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RESEÑA: EL YO MÚLTIPLE

Ventana Cultural

Lección náhuat, ch’ortí’, lenca y cacaopera

Cuando hablamos de lingüística, solemos pensar en palabras, verbos y reglas gramaticales. En español contamos con pronombres y formas verbales para expresar casi cualquier situación de la vida cotidiana. Pero al acercarnos a las lenguas originarias descubrimos un universo diferente. La lengua no solo sirve para comunicarnos; también refleja la forma en que una comunidad comprende el mundo, organiza sus ideas y transmite su cultura. Durante más de un siglo, El Salvador ha contemplado su historia desde una perspectiva predominantemente monolingüe. Aunque hoy existen esfuerzos por recuperar idiomas ancestrales como el náhuat o el lenca, el camino por recorrer todavía es largo.

Al abordar el concepto del ser o del yo, encontramos una realidad que pocas veces se discute en las aulas. Cada lengua construye una manera particular de comprender la identidad humana. Las lenguas ancestrales de El Salvador conservan perspectivas que durante décadas permanecieron fuera de los programas educativos y de los grandes relatos sobre la cultura nacional.

Todos usamos la palabra «yo». La pronunciamos a diario sin detenernos a pensar qué significa realmente. Yo pienso, yo hablo, yo recuerdo, yo decido. Parece una palabra sencilla. Pero detrás de esas dos letras se esconde una de las preguntas más antiguas de la humanidad: ¿quién es ese «yo» que habla?

Si entramos en el terreno filosófico, el yo adquiere distintos significados. Puede referirse al ego, a la conciencia de uno mismo o incluso a aquello que algunas corrientes psicológicas llaman el yo superior. Todos aprendemos a decir «yo» desde nuestra propia experiencia cultural. La pregunta es otra: cuando los pueblos originarios hablaban de sí mismos, ¿estaban hablando del mismo yo que entendemos hoy?

Durante generaciones se nos hizo creer que la identidad tenía una sola voz y que esa voz hablaba únicamente en castellano. Lo cierto es que mucho antes de la formación de la República, los pueblos que habitaron estas tierras nombraban el mundo de maneras diferentes. Cada lengua guardaba una forma particular de entender a la persona, su relación con la comunidad y con la naturaleza. Cuando desaparece una lengua, no solo se pierden vocablos antiguos; también se desvanece una manera de pensar, de sentir y de explicar la realidad. Quizá por eso valga la pena preguntarnos si, al olvidar las lenguas ancestrales, no hemos perdido también una parte de nosotros mismos.

Antes de que la historia oficial comenzara a escribirse en castellano, estas tierras ya estaban llenas de voces. Desde las montañas hasta las costas, distintos pueblos nombraban el mundo con palabras nacidas de su propia experiencia. En esas lenguas se hablaba de los ríos, de las cosechas, de los ciclos del Sol y de la relación entre las personas y la comunidad. Cada idioma era una manera de interpretar la realidad y de comprender el lugar que ocupaba el ser humano dentro de ella.

¿Qué ocurrió entonces con aquellas voces? Con la construcción de la República y el avance de una cultura cada vez más uniforme, muchas fueron relegadas al silencio. Lo que desaparecía no eran únicamente palabras antiguas; también se perdían formas distintas de comprender quiénes éramos y cuál era nuestro lugar en el mundo. El idioma de una comunidad es también su memoria, y cuando esa memoria deja de transmitirse, parte de la historia queda incompleta.

El reconocimiento del yo ha sido objeto de debate en la filosofía y en la lingüística. En español solemos concebirlo de forma sencilla. Incluso podemos omitir el pronombre cuando decimos «corro», «juego» o «escribo», porque el verbo ya indica quién realiza la acción. Vemos al yo como el sujeto que actúa, piensa, observa o recibe una acción. Rafael Lara Martínez propone mirar más allá de esa aparente simplicidad. En su estudio sobre las lenguas náhuat, ch’ortí’, lenca y cacaopera, muestra que la noción del yo puede presentar matices mucho más complejos. Cada uno de estos pueblos desarrolló formas particulares de expresar la identidad y la relación entre la persona y sus acciones.

Durante mucho tiempo la identidad nacional se construyó alrededor de héroes, presidentes, escritores y acontecimientos políticos. Esa historia es importante, pero rara vez nos detenemos a pensar que la forma en que un pueblo dice «yo» también forma parte de su herencia cultural. ¿Qué ocurre cuando olvidamos esas formas de pensamiento? ¿Puede una nación conocerse plenamente si ignora las lenguas que le dieron origen? Las respuestas pueden ser diversas, pero resulta difícil comprender nuestra historia en toda su profundidad si dejamos fuera las voces que la acompañaron desde sus orígenes.

Tal vez el verdadero problema no sea que algunas lenguas hayan desaparecido. El problema podría estar en que hemos dejado de escuchar lo que todavía pueden enseñarnos. Porque cuando una lengua se pierde, no solo desaparecen palabras. También se desvanece una manera de mirar el mundo y de responder una pregunta esencial: ¿quién habla cuando decimos «yo»?

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Claudia Alexandra Figueroa Oberlin

El arte siempre lo llevé de la mano con la literatura, me dediqué al teatro, a la danza por más de quince años, y a las artes marciales, ahora soy miembro de diferentes asociaciones y academias de poesía: Asociación Actuales Voces de la Poesía Latinoamericana, donde participo con crítica literaria, Academia Nacional e Internacional de Poesía de la Benemérita Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, América Madre, Unidos por las Artes, Movimiento Literario de Centroamérica, y locutora de la radio el barco del romance con el programa Una Ventana al Mundo, donde hablo de los viajes, la historia y la cultura, recito poemas y leo cuentos o fragmentos de otros autores y propios.

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