
Venezuela y el orden democrático mundial
Del Escritorio del General
El sistema internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial tuvo como aspiración central la preservación de la paz, la estabilidad y el respeto entre las naciones. La iniciativa impulsada por el presidente Woodrow Wilson, materializada inicialmente en la Liga de las Naciones y posteriormente en la Organización de las Naciones Unidas, buscó establecer un marco de deliberación multilateral que garantizara la igualdad jurídica entre los Estados y la resolución pacífica de los conflictos. En el hemisferio americano, esta misma visión dio origen a la Organización de los Estados Americanos, concebida como un espacio de diálogo y cooperación regional.
Con el paso del tiempo, sin embargo, este modelo comenzó a mostrar signos evidentes de desgaste. A lo largo del siglo XX, los organismos multilaterales fueron progresivamente capturados por bloques ideológicos que utilizaron sus estructuras para imponer agendas políticas, debilitando su imparcialidad y su credibilidad. Lejos de convertirse en foros de consenso, muchas de estas instancias pasaron a ser escenarios de confrontación, donde el peso del voto colectivo se impuso sobre la defensa efectiva de la paz y la seguridad internacionales.
Esta deriva erosionó particularmente a las Naciones Unidas, cuyo funcionamiento se vio condicionado por intereses ajenos a su propósito fundacional. La manipulación de sus órganos internos, especialmente del Consejo de Seguridad, permitió que proyectos políticos incompatibles con la libertad y la democracia encontraran respaldo institucional. El resultado ha sido un sistema internacional cada vez más fragmentado, incapaz de responder con eficacia a las crisis que amenazan la estabilidad global.
En este contexto, los acontecimientos relacionados con Venezuela a partir del 3 de enero de 2026 constituyen un punto de inflexión. La captura de autoridades venezolanas bajo el argumento del ejercicio de la legalidad internacional plantea un debate profundo sobre los límites del derecho internacional y el derecho inherente de los Estados a defenderse frente a agresiones sistemáticas que vulneran el orden democrático. Esta tensión evidencia una falla estructural del multilateralismo contemporáneo: su incapacidad para actuar con oportunidad y coherencia cuando la voluntad popular es anulada por regímenes autoritarios.
La soberanía, principio esencial del Estado moderno, no reside en los gobiernos, sino en los pueblos. Es la ciudadanía la que delega temporalmente el ejercicio del poder mediante elecciones libres, transparentes y verificables. Cuando este mandato es violentado por el fraude, la coacción o la perpetuación ilegítima en el poder, se rompe el contrato social que sustenta la legitimidad del Estado. Defender la soberanía implica, por tanto, proteger la voluntad popular, no justificar su usurpación.
Las fuerzas armadas, dentro de este marco, cumplen una misión indelegable: salvaguardar la integridad territorial, la seguridad nacional y el orden constitucional. Su rol no es sostener proyectos personales ni ideológicos, sino garantizar la continuidad del Estado y la protección de su pueblo frente a amenazas internas y externas. Esta función adquiere especial relevancia en contextos donde la institucionalidad democrática ha sido erosionada de manera deliberada.
El debate no puede desligarse de la dimensión económica. La administración de los recursos naturales y de la economía nacional debe orientarse al bienestar colectivo y al desarrollo sostenible. Cuando estos instrumentos se convierten en herramientas de control político o en botines de intereses transnacionales, se profundiza la desigualdad y se debilita la cohesión social. Un Estado fuerte es aquel que armoniza crecimiento económico, justicia social y seguridad jurídica.
El caso venezolano representa una advertencia clara para América Latina y para la comunidad internacional. La omisión, la ambigüedad y la tolerancia frente a la ruptura del orden democrático no solo agravan las crisis internas, sino que generan inestabilidad regional y global. La defensa selectiva de los principios democráticos termina por vaciarlos de contenido.
Resulta imprescindible replantear el papel de los organismos multilaterales, exigiendo mayor coherencia, transparencia y eficacia en la protección de la democracia y los derechos de los pueblos. Al mismo tiempo, las sociedades deben asumir una responsabilidad más activa en la elección de sus gobernantes, comprendiendo que las promesas fáciles suelen ser el preludio del autoritarismo.
Guatemala, como nación soberana, no está ajena a estas dinámicas. La defensa de la institucionalidad democrática, de la seguridad nacional y de la voluntad popular debe ser una prioridad permanente del Estado y de la ciudadanía. La historia demuestra que la libertad y la democracia no son conquistas definitivas, sino responsabilidades constantes que exigen vigilancia, firmeza institucional y compromiso con la dignidad de los pueblos.
Adelante con espíritu de vencedores.

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