La necesaria transformación militar
En términos políticos e ideológicos, el Ejército es quizás la institución más polémica, no solo de los tiempos del enfrentamiento armado contra la guerrilla, sino también de los tiempos de paz. Y quizás lo es aún más en estos tiempos. Jamás se podrá decir que todo en la vida es malo. Por lo tanto, es imposible afirmar que todo en el Ejército es malo. Sin embargo, de cara a la evolución mundial y la promoción de sociedades más democráticas, el Ejército guatemalteco ha dejado mucho qué desear.
De los tiempos de la guerra interna se le achacan operaciones militares de alto impacto social negativo. Las masacres estuvieron a la orden del día y las acciones en contra de la sociedad civil organizada serían dos de los temas que más críticas le han generado a la institución armada. Por supuesto que los guerrilleros tampoco fueron santos. A ellos también se les atribuyen abusos, incluso masacres. Pero si al Ejército se le reclaman acciones de lesa humanidad, es principalmente porque fueron en contra de un pueblo al que lejos de atacar, se debía apoyar y defender.
Los tiempos de paz llegaron, pero lamentablemente, la imagen del Ejército no tuvo cambios positivos trascendentales. Se abandonaron las acciones militares en contra de la población y desapareció la guerrilla como entidad clandestina. No obstante, militares de alto rango comenzaron a verse implicados en actos de corrupción. Un solo ejemplo es el expresidente Otto Pérez Molina, quien enfrenta al menos cuatro juicios relacionados con delitos vinculados a la corrupción.
Pero ese no sería el único caso. Los hay de militares que incluso afectaron y pusieron en peligro programas como el de previsión militar. Estos malos militares hicieron que quebrara el Banco del Ejército y, de no ser por el apoyo estatal, también ya hubiese desaparecido el Instituto de Previsión Militar. Esta institución, por cierto, manejada con telas de duda e impunidad, con acciones como el traspaso que Pérez Molina hizo a su favor de los terrenos en que está construido el Estadio del Ejército y algunos otros circunvecinos, se mantiene al día de la crítica social.
Como ya se ha dicho, no todo es malo en la institución armada. Pero si su alto mando de verdad quiere cambiar la imagen que tiene ante la población, debe trabajar arduamente en la línea de recuperar la confianza de la gente y, más allá, en ejecutar acciones contundentes que demuestren por qué debemos tener un ejército en tiempos de paz que no cobre por ejecutar acciones para el Estado, cuando todo su presupuesto sale del propio Estado.
Los guatemaltecos necesitamos un Ejército que nos haga sentir confianza de que ningún invasor nos agredirá y menos, otro Ejército como sucede precisamente en la zona de adyacencia con Belice. Este 30 de junio, cuando la entidad castrense llega a los 145 años, puede ser el mejor momento para iniciar esa transformación.



