Mitologías de la prosperidad
“Prosperidad” es el discurso. Lo pienso luego de contar las vallas que se van quedando atrás. Dieciocho panorámicas en un tramo corto del camino a mi casa. Increíble, la mayor parte de anuncios proviene o está relacionada con bancos o con financieras.
Mi silenciosa meditación automovilística me deja una certeza: no es posible existir afuera del mito de la prosperidad. Tal pareciera —por la publicidad y por lo que indica— que nuestros grandes capitales, consolidados o emergentes, están sumamente preocupados porque los guatemaltecos alcancemos tal utopía. El crédito, el seguro, la inversión y el ahorro son los ingredientes que han construido las economías más sólidas del planeta. Es de notar que todos los anuncios llevan dos palabras esenciales: “seguridad” y “familia”.
La casa en un condominio, los dos carros parqueados en el garaje, la pareja sonriendo junto a sus dos niños rubios… percibo cierta uniformidad, cierta mitología en lo que venden estas imágenes del bienestar. Los anuncios contrastan en mucho frente a la realidad que los circunda. Abajo solo hay buses llenos a reventar, pasarelas utilizadas más por cabras que por peatones, malabaristas de semáforo y pequeños grupos de policías o de guardias de seguridad privada en cada esquina.
El sábado leí una conmovedora noticia relacionada con la ola de suicidios que estaba provocando la crisis económica en España; un triste destino para una clase media asfixiada. La gente no puede hacer frente a sus deudas y es entonces cuando la escenografía de la prosperidad se derrumba. Es entonces cuando el crédito y la inversión segura se transforman en desahucios, en desalojos y en sobrevivencia. Solo al llegar a ese momento puede transparentarse el sistema que soporta esa valla de un bienestar sostenido por la usura y por el proteccionismo de gobiernos corruptos.
Tal pareciera que esas prosperidades mercantilizadas no son más que meros espejismos para una sociedad desinformada. Basta con salirse del marco de la foto y dar un vistazo, para entender si dichas promesas concuerdan con las realidades que las circundan.

