
La guerra termina cuando la conciencia despierta
Desde La Ventana de Mi Alma
«La medida de nuestra humanidad no se encuentra en el poder que acumulamos, sino en la compasión que somos capaces de conservar”.
Hay momentos en que las palabras resultan insuficientes.
¿Qué puede decirse cuando un padre carga sobre sus hombros el cuerpo de su hijo?
¿Qué explicación puede aliviar el llanto de un niño que busca a su madre entre las ruinas?
¿Qué argumento político puede devolverle la vida a una familia sepultada bajo los escombros?
Ninguno.
Y, sin embargo, el mundo sigue discutiendo estrategias militares, intereses geopolíticos y discursos ideológicos mientras la infancia continúa pagando el precio más alto de una guerra que no eligió.
No escribo estas líneas para señalar a un pueblo, una religión o una cultura. Tampoco para justificar la violencia de unos o de otros.
El terrorismo es un crimen.
La muerte deliberada de civiles es un crimen.
El sufrimiento de los inocentes nunca puede convertirse en un daño aceptable.
Lo que me inquieta profundamente es otra cosa.
Me aterra descubrir que la humanidad parece estar perdiendo la capacidad de escandalizarse.
Las imágenes pasan frente a nuestros ojos con una velocidad insoportable.
Niños cubiertos de polvo. Madres abrazando cuerpos sin vida.
Hospitales destruidos. Familias enteras desapareciendo en cuestión de segundos.
Lloramos un instante… y seguimos deslizando la pantalla.
Quizá ese sea el mayor peligro de nuestro tiempo: la normalización del dolor ajeno.
Cuando el sufrimiento deja de sorprendernos, comenzamos a perder algo mucho más valioso que cualquier victoria militar: perdemos nuestra humanidad.
Muchos preguntan: «¿Dónde está Dios?”
Yo también me lo he preguntado.
Pero mientras contemplaba esas escenas desgarradoras, otra pregunta comenzó a arder en mi interior:
¿Dónde está el ser humano?
Porque Dios jamás podrá ser utilizado como excusa para justificar el desprecio por la vida.
El Dios del amor no puede alegrarse con el llanto de un niño.
El Dios de la misericordia no puede ser invocado para silenciar el clamor de las víctimas.
El Dios en quien creo es el que escucha el grito de cada madre, sin importar su nacionalidad.
Es el que conoce el nombre de cada niño, aunque el mundo solo los recuerde como una cifra.
Es el que nos llama a vencer el odio con el amor y la indiferencia con la compasión.
No sé cuándo terminará esta guerra.
No sé cuándo dejarán de caer las bombas.
No sé cuándo los niños volverán a dormir sin miedo.
Pero sí sé una cosa.
El día en que el llanto de un niño deje de rompernos el corazón, ese día la guerra habrá conquistado también nuestra conciencia.
Por eso me resisto.
Me resisto a aceptar que esto sea normal.
Me resisto a creer que la violencia sea el lenguaje definitivo de la humanidad.
Me resisto a callar cuando los inocentes claman justicia.
Y mientras exista una sola persona capaz de llorar por el hijo de otra madre, aunque viva al otro lado del mundo, todavía habrá una luz encendida para nuestra especie.
Porque la paz comienza mucho antes de que callen las armas.
La paz comienza cuando reconocemos que ningún niño debería morir por decisiones que nunca tomó.
Hay una frase del escritor y sobreviviente del Holocausto Elie Wiesel que resuena en momentos como este:
«Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia”.
Cuando el dolor del otro deja de importarnos, todos nos empobrecemos como humanidad.
Y este dolor no nace del odio hacia un pueblo. Nace del amor por la vida y de la convicción de que ningún niño debería morir bajo las bombas ni vivir con miedo.
Y este deseo de paz es compartido por personas de muchas culturas, religiones y nacionalidades.
Ojalá llegue pronto el día en que las noticias ya no hablen de escombros, sino de escuelas reconstruidas; ya no de huérfanos, sino de niños jugando; ya no de guerra, sino de reconciliación.
Creo en la palabra que abraza, en la verdad que libera y en el amor que nos devuelve la humanidad.




