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Venezuela después de Maduro: entre la reconstrucción del Estado y el riesgo del vacío de poder 

Una Guatemala Diferente Es Posible

La salida de Nicolas Maduro del poder el 3 de enero de 2026, marca uno de los puntos de quiebre mas relevantes en la historia reciente de America Latina, tras más de dos décadas de chavismo, primero bajo Hugo Chavez y luego con Maduro, Venezuela quedó sumida en una devastación económica, institucional y social sin precedentes en tiempos de paz; el colapso de los servicios públicos, la contracción prolongada de la economía, la emigración forzada de cerca de ocho millones de personas y la pérdida casi total de legitimidad democrática, configuraron un Estado fallido sostenido por la coerción, la corrupción y las alianzas criminales.

El fin del madurismo, sin embargo, no fue el resultado de una transición política interna ordenada, sino de una intervención militar directa de los Estados Unidos, que culminó con la captura y extracción de Maduro en Caracas durante la operación secreta denominada “Resolución Absoluta”, en la que el Jefe de Estado venezolano fue detenido por fuerzas extranjeras y trasladado a territorio estadounidense para enfrentar cargos federales por narcoterrorismo y crimen organizado. 

Para millones de venezolanos agotados por la pobreza y la represión, la caída de Maduro significó el cierre de un ciclo histórico iniciado en 1999, sin embargo, la forma en que ocurrió obliga a una reflexión mas profunda y menos emocional, la historia demuestra que la caída abrupta de un régimen autoritario no garantiza, por si sola, la construcción de una democracia estable, Venezuela parte de cero, hereda un Estado profundamente penetrado por redes de corrupción, estructuras criminales y actores armados con poder real.

Maduro había perdido, sin duda, el respaldo popular, la elección presidencial 2024, ganada de manera contundente por la oposición y respaldada por más del 80% de las actas verificadas digitalmente, dejó al régimen sin legitimidad democrática, la negativa a reconocer el resultado confirmó que el poder ya no se sostenía en el voto, sino exclusivamente en la fuerza.

A ello se suma un colapso económico extremo, salarios oficiales equivalentes a poco más de un dólar mensual, inflación desbordada y un costo de vida completamente desconectado de los ingresos reales, en ese contexto, no resulta sorprendente que una parte significativa de la población estuviera dispuesta a respaldar casi cualquier vía que prometiera un cambio rápido, incluso una intervención extranjera; la desesperación social reduce el margen para el cálculo político de largo plazo.

Pero el chavismo no fue únicamente un proyecto autoritario; fue también un proyecto criminal, durante años, el Estado venezolano se transformó en una plataforma para actividades ilícitas a gran escala, narcotráfico, minería ilegal, contrabando, lavado de dinero y financiamiento de redes políticas y criminales dentro y fuera de América Latina; según acusaciones formales del Departamento de Justicia de Estados Unidos, Maduro formó parte durante más de dos décadas de una estructura conocida como el Cartel de los Soles, en alianza con grupos narcoterroristas colombianos, facilitando el envió de cocaína hacia Estados Unidos y otros mercados mediante rutas que atravesaban Centroamérica, incluyendo Guatemala.

El régimen chavista no solo exportó drogas, exportó criminalidad organizada, el caso mas emblemático es el Tren de Aragua, una organización criminal surgida en Venezuela, tolerada y utilizada por el poder político, que luego se expandió por la región y hoy opera en múltiples países como una estructura transnacional altamente violenta.

La captura de Maduro abre un debate incómodo pero necesario, el respeto al Derecho Internacional y a la soberanía de los Estados es un principio fundamental del orden global; sin embargo, ese principio se vuelve moral y jurídicamente frágil cuando un Jefe de Estado participa directamente en actividades de crimen organizado transnacional, particularmente en el narcotráfico, que no solo corrompe gobiernos, sino que mata personas en las calles de decenas de países, en este punto es vital reflexionar sobre la prevalencia del bien común de los pueblos sobre el interés particular de un narco dictador.

El problema no es solo Venezuela; el narcotráfico constituye una amenaza directa a la seguridad regional, y cuando un Estado se convierte en su facilitador deja de ser un actor soberano pleno para transformarse en parte del problema; en ese contexto, la actuación unilateral de Estados Unidos responde a la imposibilidad real de que Maduro enfrentara la justicia en su país por la vía institucional, además, el control del petróleo venezolano resulta clave; ya que, durante años, fue la principal fuente de financiamiento de actividades criminales y de injerencia política internacional, con la que el régimen de Maduro buscaba obtener beneficios y beneplácito internacional  en detrimento directo del pueblo venezolano.

Para Guatemala y Centroamérica, el caso venezolano no es lejano, las acusaciones contra Maduro mencionan rutas de narcotráfico que atravesaron la región durante años, operando mediante redes de corrupción política y protección institucional, esto expone una realidad incómoda; los tentáculos del chavismo y del crimen organizado alcanzaron a funcionarios, expresidentes, presidentes, así como a diferentes actores políticos en distintos países.

Por ello, resulta legitimo plantear que la lucha en contra del narcotráfico no puede ser selectiva ni instrumental; si existen pruebas contra actores políticos de la región que participaron o se beneficiaron de estas estructuras, deben ser investigados, procesados y de ser necesario extraditados, de lo contrario, la justicia se convierte en una herramienta de presión geopolítica y no en una política real de seguridad.

Venezuela no entra automáticamente en una etapa democrática con el fin del madurismo, lo que comienza es una fase más compleja; la reconstrucción de un Estado deliberadamente degradado. En el corto plazo, el país enfrentará una transición frágil, marcada por tensiones internas, presiones externas y disputas por el control de recursos estratégicos; el riesgo no es solo el caos, sino una estabilidad artificial basada en acuerdos opacos que preserven las estructuras de corrupción con otro rostro.

La responsabilidad de quienes hoy gobiernan es histórica; gobernar no significa administrar la emergencia ni negociar impunidades, sino restablecer la autoridad del Estado, desmontar las redes criminales incrustadas en las instituciones y reconstruir un sistema judicial y de seguridad creíble; la oposición, aunque legitimada por la victoria electoral de 2024, debe evitar dilapidar ese capital político en luchas internas o subordinadas externas.

Venezuela tiene ante si la oportunidad excepcional, de romper definitivamente con el modelo de narcoestado; el verdadero punto de quiebre no fue la caída de Maduro, sino será la capacidad o incapacidad de sus nuevos liderazgos para reconstruir un Estado que vuelva a servir a su pueblo y no al crimen organizado.

AL RESCATE DE GUATEMALA.

GUATEMALA NECESITA DE SUS MEJORES HOMBRES Y MUJERES.

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