Sangrientamente real para las niñas
Los disparos sonaron secos y graves. Los plomos penetraron en el cuerpo de la niña, quien instantaneamente cayó fulminada, sin posibilidad alguna de protegerse y salvar a su pequeña hermana, a quien había ido a recoger a la escuela. La mochila escolar de la menor, cual mudo testigo de una realidad espeluznante, quedó en el piso rasgada por una de las balas. Lápices y cuadernos esparcidos por el piso resultan evidencia palpable de la ineficacia de un sistema escolar que simplemente consolida y robustece la exclusión y marginación social de la inmensa mayoría de guatemaltecos.
La fallecida apenas tenía 15 años, la asustada hermanita que sufrío heridas leves no completa los 7, cargando para el resto de su vida la dura experiencia de haber visto cómo a sangre fría asesinaban a su hermana. La Guatemala real, sangrienta, asesina, insegura, se nos presentó en pocas líneas y sin preámbulos en algunos de los medios informativos. Sobornos millonarios ocupan el interés de las mayorías, la muerte violenta de niñas pobres apenas si nos entretienen un par de minutos.
Las hermanitas Ortega son un hecho de sangre más, números en una estadística de abandono y muerte que a nadie más que a sus próximos conmueve. Los pobres viven en el total desamparo, sus opciones de sobrevivencia y vida normal son nulas. Matar o vivir es la única disyuntiva que la sociedad les ofrece.
Los voceros del conformismo y el egoismo insistirán en afirmar que todo es culpa de los padres y familiares. Que los demás no tenemos ninguna culpa ni responsabilidad. Que la pobreza de unos, a pesar de que sean los más en el país, es responsabilidad exclusiva de ellos, aunque se constate que con escuelas cayéndose en pedazos, docentes poco habilitados y con insumos insuficientes e inadecuados, sus opciones para competir son nulas. Aunque se evidencie que con salarios de hambre, evasión de impuestos y fuga de capitales el trabajo de muchos solo enriquece a unos pocos. Que el llamado libre mercado solo beneficia a los poderosos que, a la vuelta de la esquina, pagan sobornos millonarios para quedarse con el poder y el dinero.
Los asesinos aprendieron a ejecutar, a su manera, la tan cacareada “pena de muerte”. La cultura de la limpieza social les ha puesto del lado de los “limpiadores”. Sin otras opciones ni expectativas, el negocio de la muerte es el único que les hemos asignado. Quieran o no, lo asuman o lo nieguen los predicadores del neoliberalismo y supuesto antipopulismo, estos y todos los sicarios son el brazo armado del sacrosanto libre mercado, donde lo que importa es el éxito personal traducido en consumo, y no la construcción de una sociedad de bienestar incluyente e inclusiva.
Luz Elena, con sus sufridos 15 años, había sido condenada a muerte desde su nacimiento, era cuestión de tiempo y ocasión, para que nuestro pelotón de fusilamiento la ejecutara. Nació pobre, en un ambiente sin seguridad y sin apoyos. Sus padres, abuelos y demás parentela no tenían cómo evitarlo, pues en un país de “exclusivos” la vida digna es solo beneficio de unos cuantos.
Los asesinos simplemente jalaron del gatillo, pero las armas, las balas, las indicaciones y la sangre fría para hacerlo se las dimos cuando conscientemente hemos ido decidiendo que la pobreza de unos no es responsabilidad de todos, cuando le hemos asignado reconocimiento social al que más gana y más muestra, sin reparar en los métodos y procedimientos utilizados para lograrlo.
El capital del sicario y extorsionador de pobres es su valor y decisión, y lo usan para proveerse algunos de los bienes materiales que presumen y exponen los extorsionadores de cuello blanco, aquellos que roban ríos para enriquecerse sin ambages, o los que pagan millonarios sobornos para apropiarse de puertos y explotar sin remilgos suelo y subsuelo. Si ellos pueden apropiarse de los bienes de todos y matar de hambre a muchos, el sicario, que apenas lo entiende, actúa a su imagen y semejanza.
Cientos de luzelenas deambulan por las empolvadas calles del país, condenadas desde su nacimiento a muerte violenta, a vivir sin esperanzas y sin expectativas. Su vida y dignidad es responsabilidad de todos, aunque los predicadores del próspero individualismo se desgañiten diciendo lo contrario.
Luz Elena, con sus 15 sufridos años, había sido condenada a muerte desde su nacimiento; era cuestión de tiempo y ocasión ,para que nuestro pelotón de fusilamiento la ejecutar


