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La Reingeniería Silenciosa del Poder Judicial 7

Zoon Politikón

EL ESCENARIO MÁS PROBABLE TIENE NOMBRE Y TODAVÍA SE PUEDE EVITAR

Entre el treinta y el cuarenta y cinco por ciento de probabilidad. Esa es, con los datos disponibles hoy, la estimación más razonable de que Guatemala termine en 2037 con un sistema judicial gobernado por una élite técnica permanente, sin mecanismos efectivos de control externo. No es una certeza. Es, sin embargo, el escenario más probable de los que esta serie pudo construir con evidencia verificable.

Conviene precisar de entrada qué tipo de número es este. No son probabilidades estadísticas derivadas de un modelo formal. Son estimaciones analíticas construidas a partir de los incentivos institucionales descritos en esta serie, los antecedentes comparados de Colombia, España y Alemania, y la información pública disponible sobre la propuesta guatemalteca. Sirven para ordenar escenarios de mayor a menor probabilidad relativa, no para simular matemáticamente el futuro. Quien busque un modelo econométrico detrás de estos rangos no lo va a encontrar, porque no es esa la herramienta que esta serie utiliza ni la que pretende ofrecer.

Llamemos a ese escenario, sin eufemismos, oligarquía judicial tecnocrática. El centro de gravedad del Poder Judicial se desplaza de la presidencia de la Corte Suprema y del Congreso hacia la secretaría ejecutiva del nuevo órgano permanente y hacia quien dirija la escuela de formación judicial. Las disputas de poder, antes públicas y ruidosas en el pleno legislativo, se libran ahora de forma opaca en comités técnicos que redactan baremos de evaluación, fuera del alcance de la prensa y de cualquier oposición parlamentaria. El sistema desarrolla, con el tiempo, un sesgo ideológico relativamente uniforme y una inmunidad creciente frente a cualquier fiscalización externa.

Existe un escenario peor, con una probabilidad estimada entre el veinte y el treinta y cinco por ciento, que merece nombrarse sin rodeos: que las mismas redes que hoy capturan comisiones de postulación se adapten al nuevo diseño, concentrando recursos en controlar la mayoría simple del órgano permanente en lugar de corromper a decenas de comisionados dispersos. El resultado sería un sistema de justicia con control centralizado y de largo plazo sobre la remoción de jueces honestos, operando bajo apariencia formal de legalidad e independencia técnica. No es ciencia ficción. Es, en distintos grados, lo que ya ocurrió en Colombia y en Ecuador.

Hay un tercer escenario, con probabilidad estimada entre el quince y el veinticinco por ciento, que tampoco debe descartarse: que el proceso simplemente fracase, como ocurrió con la consulta popular de 1999 y como ocurrió con la propia Iniciativa 5179 entre 2016 y 2017. Cinco mil firmas no se reúnen, el Congreso no le da trámite sustantivo, o la consulta de 2027 la rechaza en las urnas. El sistema actual, capturado y disfuncional, se mantiene exactamente como está. Ese tampoco es un buen resultado: simplemente posterga el problema hasta el siguiente ciclo de frustración ciudadana, que con certeza llegará.

Queda un cuarto escenario, el menos probable de los cuatro con apenas entre diez y veinte por ciento, pero el único que de verdad resuelve el problema sin crear uno nuevo: que el Congreso, antes de aprobar la reforma, introduzca un rediseño de contrapesos concreto. Esto exige tres condiciones verificables, no declaraciones de buena voluntad. Primero, un umbral de ratificación legislativa por mayoría calificada de dos tercios para los nombramientos del nuevo órgano, de modo que el último eslabón de legitimidad democrática indirecta no desaparezca del todo. Segundo, separación expresa entre el órgano que administra la carrera judicial y el órgano que aplica la disciplina, para que jueces y magistrados no terminen siendo evaluados por sus propios pares sin control externo. Tercero, un proceso público y auditable para diseñar los baremos de idoneidad, de modo que nadie pueda controlar, en silencio, la composición futura de las cortes durante las próximas décadas.

Conviene ser preciso sobre el origen de esta cuarta salida, porque la honestidad intelectual lo exige: no es una conclusión que se desprenda automáticamente del diagnóstico de captura que el sistema actual produce. Es un diseño alternativo, inspirado en el modelo clásico de pesos y contrapesos —nominación pública por el Ejecutivo, ratificación calificada por el Congreso, audiencias de confirmación abiertas al escrutinio ciudadano— que merece presentarse como propuesta en debate, no como verdad revelada. Su mayor debilidad es política: la experiencia guatemalteca de diez intentos fallidos de reforma constitucional desde 1997 sugiere que cualquier diseño que preserve un rol del Congreso puede leerse como continuación del problema, no como su solución, frente a una ciudadanía agotada de la politización tradicional.

Esta serie no concluye que Guatemala deba rechazar la reforma judicial. Concluye algo más preciso: que el diagnóstico de captura es sólido, compartido casi unánimemente por promotores y críticos, y que rechazar la reforma sin más perpetúa un sistema que ya demostró, durante tres décadas, su incapacidad de corregirse desde dentro. El verdadero desafío no es si reformar. Es exigir, antes de septiembre, que el texto final responda en público a las preguntas que esta serie fue planteando entrega por entrega: quién ratifica los nombramientos, quién diseña los baremos, quién disciplina a los jueces, y quién audita el presupuesto del nuevo órgano. Una regla explotable, sin corrección externa, no produce independencia. Produce auto-captura.

Hay una última pregunta que esta serie quiere dejar formulada directamente a quienes impulsan la reforma, no como sospecha sino como prueba de diseño que cualquier promotor de buena fe debería poder responder sin incomodarse: si la intención real es independencia judicial y no poder sin control, ¿por qué el texto que se entregará al Congreso no incluye, desde ahora y de forma explícita, la cláusula de ratificación calificada y la separación entre carrera y disciplina que cerrarían esa duda de una vez? No responder esa pregunta no prueba mala fe. Pero tampoco la descarta. Y mientras la respuesta no llegue con el mismo detalle técnico con que se promociona el diagnóstico, la duda seguirá siendo legítima, no por desconfianza hacia las personas, sino por respeto a una regla que ninguna democracia debería negociar: ningún poder, sin importar cuán bien intencionado se presente, debería diseñarse sin que alguien más pueda revisarlo después.

Guatemala ya vio esta película en 2016. La diferencia, esta vez, es que todavía hay tiempo de exigir el final distinto antes de que se escriba el guion completo.

La pregunta no es si las comisiones de postulación deben desaparecer. Eso ya está decidido en la conciencia pública. La pregunta es si lo que las sustituya va a responder ante alguien, o solamente ante sí mismo.

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Edgar Wellmann

Profesional de las Ciencias Militares, de la Informática, de la Administración y de las Ciencias Políticas; Analista, Asesor, Consultor y Catedrático universitario.

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