
Implicaciones del triunfo de Trump
Los resultados de las elecciones en los Estados Unidos de América permiten afirmar que Donald Trump ganó por un pelo. La diferencia en votos del Colegio Electoral es de 74 y hubo 4 estados clave -Wisconsin, Michigan, Pennsylvania y Florida- que juntos aportan 75 votos, donde Clinton perdió por alrededor del 1%. Es decir, que el resultado estaba para cualquiera y, puede decirse, que como sucede en algunos partidos de futbol, el gol de la victoria fue anotado en tiempo de descuento o en el último penal. Pero aun cuando Hillary Clinton obtuvo más votos ciudadanos, lo cierto es que Trump y su impredecible programa llegaron a la presidencia.
A lo anterior se agrega que los republicanos mantuvieron la mayoría en el Congreso y el Senado, por lo que están en condiciones de apoyar las iniciativas de la Casa Blanca e impulsar una agenda cuyo contenido oscilará entre un conservadurismo moderado o extremo, según el caso, y la tendencia que predomine entre los legisladores de ese partido.
Pero de una cosa podemos tener certeza. La política migratoria estadounidense se va a endurecer. Como sucede en varios países europeos, incluso en aquellos que toleraban un alto grado de diversidad, la forma más fácil de obtener apoyo electoral es la exacerbación del miedo y culpar a los inmigrantes de todos los males, desde la pérdida de empleos o el deterioro de su calidad, hasta la inseguridad ciudadana y la reducción de la cohesión social. El fortalecimiento de la xenofobia, en sectores cada vez más amplios de los países desarrollados -que también se sienten afectados por la globalización neoliberal, otro caballito de batalla de Trump- sienta las bases para endurecer las políticas migratorias.
Obama no logró la aprobación de su reforma migratoria debido a la pérdida de control, del Congreso en 2011 y del Senado, pasado año, así que ahora es improbable que prosperen propuestas favorables a los inmigrantes.
Dado el elevado número de guatemaltecos residentes en los Estados Unidos (1.6 millones de indocumentados de acuerdo con el Instituto de Políticas Migratorias) y la fuerte dependencia de las remesas provenientes de ese país (alrededor de $5,881.2 millones para 2016, según datos publicados por el experto migratorio Fernando Castro) que tiene nuestra economía, el tema migratorio es vital para Guatemala. Pero no por el monto de las remesas -ya de por sí importantes, pues es el medio que permite a las familias de los migrantes tener un ingreso superior al salario que pueden percibir en Guatemala- sino por el hecho de la falta de oportunidades para salir de la pobreza y tener una vida digna que ha empujado y seguirá empujando a numerosos jóvenes guatemaltecos a correr el extremo riesgo de buscar el sueño del Norte.
Partiendo también de que para Trump el problema se resuelve con acciones de expulsión y de control, como el muro a lo largo de toda la frontera con México, es obligado concluir que no habrá un aumento de ayuda de Estados Unidos y que esta podrá quedarse en los $ 750 millones aprobados el año pasado por el Congreso para el Plan Alianza para la Prosperidad. Pero aun cuando se incrementara, el problema no es de ayuda externa, sea por medio de donaciones o de préstamos. Esta puede contribuir al desarrollo de actividades productivas, a mejorar la seguridad y ampliar y modernizar la infraestructura vial, entre otros temas, pero no resuelve los problemas de fondo de nuestra sociedad.
Esos problemas tienen que ver, fundamentalmente, con la elevada desigualdad, y los consecuentes e igualmente altos niveles de pobreza. Incluso puede aumentar la escolaridad de los jóvenes, pero eso solamente los impulsará aún más a emigrar, mientras no encuentren aquí un empleo dignamente remunerado. En tanto no tengamos salarios suficientes, capaces de hacer desistir de la posibilidad de lograr en Estados Unidos un salario de $10 la hora contra los actuales $10 por día en Guatemala, con todos los riesgos e impactos negativos sobre la vida familiar, la corriente no se detendrá y estaremos condenados a ser un país exportador de mano de obra. Es por ello que todas las políticas y acciones públicas deben diseñarse en función de reducir la desigualdad y crear trabajo decente.


