No queda sino reírse
Hay momentos en la vida que al ver a alguien hacer el ridículo uno quisiera que la tierra se lo tragara. El rubor le llena el rostro y por vergüenza, compasión o pena, se trata de ver a otro lado, dejar que el tropezón pase, deseando haber sido solo uno quien notó el desafortunado acto del observado. Cierto, en muchas ocasiones el que hace el ridículo disfruta con su “puntada”, pues le gusta ser visto y notado aunque sea considerado chabacán y ridículo. En esos casos la vergüenza de verle se mezcla con la rabia al saber que disfruta humillándose o humillando a otros. A algunos en las celebraciones familiares les gusta pasarse de graciosos, intentando atraer la atención con sus ridiculeces, aunque es también cierto que a otros les gusta hacer el ridículo, tratando de ocultar su capacidad para interactuar inteligentemente pasándose de bromistas y vulgares impertinentes.
Todo eso viene a la mente cuando se ve al excelentísimo señor Presidente de la República dando pasitos de soldado, muy al estilo de su por ahora suspendido programa La tropa loca. Es notorio y evidente que al ahora Presidente no solo le gusta hacer reír, sino lo más complicado del asunto, que se rían de él. Aún se considera el payaso del grupo, el que con frases fuera de lugar gana el interés de los otros. Pero si reír y hacer reír era antes su profesión, ahora hay momentos en que ese comportamiento chistoso no solo resulta fuera de lugar sino ridículo y chocante. Las actividades públicas tienen, según el cargo y el lugar, un protocolo, una forma de comportarse.
Los oficiales, para celebrar su día hicieron marchar con firmeza y aparente gallardía a sus subalternos, en su mayoría reclutas que están allí porque algo de comida pueden recibir y llevar a sus familias al final del mes. Cubiertos del sol o la lluvia por toldos especiales esperaban ver un espectáculo de coordinación y falsa masculinidad, escuchar gritos onomatopéyicos y luego brindar por imaginados triunfos en supuestas batallas. Querían brindar a su jefe un espectáculo marcial, mas no esperaban verlo dar pasitos de soldado, imitándolos, ridiculizándose. La ocasión exigía formalidad y seriedad, aunque fuese asumida con la falsedad que todo desfile tiene. Pero el excómico se sintió entre los suyos, en su tropa loca, y dispuso ser quien es, un cómico haciendo el ridículo.
Quedan ahora bastante claras las razones del Presidente por hacer desfilar a los soldados por calles y avenidas de la ciudad. A él le fascinan y encantan los espectáculos y de ellos adora los aplausos, sean estos obtenidos por una magnífica cabriola, un acompasado paso de piernas levantadas, sea al ritmo pausado de timbales o de alegre cancán con vistosas faldas, o una ocurrencia de mal gusto. Por ello en su discurso, después de ridículas referencias al Altísimo y Todopoderoso quien, según él, es el que da los recursos públicos, era necesario decir que el Ejército hace lo que no hace la nación, como si este no fuera parte del Estado y sus miembros parte inherente a la nación guatemalteca. Si el Estado no ha cumplido con sus responsabilidades, es obligación de su máxima autoridad hacer que se cumplan, y no poner a otros a hacerlas.
Si el Ejército además de fiestas privadas como la del Palacio de la Cultura, tiene dinero para hacer pupitres, camas para hospitales y caminos, no solo queda claro que le sobran los recursos sino que sus máximas autoridades no saben cuáles son sus obligaciones institucionales. ¿Se pondría por acaso a los jueces o a los médicos a patrullar fronteras?
Pero el Presidente, ese que ganó el primer turno con la proporción más baja de votos (25%) de la historia moderna del país, no le gustan las cosas complicadas, por lo que parece el Ejército de Guatemala es su mil usos, asemejando un desfile militar con una procesión religiosa o la celebración universitaria de la Huelga de Dolores, como algunos de sus electores hicieron saber en las redes sociales. Pero no es nada de eso, el Ejército es una institución del Estado, como lo es el sector justicia, la salud y el magisterio. Cada uno tiene una función en el aparato público, y en ninguno de los casos están para divertir mostrando pasos acompasados o vistosos uniformes, mucho menos para que su superior les ridiculice con imitaciones.
Si el Ejército además de fiestas privadas, tiene dinero para hacer pupitres, … no solo queda claro que le sobran los recursos sino que sus máximas autoridades no saben cuáles son sus obligaciones institucionales.


