
Una hora más, en la Policía
Los expedientes del Lepra, el Cucaracha Eléctrica y el Muertobañado permanecían abiertos de par en par. Tras la insistencia de Julia habían traído una cama, perteneciente a la gente de seguridad; la habían instalado dentro de la oficina y acondicionado para Enio, quien aceptó el trato del comisario, el cual consistía en que si no trabajaba acostado, sería enviado de nuevo al hospital. El propio Wenceslao había llamado al jefe del equipo de seguridad apostado en el hospital Roosevelt para que le diera de alta al policía que permanecía en la cama en sustitución de Fabio. No le explicó que había sido cambiado “el paciente”, solamente que la policía se encargaría de él.
Antes de subir a la oficina el comisario explicó a sus dos agentes estrella que, desde ese momento, cualquier movimiento u orden que se diera solamente ellos tres lo sabrían, pues, aunque Julia era de confianza, debían estar prevenidos, pues de adentro podría estar brindando información hacia la voz amenazante.
En el pizarrón destacaban las fotos de los tres presos. A la par, apuntes con su récord delictivo, antecedentes, su comportamiento en la cárcel, todo lo relacionado con su carrera delincuencial. El comisario repasaba dato tras dato. Consideró enviar a Fabio a la cárcel, pues existía la posibilidad de entrevistar a cada uno de los doblemente condenados. Quizá era factible hasta pedirles su colaboración a cambio de protegerlos para evitar que “alguien” pudiera matarlos.
Enio revisaba en la computadora portátil varios reportajes, la base de datos de la Interpol, Inteligencia Militar, todo lo que podría brindarle alguna pista al respecto.
Julia, por su parte, ya había trabajado y tomado licor más de la cuenta. El Predilecto le había puesto rosadas sus mejillas, y sus piernas flojas. Interrumpió un momento al comisario Pérez Chanán para confesarle que se había enterado de que su novio le iba a pedir matrimonio esa misma noche, pero que ella no quería aceptar ser su esposa. Participar en el caso la alegró, porque le estaba evitando un bochorno con el hombre que hasta ese día era su novio y quien ilusamente estaba totalmente seguro de que Julia le daría el sí.
—Fabio. Es hora de que se dirija a Pavón. Ya tenemos toda la estrategia para entrevistar a los tres cuates esos. Llévese a los integrantes de su patrulla y solicite que dos más se movilicen en auto. Recuerde, Fabio, se van con usted so-la-men-te los agentes de su confianza; si tiene una pequeña duda de alguno, mejor déjelo. No explique el motivo del viaje, invéntese que va a dar un regalo de Nochebuena a algún familiar. Cualquier cosa. Nos comunicamos por estos teléfonos tarjeteros. Suerte y cuídese.
Enio tenía un semblante como si lo hubiera atropellado una locomotora. Su cara estaba reventada por la mitad. Le costaba expresarse, pero en sus ojos brillaba una ráfaga de deseo de trabajar al lado de su jefe y Fabio. Mientras revisaba archivos parecía que lo que tenía en su cara era una máscara sacada de un baile de moros y cristianos. El comisario Pérez Chanán lo volteaba a ver y se sentía muy orgulloso de su actitud. Apenas unas horas antes habían atentado contra su vida y allí estaba ayudando a resolver el caso, como si solo le hubieran tirado un papel en la cara. Wenceslao se comunicó con Wendy. Le pidió mucha tranquilidad y paciencia. En una clave, que solamente ambos manejaban, le expresó que cualquier movimiento raro que notara, saliera con todos por la pared del jardín trasero. Desde hacía algunos años, el comisario había construido un refugio subterráneo, donde podría esconderse la familia y eso incluía también a Muñeca. Nadie podría encontrarlos allí. Había reserva de comida, ropa y suficiente agua.
Un grito, no de dolor, sino de emoción, lanzó Enio para captar la atención del comisario, quien devoraba línea por línea los expedientes delictivos de los tres reos. Wenceslao se acercó a su detective, quien lo alentó para que viera para todos lados para ver si no había moros en la costa antes de escuchar lo que le iba a decir. Julia permanecía recostada sobre su escritorio. No se podía saber si lloraba o reía, lo cierto es que su cuerpo se contorsionaba cada vez que salían lágrimas de sus ojos. Los agentes a cargo de rastrear las llamadas habían salido a tomar café. Enio consideró valioso comunicarle algo que podría serle útil al comisario.
—Mire comisario. Estas líneas pertenecen a la transcripción del juicio en el que fue procesado el Cucaracha Eléctrica. Ya lo he leído varias veces, pero, como dicen nuestros políticos: hay algo que me llama poderosamente la atención, jefe. La fiscalía presentó varios testigos para que declararan en su contra. Escuche los nombres y me dice si le suenan.
—Recuérdese que no estamos para adivinanzas, Enio.
—Perdón, voy, pues: Rocael Tax García y Rolando Yaat Véliz… Seguramente no le dicen nada, ¿verdad? Pero mire lo que pasó con ellos. Fueron encontrados muertos seis meses después del juicio. El informe policíaco de la jurisdicción de Cobán, Alta Verapaz, indica que desconocidos les robaron el automóvil en el que viajaban. Tras oponer resistencia, los atacantes abrieron fuego contra ellos. Sin embargo, no conforme con ello, me metí a la página de la morgue con la clave del doctor Sierra, nuestro buen amigo y director de esa dependencia. Oh, sorpresa, los resultados de las autopsias, que parece nadie les dio importancia alguna, indican que además de los proyectiles que les causaron la muerte sufrieron tortura, amputación de sus testículos y quemaduras por todo su cuerpo. Claro, además, presentaban nueve impactos de bala con el respectivo tiro de gracia. Pero eso no es todo, comisario. Este par de muñecos eran soldados del ejército. Estaban de baja. Pero se dedicaron a prestar sus servicios como guardaespaldas, especialmente para varios funcionarios. Seguramente, profundizar en cómo terminaron allí no le interesaba a casi ninguno, menos a las instituciones a las que pertenecieron. Una de las personas a las que prestaron servicio de seguridad es nada menos y nada más que Ismael Ramírez Beltranena, conocido entre nosotros como el Gordo, es decir, el propio ministro de gobernación y seguridad. Por la forma en que fueron asesinados, pareciera ser que la gente del propio Cucaracha Eléctrica les dio gas, comisario, como parte de una venganza por haber declarado en su contra. Esto es lo más cercano a alguien dentro de la institución, pero, claro, estamos hablando de un súper superior, un pez gordo, valga la redundancia. ¿Qué le parece si repasamos el resumen del expediente completo del Cucaracha Eléctrica que preparó Fabio antes de irse a Pavón, comisario?
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