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Cuando los pueblos pagan el precio

Fectiva

En esta crisis que sacude a Venezuela —y al mundo— hay una verdad incómoda que debe decirse con valentía: quienes han pagado el precio real son el pueblo venezolano y los presos políticos. No los gobiernos. No las potencias. No los organismos internacionales que hoy levantan la voz con alarma. Son las personas comunes las que han cargado durante años con el hambre, el exilio, el miedo, la represión y el silencio.

Hoy el mundo grita “violación de soberanía” por la intervención de Estados Unidos. La ONU convoca reuniones urgentes. Europa expresa preocupación. Voces internacionales se alzan con rapidez. Pero esta reacción deja al descubierto una pregunta que resuena con fuerza: ¿dónde estuvo esa indignación cuando Venezuela fue saqueada, infiltrada y utilizada por Rusia, China, Cuba, Irán y el propio régimen chavista?

Porque Venezuela no fue víctima de un solo poder. Fue utilizada por muchos, y defendida por ninguno. China ató al país con deudas impagables para asegurarse petróleo y control financiero. Rusia lo convirtió en una pieza geopolítica contra Occidente. Cuba sobrevivió gracias al petróleo venezolano mientras asesoraba mecanismos de control interno. Irán encontró una vía para evadir sanciones y expandir su influencia. Y el chavismo permitió esta entrega a cambio de mantenerse en el poder.

La ONU no es un árbitro moral; es un reflejo del equilibrio de poder. Elaboró informes sobre violaciones de derechos humanos, pero no activó los mecanismos que sí ha utilizado en otras crisis. Denunció ejecuciones extrajudiciales, torturas, colapso humanitario y la existencia de cientos de presos políticos. Pero no frenó a Maduro. No protegió al pueblo. En ese sistema, la injusticia solo se combate cuando no incomoda a los poderosos. Eso no es justicia internacional; es diplomacia funcional.

Desde la Guerra Fría, Venezuela ha sido terreno de competencias geopolíticas. El chavismo consolidó esta dinámica entregando el poder a actores como Rusia, China, Cuba e Irán, vendiendo trozo a trozo la soberanía venezolana que hoy ese mismo régimen, con absoluto cinismo, grita que ha sido violada.

Por eso resulta casi grotesco escuchar hoy a muchos defender la “soberanía venezolana”, como si no hubiera sido quebrantada durante años por quienes se repartieron la riqueza, las instituciones y la libertad de un país entero. La soberanía no se perdió de repente; fue negociada durante décadas.

Y aquí hay que decirlo sin rodeos: Nicolás Maduro no es víctima de nada. Es responsable del secuestro de una nación, de ciudadanos asesinados, de opositores encarcelados, de periodistas perseguidos y de militares torturados. Es responsable de haber entregado la soberanía que ahora invoca. Su narrativa de inocencia es una afrenta a quienes han vivido realmente secuestrados dentro de su propio país.

Sí, Estados Unidos también actuó por interés: petróleo, geopolítica y contención de China y Rusia. La diferencia no es moral. La diferencia es quién puede hacerlo sin sanciones, sin condenas y sin escrutinio real. 

¿Por qué surge ahora una indignación masiva que ignora un hecho evidente? Porque Venezuela ya llevaba años intervenida: no solo militarmente, sino financieramente, ideológicamente y tecnológicamente. El Estado venezolano fue desmantelado por una constelación de intereses que utilizaron al país como plataforma mientras el pueblo era empujado a sobrevivir.

Si hoy el mundo reacciona, no es porque el sufrimiento venezolano haya aumentado. Ese sufrimiento ha sido constante, profundo y documentado durante años. La reacción existe porque alguien movió una pieza sin pedir permiso, porque el tablero se desacomodó y porque el orden que beneficiaba a muchos se sintió amenazado.

Esta historia no tiene héroes. Tiene víctimas, y múltiples responsables. Un mundo que finge sorpresa cuando alguien mueve la mesa donde antes todos se servían. Y un pueblo que resiste mientras sigue esperando: libertad real, justicia sin comunicados, y que los presos políticos dejen de ser un anexo negociable para convertirse en el centro moral de cualquier solución.

Venezuela merece algo más que ser campo de batalla para intereses ajenos. Merece memoria, justicia y dignidad. Y el mundo debe admitir una verdad incómoda: los derechos humanos no pueden defenderse solo cuando coinciden con intereses, porque cuando se negocian, dejan de ser derechos y se convierten en moneda política.

A veces el mundo avanza por la fuerza y no por la sabiduría, dejando pueblos heridos a su paso. Pero la esperanza no nace del poder ni de los imperios, sino de personas que, sostenidas por la fe, deciden no rendirse. Cuando las estructuras fallan, Dios sigue siendo guía y refugio. Venezuela sigue de pie: herida, traicionada, pero digna. 

Y a la dignidad de un pueblo, ningún imperio ha podido derrotarla jamás.

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Harry Batún

Harry Batún es alguien agradecido con Dios por múltiples bendiciones de la vida, y apasionado por conectar la fe con lo cotidiano. Escribe desde la experiencia de quien busca aprender cada día. En su columna “Fectiva”, reflexiona sobre la vida real —con sus retos, alegrías y lecciones— mostrando cómo lo ordinario puede volverse extraordinario cuando se vive con fe y esperanza. Su lema es “La fe se activa, se vive y deja huella.”

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