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La llave electoral que esconde la Contraloría General de Cuentas 

Poptun

Esta semana, mientras el Foro de Rectores se reúne para elegir al presidente de la Comisión de Postulación que definirá quién dirigirá la Contraloría General de Cuentas para el período 2026-2030, Guatemala repite un ritual que ya deberíamos conocer de memoria: la promesa de una selección técnica y meritocrática, seguida casi de inmediato por las mismas grietas que hemos visto en cada comisión de postulación de las últimas dos décadas.

No es casualidad. Es diseño. O, más precisamente, es la ausencia de un diseño que hayamos corregido a tiempo.

Quien analice con detenimiento las comisiones de postulación guatemaltecas —judiciales, electorales, de contraloría— encontrará un patrón familiar: captura gremial en la integración, opacidad procedimental que solo cede ante la presión mediática o política, y ausencia de filtros de idoneidad para quienes integran la comisión, no solo para quienes aspiran al cargo.

Este último punto merece detenerse. Resulta que uno de los actores centrales del proceso enfrenta actualmente diecisiete denuncias penales vigentes y asumió su propio cargo sin contar con el finiquito que exige la ley, extendido precisamente por la institución cuyo próximo jefe está a punto de ayudar a seleccionar. Si el requisito de honorabilidad se exige a los candidatos a Contralor General de Cuentas, ¿por qué no se exige con el mismo rigor a quienes integran la comisión que los evalúa? La coherencia normativa no puede detenerse en la puerta de quienes deciden.

Lo que está en juego trasciende el nombramiento de un funcionario técnico. El próximo Contralor tendrá la potestad de emitir el finiquito, documento indispensable para que cualquier persona pueda inscribirse como candidata en las elecciones generales de 2027. Quien ocupe ese cargo no solo fiscalizará el gasto público: tendrá, en la práctica, una llave de acceso a la competencia electoral. Esto convierte a la Contraloría en una institución con un peso político que rara vez se discute con la seriedad que merece, opacada históricamente por la atención que reciben la Corte de Constitucionalidad, el Tribunal Supremo Electoral o la Fiscalía General.

Este no es un escenario hipotético. En el proceso electoral de 2023 ya se vivió una situación de esta naturaleza: un binomio presidencial completo quedó fuera de la contienda porque a uno de sus integrantes se le objetó la validez del finiquito presentado, en medio de una controversia sobre si la anomalía señalada era o no legítima. La decisión fue ratificada tanto por el ente electoral como por la instancia constitucional, pero dejó una lección que sigue vigente: basta con que la Contraloría cuestione un finiquito para que una candidatura completa, sin importar su nivel de respaldo popular, quede eliminada de la boleta antes de que el electorado tenga oportunidad de pronunciarse en las urnas.

Frente a este panorama, la discusión no puede quedarse en la denuncia. Es momento de plantear con seriedad una reforma constitucional y legal a las comisiones de postulación que ataque la raíz del problema, no sus síntomas. Entre los elementos que debería contemplar: exigir idoneidad y ausencia de conflictos de interés —incluyendo procesos penales o administrativos pendientes— también a quienes integran las comisiones, no solo a los aspirantes; publicidad obligatoria de todas las sesiones desde el primer acto de integración, sin que dependa de la presión de un diputado o de los medios; mecanismos de tacha y recusación más ágiles y con plazos perentorios, para que las impugnaciones no se resuelvan a última hora ni bajo presión de calendario; y la revisión del sistema de cuotas gremiales y universitarias, que en su diseño actual privilegia la representación corporativa sobre la evaluación técnica del mérito. Estas reformas se han propuesto, con matices, para las comisiones judiciales desde hace más de una década; ha llegado el momento de extender esa discusión, con la misma urgencia, a todas las comisiones de postulación que contempla nuestro ordenamiento constitucional.

La experiencia comparada de otros procesos de postulación en Guatemala permite afirmar algo con cierta certeza: los defectos no son un accidente coyuntural de 2026, son estructurales y se repiten en cada ciclo porque nunca hemos corregido el diseño institucional que los produce. La ciudadanía guatemalteca tiene derecho a exigir algo más que legalidad formal en estos procesos: legitimidad sustantiva, comisiones sin conflictos pendientes, sesiones públicas desde el primer momento, y criterios de evaluación que prioricen la idoneidad técnica sobre la afinidad política o gremial.

La fortaleza de cualquier institución de control depende tanto de quién la dirige como de quién decide quién la dirige. Si seguimos mirando hacia otro lado en la segunda pregunta, seguiremos sorprendiéndonos —año tras año, postuladora tras postuladora— de que la primera nunca termine de resolverse bien.

Guatemala no necesita más comisiones de postulación. Necesita que las que ya tiene, empezando por esta, funcionen como lo que la Constitución quiso que fueran: filtros de mérito, no antesalas de reparto.

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Mireya Batún Betancourt

Abogada, Notaria y Licenciada en Ciencias Jurídicas y Sociales, postgrado en Criminología, especialista en ejecución penal con estudios en Doctorados de Ciencias Penales y Derecho Constitucional Internacional.

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