Columnas

Una fracasada sociedad de permisos

Guatemala se ha convertido en un país de permisos, licencias e impuestos. Para llevar a cabo cualquier actividad productiva y pacífica se necesita obtener una serie de permisos que implican licencias, permisos y el pago de impuestos, incluso antes de llegar a producir y vender lo que se produce.

Esto está asfixiando al país. ¿Por qué no podemos hacer todo lo que sea pacífico, libre y voluntario, siempre y cuando no afecte los derechos de los demás? ¿A cuenta de qué tenemos que pedir permiso para todo? Una sociedad que depende de un ente centralizador que dicta normas para todo es una sociedad fracasada. La carrera por las regulaciones y el control de cualquier actividad, por más sencilla que sea agobia diariamente a las personas que viven en el país. Por ello, la economía informal o subterránea es tan grande o mayor que la formal. Por ello, la gente justifica sus actividades sin tener que solicitar los permisos que además dependen de funcionarios que firman cuando se les da la gana, fomentando así la corrupción.

Y qué es lo que estamos haciendo para remediar esta situación, nada.  Seguimos creando más restricciones, regulaciones, licencias, permisos e impuestos. ¿Cuál es el resultado esperado de todo esto? Más de lo mismo. La gente se cansa de tener que esperar hasta años para llevar a cabo una actividad enriquecedora para ellos y para el país, porque los trámites de sus permisos se demoran tanto que prefieren comenzar a trabajar al margen de la ley. Y luego se dice que son evasores de impuestos. Pero es que ¿no nos damos cuenta de que le hacemos la vida imposible con nuestro excesivo sistema de regulaciones a la gente de a pie?

Si queremos un país que en vez de crecer entre el 3% y 4% anual lo haga al doble o triple, entonces debemos eliminar tantos obstáculos. No puede ser que para cualquier construcción una licencia tome más de un año y necesite permisos de varios ministerios e instituciones del país, por ejemplo.  Los guatemaltecos buscan trabajo, son trabajadores. Ante la falta de oportunidades de trabajos causados por toda esta maraña de regulaciones es que muchos deciden emigrar hacia el país del Norte, donde tienen muchas más oportunidades.

Con el pago de impuestos ocurre otra cosa similar. Si tan solo tuviéramos un único impuesto sería mucho más fácil de fiscalizar. Digamos que nos quedamos únicamente con el IVA eliminando todas sus exenciones.  Esto es más fácil de controlar. Se necesitaría menos gente porque lo único que se tendría que supervisar serían las ventas. No hay que tener auditores revisando qué costo es deducible y cuál no, como en el caso del impuesto sobre la renta. El tamaño del gobierno sería menor. La facilidad del pago ayudaría a que más gente decidiera pagar y no arriesgarse por defraudación.

¿Qué hacer? Ya en otros espacios he sugerido que el Congreso debe pasar una ley: “la ley del ocaso”. Esta ley eliminaría todas las regulaciones y leyes después de cinco años de vigencia. Si los diputados en el Congreso quieren que alguna ley continúe porque la consideran importante, entonces la deben prorrogar. No se sabe a ciencia cierta cuántas leyes y regulaciones hay en este país. En algún momento leí que había más de ochenta mil. Sí, como escucha. ¡Ochenta mil! Si bastaría con los diez mandamientos para que viviéramos en paz, imagínense ochenta mil. ¿Quién va a cumplir todo eso?  Lo único que provoca esta cantidad de restricciones es esclavitud, atraso económico, burocracia, corrupción y economía informal.