad, la justicia y la posibilidad de que cada ciudadano pueda realizar sus sueños.

Nadie debería tener el derecho de arrebatarle a otro su futuro.
Confío en que llegará el momento en que Nicaragua pueda reconciliarse consigo misma y abrir un tiempo de paz, prosperidad y libertad. Ese es el compromiso que asumo tanto desde la política como desde la poesía. Si alguna de las dos logra sembrar esperanza en las nuevas generaciones, sentiré que el esfuerzo habrá valido la pena.

La entrevista concluye sin que apaguemos las grabadoras de inmediato.

Ariel Montoya da la última calada a un buen puro cosechado en su tierra y observa el horizonte de Miami, que lentamente se tiñe de naranja. No es el horizonte de Managua, pero se ha convertido en su observatorio desde el exilio.

Entonces deja por un momento la política. Me habla de su madre, de las cartas que todavía escribe a mano y de la culpa que aún siente por no haber podido asistir al funeral de un amigo asesinado durante la represión de 2018.

Por un instante desaparece el dirigente político. Queda solamente el hombre.

Cuando le pregunto por el significado del título de su poemario, Ligero Equipaje, responde con una frase que resume su trayectoria literaria y política:

«Ligero equipaje es lo que te queda cuando entiendes que quizá no vas a volver, pero decides que tu voz, al menos, no será parte del cargamento que se hunde».

Nos levantamos.

No hay abrazo de despedida, porque el exilio también enseña a medir las distancias.

Me entrega el libro con una dedicatoria escrita en esa caligrafía de periodista de otra época:

«Para que no olvides que la patria no es un lugar. Es un compromiso».

Salgo a la noche de Miami.

Enciendo la radio del automóvil. Hablan de Nicaragua como si fuera una noticia más del día. Pero yo acabo de pasar dos horas con un hombre que se niega a aceptar que su país sea solamente un titular pasajero.

Mientras conduzco, pienso que quizá el verdadero peso de su Ligero Equipaje no sea el del exilio, ni el de la política, ni siquiera el de la poesía.

Es, sobre todo, la obstinación de recordar.

José Luis Ortiz

Nacido en Zaragoza, España el 11 de julio de 1967. Escritor, actor, poeta y columnista internacional. Licenciado en Magisterio, Postgrado de Informática y Postgraduado en Hipnoterapia.

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