
Ninguno de los dos está ganando
Zoon Politikón
El error de análisis más costoso del momento actual
Hay una narrativa que los dos actores más poderosos del mundo comparten con entusiasmo y por razones opuestas. China lleva meses diciéndole al mundo que EE.UU. está en declive irreversible. EE.UU. lleva meses diciéndole al mundo que China es la amenaza sistémica del siglo. Ambos tienen razón sobre el otro. Ninguno menciona sus propias grietas. Eso es exactamente el error de análisis más costoso del momento actual.
Empecemos por China, porque es el actor sobre el que más se escribe con menos rigor.
La neutralidad activa china en el conflicto de Irán es real y está bien ejecutada. Tiene tres componentes simultáneos: diplomático —imagen de potencia responsable sin costo operativo—, económico —relaciones comerciales con todas las partes sin ser incluida en sanciones de ningún bando—, y estratégico —acumulación de capital diplomático en el Sur Global como evidencia de que el orden chino es menos coercitivo que el occidental. Es una jugada elegante. Y está funcionando.
Pero la literatura que celebra el posicionamiento chino comete un error que los analistas serios no pueden permitirse: confundir una buena táctica con una posición estructuralmente sólida. China enfrenta cuatro vulnerabilidades internas que condicionan su horizonte de victoria. Deuda inmobiliaria equivalente al 25-30% del PIB con defaults en cadena que el gobierno gestiona pero no elimina. Decrecimiento poblacional desde 2022 —ninguna potencia en la historia moderna ha alcanzado la hegemonía global con una pirámide en contracción—. Dependencia exportadora: una proporción sustancial de sus exportaciones —estimada en torno al 35% según distintas metodologías de medición— tiene como destino EE.UU. y Europa, los mismos mercados que impondrían sanciones en una confrontación directa. Y la más difícil de cuantificar: la legitimidad del Partido Comunista está condicionada al crecimiento sostenido. Un partido que prometió prosperidad no puede gobernar indefinidamente con una economía estancada.
Ninguna de estas vulnerabilidades hace a China débil en términos absolutos. Pero el sistema chino proyecta estabilidad hacia afuera mientras enfrenta una presión interna creciente que limita su margen estratégico real. Todas ellas hacen que su horizonte de victoria sea más largo, más costoso y más incierto de lo que la narrativa del declive occidental sugiere.
Ahora el bisturí sobre EE.UU., porque la autocrítica es tan necesaria como la crítica al adversario.
La fatiga estratégica estadounidense no es una narrativa de sus adversarios: es una condición estructural documentable. Deuda federal superior al 120% del PIB. Déficit anual estructural cercano al 6% del PIB antes de contabilizar el costo de la guerra actual. Reserva Estratégica de Petróleo con aproximadamente 350 millones de barriles —17 días de consumo—, lejos de los 700 millones del máximo histórico. El instrumento de estabilización energética que Washington usó en crisis anteriores ya no está disponible en la misma escala.
A esto se suma la fractura política interna entre el ala MAGA aislacionista y la ala neoconservadora, que genera incertidumbre real sobre la disposición de Washington a mantener el nivel de compromiso militar durante períodos prolongados. Y el two-front dilemma: EE.UU. no puede combatir simultáneamente con la misma intensidad en Medio Oriente e Indo-Pacífico. Cada portaaviones en el Golfo es un portaaviones que no está en el Estrecho de Taiwán. China es consciente de esta aritmética.
Pero aquí está el contrapunto que la narrativa del declive estadounidense omite sistemáticamente: EE.UU. sigue siendo el único actor que produce los bienes públicos sobre los que funciona el orden internacional. Las rutas marítimas seguras. La estabilidad financiera global. El dólar como reserva. Nadie más puede proveer estos bienes a escala global. No China, que los usa pero no los financia. La implicación incómoda es que cuando el hegemon declina, los bienes públicos que producía no son automáticamente sustituidos. Se fragmentan en esferas de influencia que cuestan más a todos los actores que el orden anterior.
Dos potencias debilitadas simultáneamente no generan un nuevo orden estable. Generan un interregno.
Los precedentes históricos más cercanos sugieren que estos períodos son los más peligrosos del sistema internacional porque en ellos los actores calculan mal: sobreestiman su propia posición relativa, subestiman la del adversario, y toman decisiones que en condiciones de mayor claridad estratégica nunca habrían tomado. 1914 fue un interregno. El período 1929-1939 fue un interregno. El patrón no es determinista, pero sí es consistente: la transición hegemónica raramente ocurre de forma ordenada.
Lo que distingue al momento actual es la velocidad de transmisión. Los shocks del sistema no tardan meses en llegar a la periferia: tardan días. Y la pregunta que ninguno de los dos gigantes tiene incentivo para responder es la que los países que dependen del orden sin tener poder para sostenerlo no pueden ignorar: ¿quién gestiona el sistema internacional durante el interregno?
La respuesta honesta es que nadie lo hace de forma sistemática. Y en ese vacío, los que pagan el precio más alto no son las potencias que protagonizan el debate. Son los actores que llegaron a la crisis sin haberlo calculado.

Le invitamos a leer más del autor:
Descubre más desde El Siglo
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


