OpiniónColumnas

El Estado frente al espejo

Zoon Politikón

La crisis de violencia que vivió Guatemala a partir del 17 de enero no fue un conflicto social ni una crisis política. Fue algo más elemental: una prueba de si el Estado guatemalteco conserva o no la capacidad de ejercer autoridad dentro de su propio territorio. La respuesta, por ahora, es afirmativa, aunque provisional.

Los hechos son conocidos. Motines carcelarios coordinados, ataques directos contra agentes de la Policía Nacional Civil, diez policías muertos, un país paralizado durante 72 horas. La reacción del Estado fue declarar Estado de Sitio, obtener respaldo legislativo con 149 votos y desplegar la totalidad de sus capacidades de seguridad. En cuatro días se recuperó el control de las cárceles, se capturaron cabecillas y se restableció el orden visible. Esto no es poca cosa y demuestra que el aparato estatal guatemalteco, cuando recibe directrices claras y respaldo político, puede responder.

El problema histórico del país no ha sido la falta de capacidades, sino la falta de decisión sostenida para usarlas. Esta distinción importa porque define con precisión dónde está la solución: no en la creación de nuevas estructuras ni en la importación de modelos extranjeros, sino en el uso coherente y permanente de lo que ya existe. Guatemala cuenta con marco constitucional, legislación de excepción, fuerzas de seguridad profesionales, capacidad legislativa de respaldo y experiencia operativa. Lo que le ha faltado es voluntad política para sostener decisiones incómodas más allá del ciclo de crisis inmediata.

Por eso la pregunta recurrente sobre si Guatemala necesita un Bukele resulta equivocada desde su formulación. El país no necesita importar modelos personalistas ni concentrar poder en liderazgos fuertes. Necesita hacer funcionar el andamiaje institucional que ya posee. El peligro de los modelos concentrados en figuras carismáticas es que funcionan mientras el líder está presente, pero cuando desaparece, si no se construyeron instituciones sólidas, el vacío regresa con mayor ferocidad. Guatemala puede optar por otra ruta: fortalecer lo que tiene en lugar de desmantelarlo en busca de soluciones expeditas que terminan siendo espejismos.

Las estructuras criminales que operan desde las cárceles y controlan territorios urbanos no son actores políticos con demandas procesables. No buscan reconocimiento ni inclusión. Buscan impunidad operativa para administrar economías ilícitas: extorsión, narcomenudeo, control de mercados informales. Nombrar esto correctamente importa porque define el tipo de respuesta estatal necesaria. No se trata de un conflicto que admita mediación ni de una crisis que se resuelva atendiendo causas estructurales como si fueran un movimiento social legítimo. Es un enfrentamiento directo entre el monopolio legítimo de la fuerza y quienes intentan disputarlo mediante violencia organizada. El Estado no negocia con quien le dispara. O recupera autoridad, o la cede.

Esto es gobernabilidad, no excepcionalidad. Y esa gobernabilidad exige emplear todos los recursos disponibles sin parálisis ideológica. En este marco, el Ejército guatemalteco opera bajo mando civil claro, el del Presidente, dentro de un marco constitucional ratificado por el Congreso, con funciones delimitadas y sin autoridad penal. Su aporte en este enfrentamiento debe ser concreto y medible: control de área, disuasión visible, protección de infraestructura crítica, apoyo logístico a operaciones de alto riesgo. Capacidades que ninguna otra institución posee en igual escala y que resultaron indispensables para sellar territorios, proteger a fiscales en zonas de riesgo armado y garantizar que los servicios esenciales no colapsen. Negar estas capacidades por temor a fantasmas históricos no es prudencia democrática sino irresponsabilidad estatal, siempre que la línea roja permanezca intacta: el Ejército no investiga, no acusa, no juzga. La autoridad penal permanece civil.

Sin embargo, el verdadero campo de batalla no está en las calles sino en las cárceles. El diagnóstico estratégico es simple y contundente: mientras el sistema penitenciario funcione como centro de mando criminal, cualquier control territorial externo será temporal. Desde allí se emiten órdenes, se coordinan extorsiones, se administran territorios. Recuperar el control de las prisiones no se logra con operativos puntuales ni con retórica. Requiere bloqueo total de comunicaciones, aislamiento efectivo de mandos, depuración interna sin concesiones, infraestructura nueva especializada e inteligencia penitenciaria permanente. Sin esto, cada operativo será solo una tregua antes del siguiente ciclo de violencia.

Aquí radica el mayor riesgo: no es el uso del Estado de Sitio, sino el retroceso una vez que se levante. Guatemala tiene un patrón conocido que el adversario criminal ha aprendido a explotar: crisis, reacción, estabilización, triunfalismo, relajación, retroceso. La gobernabilidad sostenible no se mide por la capacidad de responder a crisis, sino por la capacidad de sostener decisiones cuando baja la presión mediática y resurgen las voces que piden regresar a la normalidad. Pero normalizar no significa volver al statu quo anterior. Significa construir una nueva normalidad donde el Estado esté presente de forma permanente en territorios que había abandonado.

La diferencia entre control temporal y control permanente no es más fuerza. Es más Estado: justicia sin miedo, seguridad sin filtraciones y presencia institucional donde antes solo mandaba el crimen.

Guatemala tiene las capacidades, carece de continuidad.

Por eso la ciudadanía guatemalteca debe entender que la solución no pasa por clamar por un hombre fuerte que prometa orden mediante concentración de poder. Pasa por exigir que las instituciones existentes funcionen con coherencia sostenida. El ciudadano no pide milagros sino algo más elemental: que el Estado esté donde debe estar, que la ley se aplique sin excepciones y que la violencia criminal tenga consecuencias reales y duraderas. Esto no requiere romper la democracia sino ejercerla con seriedad.

La crisis de enero de 2026 demostró dos cosas: que el Estado guatemalteco puede reaccionar cuando decide hacerlo, y que esa reacción es insuficiente si no se convierte en presencia permanente. La pregunta no es si Guatemala tiene las herramientas para recuperar el control. Las tiene. La pregunta es si tendrá la voluntad política para no soltarlo cuando pase la emergencia. El espejo está frente al Estado y la imagen que devuelve no es cómoda, pero es clara: capacidad existe, lo que falta es decisión.

Area de Opinión
Libre emisión del pensamiento.

Le invitamos a leer más del autor:


Descubre más desde El Siglo

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Edgar Wellmann

Profesional de las Ciencias Militares, de la Informática, de la Administración y de las Ciencias Políticas; Analista, Asesor, Consultor y Catedrático universitario.

Descubre más desde El Siglo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo