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Estables en identidad, no en emociones

Fectiva

Durante años se ha repetido una idea dentro del lenguaje cristiano: que muchos creyentes viven como un yoyó, subiendo y bajando, y que Dios nos llama a ser estables. El argumento suele apoyarse en la imagen bíblica de las olas del mar que van y vienen. Sin embargo, pocas veces se explica a qué tipo de estabilidad se refiere realmente la Escritura, y ahí nace una confusión peligrosa.

Con frecuencia se asume que Dios está hablando de emociones, estados de ánimo o pensamientos. Como si la fe auténtica produjera personas siempre firmes, equilibradas, imperturbables. Pero esa expectativa no solo es poco humana; también es profundamente antibíblica.

La Biblia muestra con claridad que los hombres y mujeres que caminaron con Dios no fueron emocionalmente estables, pero sí profundamente definidos. Sus emociones fluctuaron, su ánimo cayó, su fe fue sacudida… y aun así permanecieron de pie. ¿Cómo? Porque su estabilidad no estaba en lo que sentían, sino en quiénes sabían que eran.

David es quizá el ejemplo más honesto. Sus salmos no maquillan el alma: pasa de la angustia más profunda a la alabanza más elevada, del miedo a la confianza, de la desesperación al gozo. “Abatida hasta el polvo está mi alma”, escribe… y poco después declara esperanza. David no fue constante emocionalmente, pero Dios lo llamó “un hombre conforme a mi corazón”. La estabilidad que Dios vio en él no estaba en su ánimo, sino en su identidad.

Lo mismo ocurre con Elías. Profetiza sequía, es sustentado sobrenaturalmente, presencia una victoria contundente sobre los falsos profetas… y luego huye, se deprime y desea morir. Aun así, Dios no lo descarta. Lo alimenta, lo escucha y lo levanta. Porque el problema nunca fue que sintiera miedo, sino que por un momento olvidó quién era y para quién vivía.

Si Dios exigiera estabilidad emocional absoluta, la Biblia sería una contradicción constante. Y más aún: si el alma fuera estable por naturaleza, Cristo no habría tenido que morir para salvarla. Precisamente murió porque el alma humana es frágil, cambiante y vulnerable.

Entonces, ¿qué quiso decir Dios cuando habló de estabilidad?

La respuesta es más profunda —y más liberadora— de lo que solemos pensar: Dios no nos llama a ser estables en las emociones, sino en la identidad.

La Biblia no condena el alma que tiembla, sino el corazón que se divide; no reprende al que siente, sino al que no sabe a quién pertenece.

Por eso David fue sostenido a pesar de sus errores. Por eso Pedro, que negó a Jesús, terminó siendo columna de la iglesia. Por eso Jeremías lloró y escribió lamentos sin dejar de ser profeta. Por eso Job cuestionó sin perder su integridad. Ninguno fue emocionalmente plano, pero todos tuvieron claro —aun en medio del temblor— a quién pertenecían.

La parábola del hijo pródigo lo resume con claridad. El padre no corre a abrazarlo porque el hijo promete estabilidad emocional ni una conducta perfecta. Corre porque el hijo recobra su identidad: recuerda que es hijo y que tiene casa. La estabilidad no estuvo en su pasado ni en su futuro, sino en reconocerse nuevamente como quien era.

Ahí está el punto que solemos pasar por alto: Dios no nos pide que no sintamos, sino que no dejemos que lo que sentimos redefina quiénes somos.

Vivimos en una cultura que ha puesto el valor humano en lo exterior: logros, dinero, títulos, reconocimiento. Cuando eso falta, la persona se siente inferior. Cuando lo tiene, vive con miedo de perderlo. Esa lógica produce inseguridad, comparación constante y una competencia silenciosa que desgasta el alma.

Saúl es el retrato perfecto. Rey, ungido, elegido por Dios… y profundamente inseguro. Un joven que tocaba el arpa se convirtió en su amenaza. No perdió el trono primero; perdió su identidad. Y cuando alguien deja de saber quién es, inevitablemente pierde hacia dónde va.

El problema no es sentir debilidad. El verdadero peligro es vivir desconectados de la identidad. Porque cuando no sé quién soy, cualquier circunstancia me define; cualquier opinión me sacude; cualquier fracaso me aplasta; y, paradójicamente, cualquier éxito me engaña.

Incluso Jesús lloró, se indignó y se cansó. No negó sus emociones, pero tampoco permitió que gobernaran su identidad ni desviaran su misión. Las vivió sin perder el centro. Ahí hay una diferencia crucial: desahogarse no es lo mismo que desbordarse. Cuando el desahogo fortalece la fe, produce vida; cuando alimenta la queja, produce amargura.

Y aquí está la verdad que cierra el círculo:

La identidad no se pierde solo en la crisis.

Muchas veces se diluye en el éxito, en la fuerza, en la aparente estabilidad.

No se trata de estar siempre arriba, ni de aprender a sobrevivir solo cuando estamos abajo.

Se trata de no olvidar quién eres cuando estás arriba, cuando estás abajo y cuando todo parece estar en equilibrio.

Eso —y solo eso— es verdadera estabilidad.

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Harry Batún

Harry Batún es alguien agradecido con Dios por múltiples bendiciones de la vida, y apasionado por conectar la fe con lo cotidiano. Escribe desde la experiencia de quien busca aprender cada día. En su columna “Fectiva”, reflexiona sobre la vida real —con sus retos, alegrías y lecciones— mostrando cómo lo ordinario puede volverse extraordinario cuando se vive con fe y esperanza. Su lema es “La fe se activa, se vive y deja huella.”

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