Editoriales

El Nobel de la Paz

Ayer se anunció que el Premio Nobel de la Paz recayó en la figura del presidente de Colombia, Juan Manuel Santos. El Comité Nobel reconoció los decididos esfuerzos de Santos por terminar la guerra civil en su país, que costó por lo menos 220 mil víctimas y unos seis millones de desplazados.

Como es de dominio público, el estadista, a lo largo de cuatro años de negociaciones, logró firmar la paz por el principal grupo insurgente, las FARC. Acto realizado en Cartagena de Indias. Sin embargo, días después, se efectuó un plebiscito donde los votantes se inclinaron por el no. Resultado inesperado desde donde se le quiera ver. El peligro real de que el proceso de paz sea interrumpido se mantiene.

El margen entre el sí y el no fue muy estrecho y demostró cuán fracturada se encuentra la sociedad colombiana, porque el triunfador de ese evento fue la abstención. Tirios y troyanos se desgarran las vestiduras y olvidan la crueldad de la guerra y la soledad de las víctimas. Los argumentos y las volteretas de los políticos resultan patéticas de cara a una esperanza a la mano: la paz.

Premiar a Santos es alentar el camino de la paz, es apuntalar la carpintería de la esperanza. Quizá muchos cuestionen el premio, no obstante, ese espaldarazo facilita neutralizar la incertidumbre que se abrió después del desenlace del domingo pasado. No hay, pues, otro camino que callar el ruido de los cañones. Regresar a la calma de la vida simple.

Quienes han retratado esa ominosa presencia del fragor de los combates y el dolor de miles de ciudadanos, saben cómo las víctimas vivieron en carne propia ese realismo trágico de un país en guerra durante más de 50 años. Ahí están, entre otras, La forma de las ruinas, de Juan Gabriel Vásquez y El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince. Novelas que describen con minuciosidad el lado oscuro de la violencia, el drama de aquellos que sobreviven y la habilidad para hacerse otra vida.

Como sea, bienvenido el Nobel para Colombia, para los que se oponen a la guerra impertérrita, que solo cambia de protagonistas, aunque el resultado es el mismo: el despojo, el abandono y el reguero de sangre.

La paz es posible, sin duda. Por ello, desde el miércoles pasado miles de ciudadanos marcharon en 14 ciudades exigiendo acuerdos ya y establecieron en Bogotá el Campamento por la Paz. Gabriel García Márquez, el otro nobel colombiano, lo escribió premonitoriamente en Cien años de soledad: “De todos modos no entendía cómo se llegaba al extremo de hacer una guerra por cosas que no podían tocarse con las manos”. Ahora, sí podrán los colombianos soñar con tocar un presente en paz.

Redacción

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