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Cuando el mal se disfraza de fe

Fectiva

El peligro más grande para la fe no siempre viene desde afuera, sino desde adentro: desde ese lugar donde la maldad aprende a hablar como si fuera Dios.

La Biblia jamás presentó la fe como un camino ingenuo. Desde el principio advirtió que quienes representarían la mayor amenaza no serían los ateos, ni los paganos, ni los enemigos declarados, sino aquellos que usarían el lenguaje de Dios para fines que no vienen de Él. La Escritura no solo promete esperanza y redención; también ofrece advertencias que atraviesan el alma, comenzando por la primera de todas: el enemigo más peligroso habita en nuestro propio corazón.

Por eso Pablo le escribió a Timoteo con una claridad que incomoda: “Ten cuidado de ti mismo.” No solo de la doctrina. No solo del ministerio. De sí mismo: de ese lugar donde nacen el ego, la ambición y la necesidad de controlar. El mismo Pablo lo define sin rodeos: “Satanás se disfraza como ángel de luz.”

El mal no siempre derriba templos; a veces predica desde ellos. No destruye Biblias; las cita. De hecho, tentó al mismo Jesús utilizando la Escritura.

La Biblia repite su advertencia con insistencia: el peligro más serio para la fe no es la oposición del mundo, sino la manipulación de la verdad dentro de los espacios que dicen honrarla.

Los ángeles caídos lo demuestran: la cercanía a lo sagrado no garantiza pureza. Satanás quiso usurpar un trono que no le pertenecía. Si en la intimidad del cielo pudo nacer la traición, ¿cómo no habría de manifestarse en la tierra? Caín mató a su hermano por envidia. Israel, recién liberado por Dios, levantó un becerro de oro. La humanidad entera intentó construir una torre para “ser como Dios”.

Por eso no debería sorprendernos que dentro de iglesias y liderazgos religiosos aparezcan corazones que no buscan servir, sino ascender; que no aman, sino manipulan; que no cuidan almas, sino las utilizan. Hay quienes aparentan santidad exterior mientras por dentro adoran el prestigio, el aplauso y la influencia. El poder espiritual —cuando se tuerce— se vuelve más venenoso que cualquier otro: no controla cuerpos, controla conciencias.

La historia confirma lo que la Escritura ya había dicho. Marcial Maciel demostró cómo alguien puede envolver décadas de abuso con un manto de piedad, blindado por estructuras que confundieron autoridad con intocabilidad. Las Cruzadas y la Inquisición fueron ejemplos extremos de lo que ocurre cuando la fe se convierte en excusa para dominar. Y más recientemente, comunidades como Jonestown, la Rama Davidiana o Heaven’s Gate revelaron un mismo patrón: liderazgo sin rendición de cuentas, fe sin discernimiento y religiosidad sin amor.

Por eso es ingenuo —o voluntariamente ciego— creer que las iglesias no pueden corromperse o que los líderes no pueden caer. Jesús lo dijo sin suavizarlo: “Cuídense de los falsos profetas, que vienen vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces.”

El mayor peligro no es el lobo que ruge, sino el que parece pastor. No el que niega a Dios, sino el que lo usa como máscara. Y Jesús dejó un criterio infalible: “Por sus frutos los conocerán.” No por su fama. No por su carisma. No por sus títulos.

Hasta aquí, casi todos asienten. Pero la verdadera pregunta no es si existe corrupción religiosa —eso es evidente— sino qué hacemos nosotros frente a ella.

Muchos toman las heridas causadas por líderes o instituciones religiosas y las convierten en fundamento para negar a Dios. Pero eso es tan frágil como culpar a la medicina por la negligencia de un mal médico. Dios no advirtió estos peligros para destruir la fe, sino para formar conciencia. El problema nunca fue la religión, ni el sistema, ni Dios. El problema fue, y sigue siendo, el corazón humano que quiere ser dios.

Jesús mismo fue traicionado, manipulado y asesinado por un sistema religioso corrupto. Y sin embargo, nunca usó la maldad de otros como excusa para abandonar su misión. Nunca se refugió en el resentimiento. Nunca permitió que la oscuridad ajena definiera su propósito. Siguió adelante. Sanó. Sirvió. Amó. Perdonó.

Desde la cruz —el símbolo máximo de la injusticia religiosa y humana— no pidió venganza, sino perdón.

“Sí —podría decir alguien— pero Jesús era Dios. Yo no.”

Justo ahí aparece la figura de Esteban.

Esteban no era Dios. Era un hombre común. Lleno de fe. Acusado falsamente, arrastrado por líderes religiosos y apedreado hasta la muerte “por defender la verdad”. Y aun así, mientras las piedras caían, no maldijo, no renegó, no renegoció su fe. Sus últimas palabras fueron las mismas que su Maestro: un acto de amor radical, humano, imposible sin una fe viva.

Eso es cristianismo en carne humana.

No es negar el dolor.

No es justificar abusos.

No es cerrar los ojos ante la corrupción.

Es negarse a que la maldad de otros determine quién eres o robe quién estás llamado a ser.

La fe auténtica no depende de iglesias impecables ni de líderes intachables. Depende de una relación viva con Dios y de una decisión personal: vivir lo que se cree. Discernir. Amar. Perdonar sin renunciar a la verdad. Ser luz incluso cuando la oscuridad viene disfrazada de piedad.

El ejemplo de Cristo no es inalcanzable; inalcanzable es la versión de nosotros mismos que prefiere la excusa antes que la transformación. El cristiano no está llamado a vivir desde el resentimiento, sino desde la victoria. No desde el daño, sino desde la responsabilidad. No desde el miedo, sino desde la luz.

Porque la luz verdadera no necesita disfraz.

Y quién decide caminar en ella no queda atrapado en la herida que recibió, sino en la vida que está llamado a dar.

La fe no muere cuando otros fallan.

Muere cuando dejamos de avanzar hacia la luz.

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Harry Batún

Harry Batún es alguien agradecido con Dios por múltiples bendiciones de la vida, y apasionado por conectar la fe con lo cotidiano. Escribe desde la experiencia de quien busca aprender cada día. En su columna “Fectiva”, reflexiona sobre la vida real —con sus retos, alegrías y lecciones— mostrando cómo lo ordinario puede volverse extraordinario cuando se vive con fe y esperanza. Su lema es “La fe se activa, se vive y deja huella.”

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