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LA INSTITUCIÓN QUE SOBREVIVIÓ A SUS PROPIAS ÉPOCAS

Zoon Politikón

El 30 de junio no es solo la memoria de un triunfo liberal. Es el punto de origen de una institución que sobrevivió a las transformaciones del Estado que la formó.

Guatemala no discute al Ejército solo por lo que hace. Lo discute porque no ha decidido todavía cómo leer su propia historia. Y esa indecisión tiene un costo concreto: convierte cada 30 de junio en una celebración que oscila entre la hagiografía y el rechazo ideológico, sin que ninguno de los dos extremos responda la pregunta elemental. ¿Por qué ese día, y no otro? La respuesta no es ceremonial. Es el hilo que conecta una revolución del siglo XIX con una institución que el siglo XX tuvo que redefinir tres veces antes de fijar su identidad.

El 30 de junio de 1871, las fuerzas liberales de Miguel García Granados y Justo Rufino Barrios entraron a la ciudad de Guatemala tras haber ganado la batalla decisiva el día anterior en San Lucas Sacatepéquez. Lo que ese día representó no fue una victoria militar en sentido estricto, sino la toma del poder político y el inicio de un reordenamiento que produciría, menos de dos años después, la Escuela Politécnica. Esa escuela —fundada por decreto en febrero de 1873— fue el hecho institucional que importa. Transformó una oficialidad formada principalmente en la experiencia de campaña en cuadros sujetos a una doctrina unificada del Estado. Antes de ella, Guatemala tenía fuerzas armadas. Después, tuvo una institución.

El Ejército guatemalteco no nació en 1871. Nació de lo que 1871 hizo posible.

Lo que ocurrió con la fecha misma en el siglo XX es uno de los episodios menos conocidos de esta historia, y uno de los más reveladores. El 30 de junio no se llamó «Día del Ejército» desde el principio. Durante los primeros decenios se celebraba como «Fiesta de la Reforma», una efeméride cívico-liberal en la que los militares desfilaban pero cuyo sentido central era político-partidista, no castrense. Fue Arévalo quien en 1945 trasladó el Día del Ejército al 22 de diciembre. Fue el gobierno de Árbenz quien en 1953 intentó vincularlo al 20 de octubre, empalmando la identidad castrense con el movimiento revolucionario. Fue finalmente Ydígoras Fuentes quien, a finales de esa misma década, consolidó el 30 de junio con la designación que hoy se conoce, primero como «Día del Soldado» y luego con el nombre definitivo. La efeméride que Guatemala celebra cada año no fue una herencia automática del siglo XIX. Fue el corolario de un largo debate normativo con tres intentos distintos antes de que el consenso se estabilizara.

Esto importa porque desmonta la narrativa de una institución que «siempre fue así». Revela en cambio una institución construida, debatida y redefinida en función de las tensiones de cada época. Que la denominación «Día del Ejército» haya requerido décadas y tres gobiernos para fijarse no es una curiosidad menor: es evidencia de que la identidad institucional no se hereda, se construye. Un Ejército con esa genealogía no es una reliquia. Es una institución que ha sobrevivido a sus propias transformaciones.

El Estado liberal del siglo XIX tomó decisiones laborales, agrarias y territoriales que hoy deben leerse dentro de su contexto, no como doctrina de la institución constitucional contemporánea. Confundirlas sería el mismo error que cometer hagiografía en sentido inverso: proyectar hacia el presente categorías que pertenecen a otro Estado, a otro modelo y a otro siglo. La historia compleja no debilita a una institución madura. La simplificación de esa historia, sí.

Ese modelo estatal se agotó. La Constitución de 1985 produjo un Ejército con una función radicalmente distinta a la del liberalismo decimonónico. El Artículo 244 le asigna la defensa de la soberanía y la integridad territorial. El Artículo 249 le encarga cooperación ante emergencias y calamidades públicas. En un territorio con geografía compleja, amenazas transnacionales y presencia estatal limitada en zonas críticas, esas dos funciones no son residuales. Son funciones centrales mediante las cuales una institución subordinada al poder civil puede demostrar su legitimidad pública. El Comando de Ingenieros, la Unidad Humanitaria y de Rescate, la capacidad de despliegue expedito en zonas de difícil acceso: esas son las capacidades que Guatemala necesita que funcionen con continuidad y recursos suficientes. No requieren exageración retórica. Requieren una lectura honesta de para qué sirven y qué condiciones hacen posible que cumplan su mandato.

Una institución no se fortalece cuando simplifica su pasado. Se fortalece cuando sabe qué debe conservar, qué debe explicar y qué ya no puede permitirse repetir. Esa es la efeméride real del 30 de junio. Y exige memoria, profesionalización y responsabilidad institucional.

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Edgar Wellmann

Profesional de las Ciencias Militares, de la Informática, de la Administración y de las Ciencias Políticas; Analista, Asesor, Consultor y Catedrático universitario.

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