
La Deuda Silenciosa del Estado: Cómo la Politiquería Desangró al IPM y Amenaza a Nuestros Héroes Jubilados (Parte 2)
La Otra Cara
La Profundización del Abandono – Del Colapso Actuarial a la Desinformación Política
Lamentablemente, el calvario financiero del Instituto de Previsión Militar (IPM) no se detuvo ahí. Con el gobierno de Óscar Berger y el regreso del vicepresidente Eduardo Stein en 2004, se asestó la estocada final. Stein impulsó una segunda y contundente desmovilización que redujo otro 33% de los efectivos militares. Esto significó que, desde 1996, el Ejército había sufrido una reducción acumulada del asombroso 66% de su personal. El impacto en el IPM fue catastrófico, condenando su modelo previsional: la relación cotizante/jubilado, que en 1994 era de un saludable 6:1 (seis militares activos por cada jubilado), se desplomó a un insostenible 1:1. Esto implica que un solo militar activo debía, teóricamente, sostener la pensión de un jubilado, una quimera financiera imposible de mantener. Los análisis actuariales revelaron que, esta crisis inducida por el Estado, le generó a la finanzas del IPM un impacto no menor a Q3,000 millones. Sin embargo, en los siguientes 15 años, solo llegaron Q900 millones. Esta abismal diferencia de Q2, 100 millones es la verdadera magnitud de la deuda silenciosa del Estado, que explica el agujero negro que hoy amenaza la dignidad de nuestros Veteranos Militares jubilados.
Como consecuencia directa de esta descapitalización forzada, hacia 2010, el IPM se vio abocado al agotamiento progresivo de sus reservas. Ante la severa escasez de ingresos nuevos y la persistente negativa estatal a compensar sus propias decisiones desmovilizadoras, la Junta Directiva del IPM se vio obligada a tomar una de las decisiones más dolorosas para cualquier institución financiera: comenzar a usar sus reservas. Estos fondos, que debían garantizar la estabilidad a largo plazo del Instituto y servir como un colchón para contingencias futuras, se utilizaron, por pura necesidad, para seguir cumpliendo con la obligación sagrada de pagar las pensiones mensuales a los jubilados. No fue un acto de «mala gestión»; fue una medida desesperada y responsable, un intento heroico de evitar un colapso inmediato, sacrificando la estabilidad futura en aras de la dignidad presente de miles de familias. El fondo técnico del Instituto, su espina dorsal financiera, inició su erosión inexorable, poniendo en evidencia la precariedad impuesta.
La indiferencia política continuó de manera implacable, manifestándose en los aportes estatales incumplidos y el retardo legislativo crónico entre 1992 y 2018. Durante este período, la inacción estatal se tradujo en una acumulación adicional de Q480 millones de incumplimiento en concepto de aportes ordinarios que simplemente no llegaron. Este período es particularmente revelador de las agendas políticas: es un hecho verificable que ninguna bancada respaldó los proyectos de ley que buscaban inyectar capital al IPM. Esta postura no fue accidental; evidenció una agenda persistente de desfinanciamiento y desmantelamiento, dejando a los jubilados en un limbo de incertidumbre y desesperación.
Un pequeño respiro llegó en 2023, con un aporte extraordinario del gobierno de Alejandro Giammattei. Aunque tardío, fue un reconocimiento de la deuda, al otorgar Q100 millones al IPM. Sin embargo, esta medida fue recibida con una ofensiva política burda y descarada. Actores vinculados a los mismos sectores ideológicos que habían propiciado el desfinanciamiento histórico presentaron denuncias ante la Contraloría General de Cuentas por Q159.7 millones, intentando empañar este paso hacia la recuperación. Estas denuncias, cuyo objetivo era desacreditar la gestión actual del IPM y sembrar dudas sobre un acto de justicia financiera, fueron posteriormente desestimadas por el Ministerio Público, confirmando su falta de fundamento y su naturaleza malintencionada.
Frente a esta avalancha de desinformación, es clara la obligación de desmontar las falacias que buscan confundir a la ciudadanía. La reducción de tropa fue una política de Estado impuesta por decreto, sobre la cual la Junta Directiva carecía de poder legal para vetar. No hubo inacción; se elevaron múltiples oficios y requerimientos administrativos formales a los ministerios de Finanzas y Defensa desde el año 2000, exigiendo los aportes extraordinarios. El problema no fue la falta de reclamo, sino la dependencia de una partida presupuestaria que el Congreso, por razones políticas, se negaba a aprobar. Una demanda judicial contra el Estado, aunque era una opción legal, habría paralizado el proceso por un promedio de 8 a 12 años, sin garantía de liquidez inmediata para pagar las pensiones mensuales. La Iniciativa 6564 es hoy el instrumento legal y político adecuado para obligar al Estado a saldar su deuda histórica. Culpar a quienes carecían de facultad para revertir un decreto solo divide; la estrategia eficaz es respaldar la ley que repara esa omisión histórica.
Otra falacia persistente es la afirmación de que «el IPM hizo malas inversiones y perdió millones.» Esta es una verdad a medias que se convierte en una mentira completa. La pérdida por inversiones, aunque real, es marginal en el gran esquema del problema, representando menos del 6% del déficit actual. En contraste, el 70% del déficit proviene directamente de las decisiones estatales no compensadas, como las desmovilizaciones sin respaldo financiero. Es un intento burdo y malintencionado de desviar la atención del verdadero elefante en la habitación. El IPM, en su momento, buscó alternativas para generar rendimientos y aumentar su capital, como la creación del Banco del Ejército y otras inversiones. Sin embargo, estos esfuerzos fueron insignificantes frente a la magnitud del desfinanciamiento provocado por la drástica reducción de cotizantes impuesta por el Estado. Las reservas fueron administradas con la máxima responsabilidad, utilizándose para garantizar el pago puntual de pensiones ante la brutal caída de ingresos; no hubo omisión, sino una necesidad impuesta por la imposibilidad estructural de sostener el sistema bajo las condiciones generadas externamente. Por último, la acusación de que «el IPM no informó con transparencia» es otra falacia diseñada para sembrar desconfianza. El IPM ha comparecido ante el Congreso en múltiples ocasiones, explicando con detalle y argumentos técnicos las causas estructurales de su crisis. La busqueda de la verdad, se debe fundametnar con documentos y datos, no el protagonismo político o la especulación.

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