
Buscando el paraíso
Sueños…
Ante el caos del nuevo siglo qué hace el Estado
En estos años oscuros que avasallan al mundo, quisiera, igual que Milton pedir a lo profundo que “ilumine lo que en mí es oscuro, que eleve y sostenga lo que está abatido, para que desde la elevación de este gran asunto puede defender y justificar ante los demás una interpretación de una partícula de nuestra vida.”
Estamos viviendo momentos revolucionarios. En la economía internacional estamos en la intersección entre interacción comercial y búsqueda de seguridad nacional. Los aranceles, las sanciones económicas y la ruptura en bloques geopolíticos ha cambiado la faz del mundo; en la geopolítica el uso de la fuerza sin condiciones de superpotencias sobre países periféricos rompe con la ilusión de la soberanía nacional. Órganos de supervisión transnacional como la ONU y su periferia se ven reducidos al ridículo. En lo ambiental, a la competencia de la lógica económica echa de lado la protección de la naturaleza y las otras especies, nada importa solo la productividad; en lo social, la hegemonía del conquistador vuelve a primer plano, este sujeto anodino se impone sobre las ideas de igualdad, equidad y fraternidad.
Así que es difícil seguir el paso de los acontecimientos, que proporcionan una asombrosa cantidad de información y medios tecnológicos modernos, casi no podemos valorar cuáles son las nuevas realidades, ya que todo envejece en cuestión de semanas. No sabemos que objetivos perseguir, que es bueno y que es malo para la vida en el planeta.
Una debilidad para enfrentar al mundo moderno es lo profundo de la pobreza, desnutrición y falta de escolaridad de nuestras poblaciones. Según el reciente Panorama económico de América latina, del Banco Mundial, estamos entre los países en donde la pobreza es un gran límite.

Pero, la revolución enseña, con tal rapidez y tal profundidad que parece increíble en los períodos de convivencia pacífica. Hoy todos sabemos de todo. Pero no sabemos que será mejor, qué debemos defender.
En nuestro caso centroamericano, de países pequeños, con repúblicas democráticas con una, demasiado larga, historia de construcción. Estamos ante la disyuntiva de levantar la bandera de una repúblicas democráticas o sucumbir a la mediocridad de plegarnos a las presiones de cualquiera de las superpotencias.
Según el Banco Mundial, nuestra región muestra un rezago ante el cambio en la productividad y el empleo industrial respecto de otras realidades. Nuevamente, los Estados tienen ante sí la tarea de superar el atraso, superación que será positiva para un futuro de equidad y tranquilidad si abarca la mejora de todos y la protección del ambiente.

En ese sentido, los gobiernos tienen todo un espectro de políticas a desarrollar, y desde las cuáles influyen y orientar los recursos de una nación. Elección que pueda fortalecernos o debilitarnos. Un aspecto fundamental de la estrategia es la elección de una pequeña gama de políticas que sean el eje de la conducción del aparato productivo de un país. En el caso nuestro, desde la gran crisis de los años 70 hasta la estrategia de apertura comercial, de crecimiento hacia fuera fundamentada en un eje central de política macroeconómica. El eje está compuesto por la política comercial, la fiscal y la monetaria. Los objetivos son esencialmente, primero promover la apertura comercial y segundo, contribuir con la estabilidad económica y social. Aunque lo social termina olvidándose por todos los actores. La estrategia de apertura ha tenido como objetivos concretos, específicos atraer inversión extranjera; la promoción de exportaciones; la reducción del proteccionismo, que significa reducir aranceles, participar activamente en las negociaciones de la OMC y promover la firma de tratados de libre comercio. Aunque este último componente está siendo eliminado por la nueva visión de crear Estados-colonias bajo el mando de la potencia regional dominante.

Aquí se toca el corazón de la estrategia planteada. Ya que abrir la economía al mundo era seguir la visión positiva de Adam Smith, la libertad y la competencia nos hará grandes. Esa idea básica de abrir mercados internacionales, especializarse en producción de bienes de alta tecnología y servicios, así como establecer normas de competencia internacional, superiores a las normas de competencia interna que fue garante de varios años de bienestar hoy se encuentra en duda.
Los analistas del FMI nos dicen que el contexto actual está siendo dibujado diariamente por el conflicto en Medio Oriente, que nos lleva a una realidad de incertidumbre. Si estos países tienen que madurar y comprender que solo con unidad estatal, social es posible enfrentar los caóticos mercados energéticos y de alimentos. Es que estas economías cuyos “modelos de crecimiento dependen en gran medida de los servicios —especialmente el turismo—, los cambios en la demanda global, los costos de los viajes aéreos y un entorno global a corto plazo más cauteloso representan una fuente adicional de vulnerabilidad.”
Así que las viejas confrontaciones que dejaron huellas de temor, injusticia y muerte en la mayoría de países de la región tienen que superarse. Ya que los shocks externos pueden agravarse, subrayando la sensibilidad de las perspectivas de crecimiento ante los riesgos globales, reforzando la importancia de políticas verdaderamente nacionales que abarquen a la mayoría de la población, generando resiliencia, integración social y puentes para proteger al resto de especies, los bosques y la unidad de la población.
La tarea es sobrevivir con una estrategia nacional que proteja el ambiente y permita una vida saludable y de calidad para todos.



